El día de la Paz.
Por fin la familia se puso en marcha. La mañana era calurosa y una capa se polvo parecía flotar sobre las calles de la ciudad.
Sadako se adelantó corriendo hasta la casa de Chizuko, su mejor amiga. Eran compañeras desde el jardín de infancia, y estaba convencida de que siempre seguirían juntas, como las agujas de una rama de pino.
Chizuko la saludó con la mano y caminó lentamente hacia ella. Sadako suspiró. A veces deseaba que su amiga no fuese tan lenta.
-Pareces una tortuga- le gritó- ¡vamos rápido, que no quiero perderme nada!.
Sadako chan, con este calor hay que tomarse las cosas con calma- le gritó su madre.
Pero ya no escuchaba. Las dos niñas corrían calle adelante. Sadako siempre va deprisa porque quiere ser la primera, y no se detiene a escuchar a nadie-observó la señora Sasaki.
Su marido sonrió; ¿la has visto alguna vez caminar en lugar de correr, saltar o brincar?--Su voz denotaba un cierto orgullo, y es que Sadako era una corredora rápida y de mucha fuerza.
A la entrada del parque de la Paz, la gente desfilaba en silencio ante el monumento. En las paredes se podían ver fotografías de personas muertas, o moribundas en una ciudad en ruinas. La bomba atómica - la bola de fuego- había convertido Hiroshima en un desierto.
Sadako no quería contemplar tan horrendas fotografías. Tiró dela mano de su amiga y recorrieron el edificio apresuradamente.
-Yo me acuerdo de la bola de fuego- susurró Sadako- Era como los rayos de un millón de soles. Y luego un calor que me pinchaba los ojos como si fueran cientos de agujas...
- ¿como puedes acordarte? - replicó Chizuko- Eras solo un bebé.
¡Pues me acuerdo!-refirió Sadako tajante.
Una vez concluidos los discursos de los sacerdotes budistas y del alcalde, cientos de palomas blancas fueron puestas en libertad.
Finalizado el acto, Sadako guió a todos hasta el puesto donde estaba la viejecita que vendía elgodón de azúcar. Sabía aún mejor que el año anterior.
El día transcurría demasiado rápido. Lo mejor, pensó Sadako, era ver tantas cosas a la venta, junto con el rico olor de comida. En algunos puestos vendían desde tortas de arroz hasta grillos. Lo peor, sin duda, era ver algunos rostros con aquellas horribles cicatrices. La bomba atómica los había desfigurado de tal manera que no parecían humanos. Si alguna de aquellas personas se le aproximaba, ella se alejaba rápidamente.
Por fin la familia se puso en marcha. La mañana era calurosa y una capa se polvo parecía flotar sobre las calles de la ciudad.
Sadako se adelantó corriendo hasta la casa de Chizuko, su mejor amiga. Eran compañeras desde el jardín de infancia, y estaba convencida de que siempre seguirían juntas, como las agujas de una rama de pino.
Chizuko la saludó con la mano y caminó lentamente hacia ella. Sadako suspiró. A veces deseaba que su amiga no fuese tan lenta.
-Pareces una tortuga- le gritó- ¡vamos rápido, que no quiero perderme nada!.
Sadako chan, con este calor hay que tomarse las cosas con calma- le gritó su madre.
Pero ya no escuchaba. Las dos niñas corrían calle adelante. Sadako siempre va deprisa porque quiere ser la primera, y no se detiene a escuchar a nadie-observó la señora Sasaki.
Su marido sonrió; ¿la has visto alguna vez caminar en lugar de correr, saltar o brincar?--Su voz denotaba un cierto orgullo, y es que Sadako era una corredora rápida y de mucha fuerza.
A la entrada del parque de la Paz, la gente desfilaba en silencio ante el monumento. En las paredes se podían ver fotografías de personas muertas, o moribundas en una ciudad en ruinas. La bomba atómica - la bola de fuego- había convertido Hiroshima en un desierto.
Sadako no quería contemplar tan horrendas fotografías. Tiró dela mano de su amiga y recorrieron el edificio apresuradamente.
-Yo me acuerdo de la bola de fuego- susurró Sadako- Era como los rayos de un millón de soles. Y luego un calor que me pinchaba los ojos como si fueran cientos de agujas...
- ¿como puedes acordarte? - replicó Chizuko- Eras solo un bebé.
¡Pues me acuerdo!-refirió Sadako tajante.
Una vez concluidos los discursos de los sacerdotes budistas y del alcalde, cientos de palomas blancas fueron puestas en libertad.
Finalizado el acto, Sadako guió a todos hasta el puesto donde estaba la viejecita que vendía elgodón de azúcar. Sabía aún mejor que el año anterior.
El día transcurría demasiado rápido. Lo mejor, pensó Sadako, era ver tantas cosas a la venta, junto con el rico olor de comida. En algunos puestos vendían desde tortas de arroz hasta grillos. Lo peor, sin duda, era ver algunos rostros con aquellas horribles cicatrices. La bomba atómica los había desfigurado de tal manera que no parecían humanos. Si alguna de aquellas personas se le aproximaba, ella se alejaba rápidamente.