VILLAOLIVA: A pesar de su dolor, el pueblo no pudo contener una...

A pesar de su dolor, el pueblo no pudo contener una sonrisa y contestó:
Los duendes nos han causado ya bastantes víctimas. Eres demasiado inteligente y útil para ser enviado a la muerte.
Y sus padres, cuyos corazones se llenaron de tristeza al oírle hablar, dijeron:
- ¡Quédate aquí, querido hijo! Tenemos que soportar a esos duendes igual que soportamos los terremotos y el viento, y considerarlos un castigo divino.
Su novia se colgó de su brazo y susurró:
- ¡No me abandones, Inventor! ¿Qué nos importan los monstruos? Nosotros queremos ser felices en nuestro hogar, donde nadie nos molestará.
- ¡No! - exclamó el joven. - Es una cobardía y una vergüenza aceptar tan resignadamente el mal y la crueldad. Tal vez tú puedas soportarlo, pero yo no. Antes me tiraría desde el campanario más alto para terminar así mi vida, pues prefiero la muerte al deshonor.
Cuando le oyeron hablar y se dieron cuenta de lo firme de su decisión, todos consintieron en que se fuera al bosque. Así, en medio del llanto y las plegarias de todo el pueblo, Inventor emprendió su viaje. Llevó con él un saco lleno de lana muy fina, unos lentes negros, un ovillo de alambre y cuatro cuerdas.
Al acercarse al bosque envolvió todo su cuerpo en lana y se metió dos apretadas bolitas de ella en las orejas. Luego, valerosamente, penetró en la selva. Casi enseguida apareció ante él el terrible Tosefuego. El monstruo lanzó una estrepitosa carcajada y una nube de vapor brotó de su boca. El muchacho vióse precipitado por el aire como una flecha. Pero al caer no se hizo el menor rasguño, pues la lana le sirvió de colchón. El único daño que sufrió fue quedar un poco moreno a causa del fuego. Continuó en el suelo y fingió estar muerto, pues creyó que esto era lo más sensato. El duende le miró por todos lados.
- ¡Qué tostadito has quedado, ser humano! -exclamó -. En cuanto descanse un poco te llevaré a mi hermano. Le servirás de cena. En cuanto a mí, por muy bien guisado que estuvieras no me apeteces. Prefiero carbón de piedra.
Metióse una mano en el bolsillo y la sacó llena de negro carbón que se llevó a la boca. Desde muy lejos podía oírsele triturar la antracita y la hulla. Cuando hubo terminado de comer, tumbóse en el suelo y a los pocos minutos roncaba estrepitosamente, llenando de ecos todo el bosque.
Con gran cuidado, Inventor se quitó la lana que le envolvía, se acercó al durmiente y le llenó la boca de gruesas bolas de lana, de manera que el aliento no pudiese escapársele, luego, con una de las cuerdas, le ató los pies y las manos, marchando enseguida hacia el interior del bosque
Cuando Tosefuego se despertó encontróse atado y con la boca lleno de lana. Entonces retorció su cuerpo, tratando de liberarse, y chocó contra los árboles y las rocas, produciendo un ensordecedor trueno.
Hablalejos quiso acudir en socorro de su hermano y, de pronto, la voz del padre de Inventor le dijo a éste:
- ¡Vuelve enseguida a casa, hijo mío! ¡Tu madre se está muriendo! Quiere verte antes de que la muerte cierre sus ojos. ¡No pierdas ni un segundo o, de lo contrario, no volverás a verla viva! - Y la voz de la novia de Inventor chilló: - ¡Socorro, amado mío! ¡Qué me raptan! ¡Ven a salvarme o estoy perdida!

Mañana seguirá el cuento del inteligente inventor.. buenas noches