Relámpagoligero, con sus centelleantes piernas volaba de un lado a otro del mundo, robándolo todo y antes de que se pudiera decir " ¡Jesús!" ya estaba de vuelta a su bosque con el botín.
Hablalejos cometía otra clase de maldades y torturaba miserablemente a los pobres que vivían cerca de su guarida. Se sentaba junto al fuego y desde allí hablaba a la gente. Les engañaba adoptando la voz de un amigo o un pariente. En cierta ocasión dos niños estaban sentados a la puerta de su casa, esperando a sus padres. De súbito oyeron la voz de su papá que les decía:
- Nenes, venid al bosque. Os tengo preparado un gran pastel y podréis comerlo esta noche. Venid enseguida, pues tengo que marcharme y no puedo perder tiempo.
Alegremente los niños corrieron hacia el bosque, pero en él no encontraron ningún pastel. Porque no fue su papá quien les llamó, sino Hablalejos, que les hizo alejarse de su domicilio y dejó que los lobos se los comieran, de manera que los pobres niños no volvieron nunca a su casa.
Estas y otras muchas cosas malas hizo Hablalejos, hasta que la gente se enfadó con él.
Ojosbrillantes se portaba tan mal como sus tres hermanos, pues su corazón, como el de ellos, rebosaba odio. Con sus ojos de fuego atraía a los viajeros, durante la noche, a los pantanos, donde los infelices se ahogaban miserablemente.
Por fin, los seres humanos decidieron declarar la guerra a los cuatro monstruos y expulsarlos de la tierra a fin de que no pudieran seguir causando daños. Bajo la dirección de su Rey marcharon hacia el oscuro bosque. Cuando llegaron junto a él, lo rodearon para impedir que los cuatro duendes se escaparan. Sólo un grupito, mandado por el soberano, penetró en la selva dispuesto a capturarlos. Pero los duendes sabían perfectamente qué clase de peligro les amenazaba y lo dispusieron todo para vencer a sus enemigos.
Relámpagoligero tendió sus alambres por todo el bosque y empezó a correr por ellos con las ruedecitas que le servían de pies. Aquí tumbaba a un guerrero, allá aplastaba otro. Pero siempre que alguien intentaba capturarle, desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Los soldados rugían enfurecidos.
De pronto, los que rodeaban el bosque oyeron brotar de entre los árboles la voz del Rey.
- ¡Huid todos y que se salve el que pueda! ¡Estamos perdidos!
Pero no era el Rey, sino Hablalejos que había imitado su voz. Al oírla, los guerreros que estaban fuera de bosque huyeron a sus casas. Dentro de la selva sólo quedaron el monarca y sus pocos seguidores. En aquel momento se dirigían hacia una luz que parecía brillar en el horizonte. No sabían que aquella luz era la de las pupilas de Ojosbrillantes, que los atraía al sitio donde el terrible Tosefuego estaba escondido. Apenas llegaron allí los soldados y el Rey, cuando un abrasador huracán los levantó hasta el cielo. Al cabo de mucho rato cayeron al suelo quemados y destrozados. Ni un solo, ni siquiera el Rey, regresó jamás del campo de batalla.
El pueblo lloró mucho la muerte de su soberano y dejó ya de luchar contra los duendes, convencido de que era inútil intentar nada contra ellos.
Pero en aquella tierra vivía un muchacho de cabello rubio y frente muy despejada, cuyo cerebro siempre estaba trabajando. De sus ojos emanaba inteligencia, sabiduría y bondad. Su nombre era Inventor. Un día se presentó a sus conciudadanos y dijo:
- Enviadme solo al bosque, estoy seguro de que derrotaré a los monstruos.
segunda entrega, espero os guste, mañana más, buenas noches gente de buen corazòn-
Hablalejos cometía otra clase de maldades y torturaba miserablemente a los pobres que vivían cerca de su guarida. Se sentaba junto al fuego y desde allí hablaba a la gente. Les engañaba adoptando la voz de un amigo o un pariente. En cierta ocasión dos niños estaban sentados a la puerta de su casa, esperando a sus padres. De súbito oyeron la voz de su papá que les decía:
- Nenes, venid al bosque. Os tengo preparado un gran pastel y podréis comerlo esta noche. Venid enseguida, pues tengo que marcharme y no puedo perder tiempo.
Alegremente los niños corrieron hacia el bosque, pero en él no encontraron ningún pastel. Porque no fue su papá quien les llamó, sino Hablalejos, que les hizo alejarse de su domicilio y dejó que los lobos se los comieran, de manera que los pobres niños no volvieron nunca a su casa.
Estas y otras muchas cosas malas hizo Hablalejos, hasta que la gente se enfadó con él.
Ojosbrillantes se portaba tan mal como sus tres hermanos, pues su corazón, como el de ellos, rebosaba odio. Con sus ojos de fuego atraía a los viajeros, durante la noche, a los pantanos, donde los infelices se ahogaban miserablemente.
Por fin, los seres humanos decidieron declarar la guerra a los cuatro monstruos y expulsarlos de la tierra a fin de que no pudieran seguir causando daños. Bajo la dirección de su Rey marcharon hacia el oscuro bosque. Cuando llegaron junto a él, lo rodearon para impedir que los cuatro duendes se escaparan. Sólo un grupito, mandado por el soberano, penetró en la selva dispuesto a capturarlos. Pero los duendes sabían perfectamente qué clase de peligro les amenazaba y lo dispusieron todo para vencer a sus enemigos.
Relámpagoligero tendió sus alambres por todo el bosque y empezó a correr por ellos con las ruedecitas que le servían de pies. Aquí tumbaba a un guerrero, allá aplastaba otro. Pero siempre que alguien intentaba capturarle, desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Los soldados rugían enfurecidos.
De pronto, los que rodeaban el bosque oyeron brotar de entre los árboles la voz del Rey.
- ¡Huid todos y que se salve el que pueda! ¡Estamos perdidos!
Pero no era el Rey, sino Hablalejos que había imitado su voz. Al oírla, los guerreros que estaban fuera de bosque huyeron a sus casas. Dentro de la selva sólo quedaron el monarca y sus pocos seguidores. En aquel momento se dirigían hacia una luz que parecía brillar en el horizonte. No sabían que aquella luz era la de las pupilas de Ojosbrillantes, que los atraía al sitio donde el terrible Tosefuego estaba escondido. Apenas llegaron allí los soldados y el Rey, cuando un abrasador huracán los levantó hasta el cielo. Al cabo de mucho rato cayeron al suelo quemados y destrozados. Ni un solo, ni siquiera el Rey, regresó jamás del campo de batalla.
El pueblo lloró mucho la muerte de su soberano y dejó ya de luchar contra los duendes, convencido de que era inútil intentar nada contra ellos.
Pero en aquella tierra vivía un muchacho de cabello rubio y frente muy despejada, cuyo cerebro siempre estaba trabajando. De sus ojos emanaba inteligencia, sabiduría y bondad. Su nombre era Inventor. Un día se presentó a sus conciudadanos y dijo:
- Enviadme solo al bosque, estoy seguro de que derrotaré a los monstruos.
segunda entrega, espero os guste, mañana más, buenas noches gente de buen corazòn-