Es fácilmente constatable que donde ha existido un grupo, tribu o pueblo, en cualquier lugar o tiempo, ha habido creencias, ritos, dioses, religión,… El sol, la luna, la tormenta, los mitos y los héroes, han sido frecuente motivo de veneración y culto. En paralelo, y como consecuencia de este hecho, siempre ha existido una clase o casta sacerdotal, intermediaria, entre la divinidad y los humanos, entre esta vida y el más allá.
Ser puente, entre el cielo y la tierra; entre los dioses y los hombres; ha supuesto siempre un alto prestigio y dignidad, dentro del escalafón social, por desempeñar una tarea de mediación e interpretación de la divinidad. Por su alto rango en la escala social, este colectivo sacerdotal ha sido siempre acreedor de una gran admiración y pleitesía por parte del pueblo. La autoridad y el poder, frecuentemente mezclados y confundidos, es uno de sus atributos o señas de identidad más resaltables.
La divinización, atribuida a este grupo, ha derivado, con frecuencia, hacia el abuso de poder, el autoritarismo, la manipulación de las conciencias, la imposición de leyes y pautas de conductas. Por ello, el pueblo se ha encarado, a menudo, con este grupo, manifestándole incomprensión y desafecto. No es raro que la casta sacerdotal, haya sido criticada, no sin razón, con una dureza inmisericorde.
La responsabilidad modélica que supone el desempeño de un rol social prestigioso, exige, en lógica correspondencia, un grado de coherencia y conducta, apropiadas. Cuando ésta no se da, provoca desencanto, agresividad y crítica. Con lo que la clase sacerdotal siempre ha sido reconocida y admirada, por un lado; ampliamente criticada y denostada, cuando no combatida, por el otro.
Ser puente, entre el cielo y la tierra; entre los dioses y los hombres; ha supuesto siempre un alto prestigio y dignidad, dentro del escalafón social, por desempeñar una tarea de mediación e interpretación de la divinidad. Por su alto rango en la escala social, este colectivo sacerdotal ha sido siempre acreedor de una gran admiración y pleitesía por parte del pueblo. La autoridad y el poder, frecuentemente mezclados y confundidos, es uno de sus atributos o señas de identidad más resaltables.
La divinización, atribuida a este grupo, ha derivado, con frecuencia, hacia el abuso de poder, el autoritarismo, la manipulación de las conciencias, la imposición de leyes y pautas de conductas. Por ello, el pueblo se ha encarado, a menudo, con este grupo, manifestándole incomprensión y desafecto. No es raro que la casta sacerdotal, haya sido criticada, no sin razón, con una dureza inmisericorde.
La responsabilidad modélica que supone el desempeño de un rol social prestigioso, exige, en lógica correspondencia, un grado de coherencia y conducta, apropiadas. Cuando ésta no se da, provoca desencanto, agresividad y crítica. Con lo que la clase sacerdotal siempre ha sido reconocida y admirada, por un lado; ampliamente criticada y denostada, cuando no combatida, por el otro.