El RIEGO:
Bajábamos a la huerta siempre por el camino de la chorquilla, si no se llevaba el macho, atajábamos siguiendo la acequia (siempre iba buscando con la mirada algún pececillo, cangrejo, culebra o rata de agua) y cruzábamos a la huerta por una tabla puesta en la acequia para tal fin, justo detrás de la casilla de Angelito (Calilo). Tras dejar las alforjas del almuerzo había que regar a primera hora o mejor cuando bajara el sol, mi padre decía que no se podía regar en las horas del día cuando
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LAS MALAS HIERBAS:
Cuando las plantas empezaban a crecer había que quitar las malas hierbas para lo que se procedía a bajar el macho y el cultivador y pasarlo con sumo cuidado por los surcos sin que el animal se saliera de este, para eso había que ser hábil con las “riendas” y a mí ya me toco agarrar de la “cabezada” para dirigirle, no veas lo que duele el pisotón de un “macho”, sino es porque te hunde el pie en la tierra te lo parte. Tambien había que sacar la “azada” y empezar a cavar con sumo cuidado entre las plantas, era muy importante sacar de cuajo la raíz de las malas hierbas pues sino volvían a crecer rápidamente.
El mal recuerdo que tengo era el sulfatado, había que echar en un fuelle preparado para ello un polvo blanco azulado, he ir de planta en planta pegándoles un soplido del dichoso polvo mal oliente. Esta operación había que hacerla en días con calma y que no hubiese viento, creo que era para matar posibles bichos que atacasen las plantas, ese día no merendaba yo a gusto. Las plantas ya empezaban a crecer, pronto muy pronto y despues de un tiempo y unos cuantos riegos mas veríamos los frutos ya en nuestras manos.
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