Una vez, la abuela se cortó la mano con el filo de un vaso roto.
La hendidura no era, en realidad, más grande que un rasguño.
La mano de mi abuela tenía la piel fina, con ella, tocaba los rostros de las
fotografías, se acariciaba los cabellos, estiradísimos en la frente como cintas de hierba que el viento está a punto de arrancar.
Las ciruelas verdes, bajo el
agua, tienen la piel tirante como si fueran a estallar.
Las ciruelas secas no reflejan la luz. Se plisan y plaf, adiós.
Sólo fue
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