ROSALES: Al hilo de la historia...

Al hilo de la historia

No es fácil adentrarse en La Lomba sin una referencia puntual que oriente a los curiosos visitantes primerizos en
la ruta a seguir para poder disfrutar del ameno recorrido sin necesidad de doblar la ruta. Desde Riello, la
capital municipal con más entidades locales de toda la provincia —pues tiene la friolera de 39 pueblos— sale
una carreterita que muere en El Castillo, al lado de Vegarienza. Sus muchas curvas y riesgo de patinaje en
tiempo de heladas, aconsejan prudencia a los conductores, máxime cuando para recorrer unos doce kilómetros hay que subir desde los 1.050 metros de Riello hasta los 1.320 de Rosales, para bajar nuevamente a los 1109
de Vegarienza.
Son pueblos muy holladeros, y aún conservan ese regusto que nosotros valoramos como esencias leonesas, de mantener en boca de sus mayores —pues los pequeños sólo vienen en vacaciones— el peculiar decir fermoso,
que contaba nuestro recordado Florentino Agustín Diez: «Chacha, con cachelos, el llosco y la fugaza ya puedes
criar güenas fuerzas para atar las gaviellas, lliuvar el cuelmo, atar mañizos y cargar con una quilma de media carga...»
Después están las leyendas, esas deliciosas reliquias que son un verdadero monumento a la ingenuidad, y que
a pesar de su claro anacronismo, adobado con no poca fantasía, fueron durante siglos el tema central de los filandones invernales.
El extenso y rico repertorio legendario de La Omaña, cobra tintes diferenciales en este simpático y recoleto rincón de La Lomba y fue casi siempre cristianizado para desvirtuar los poderes sobrenaturales de míticos personajes, que iban siendo suplantados por el invicto Santiago Matamoros y las mil y una vírgenes aparecidas a pastores visionarios.
Entre las leyendas más entroncadas, con la inevitable presencia y colaboración de La Virgen, se cuenta el
suceso protagonizado por las atribuladas gentes de La Lomba, que asoladas sus cosechas por la pertinaz
sequía de, sabe Dios qué año, se postraron a los pies de aquella virgencita milagrera aparecida en el hueco
de un árbol, para implorar el beneficio de una lluvia redentora que acabara con la sequía.
Lluvia que el Cielo envió con abundancia y fructificó las resecas mieses que pronto se convirtieron en dorado
trigo que terminó llenando los graneros que aseguraban «el pan nuestro de cada día».
Y de ahí recibió La Virgen y su ermita el nombre que para todos los omañeses viene siendo signo de veneración
y no pocas connotaciones reivindicativas: Pan Dorado.