Apreciadísima Adelita:

Todo mi reconocimiento y gratitud hacia una gran mujer cómo tú que con tanto cariño y ternura tratas a este ser tan querido, arrinconado, olvidado y marginado injustamente durante 78 años por el odio de las dos Españas irreconciliables.
La verdad es que no sé cómo mi abuela, la pobre Filomena pudo llegar a una edad tan avanzada tras la muerte trágica de su hija Socorrito en 1918 de cuatro años, abrasada por unas quemaduras y la de su otro hijo de 24, Antonio, luchando por la Libertad.

Un beso muy fuerte, Tesoro. ... (ver texto completo)
Susana esto es Manzaneda
Siento no tener informacion de tu abuelo,,, puedes pedir la partida de nacimiento
en el Ayuntamiento de Riello. Un saludo.
Susana mira como esta la casa ahora,, esta foto la saque el año pasado.
Mira Susana en esta casa nacio tu abuela Almudena, mi padre y todos los hermanos..
Mi querida Adelita:

Soy Octavio aunque firmo con Isabel porque he perdido la contraseña.

Ya sabes donde están las fotos de mi tío Antonio. Una es de gran tamaño en la que está de medio cuerpo en un cuadro y la otra es pequeñita y se encuentra con unos amigos en el parque del "Retiro", unos están sentados en un banco y los otros detrás de éste de pie, el más alto es Antonio. Si las pudieras conseguir, haría unas copias y te las devolvería. Sólo falta este detalle porque la historia y documentación ... (ver texto completo)
Cesar José Mallo, oriundo de Manzaneda de Omaña, abuelo de Susana, ella está intentando comunicarse con nosotros. Bienvenida!
Voy a aportar mas datos a mi búsqueda, Marilin me esta costando manejarme en el foro.

Soy Susana Carnevale Mallo vivo en Argentina, busco a familiares de mi abuelo Cesar José Mallo posiblemente hijo de Manuel Mallo. Nacido en León, vivió en Manzaneda de Ormaña nació el 28 de diciembre de 1906, era primo de Esperanza, Sandalio, Marcelino, Almudena, Ricardo y María Rodríguez Diez, todos ellos hijos de Pepe Rodríguez y Donina Álvarez (Prima política de Manuel Mallo).
Quiero saber dónde puedo buscar ... (ver texto completo)
¿Quien se anima?
El comentario general era que debía haber sido una loba y su camada de lobeznos. Solo así se explicaba que hubiera habido tantas ovejas muertas y solo dos comidas. Los días siguientes me sentía el paria más grande del mundo y como, al cruzarme con la gente, me seguían con una mirada preñada de rencor. Salía de casa solo cuando era imprescindible, a la escuela y a por el pan, y lo hacía a toda prisa para acortar el suplicio. Alguna vez tuve que oír que la culpa la tenía quien mandaba de pastor a uno ... (ver texto completo)
Salimos la abuela y yo y fuimos recogiendo las ovejas del pueblo. Al llegar al puente cruzamos el río para llevarlas a la Fontanina. La abuela me acompañaba pues había un trozo de camino en que, a un lado y a otro, había muchos prados y huertos y doscientas ovejas eran demasiadas para que una sola persona fuera capaz de evitar que se colaran en las fincas. Tan pronto como llegamos a la campera de la Fontanina, las ovejas se pusieron a comer parsimoniosamente y la abuela me acompañó durante un rato ... (ver texto completo)
A pesar de la emoción que yo le ponía en cada acecho, el lobo nunca se presentó. Pero a mí, aquellas esperas me metían más en el cuerpo la aversión hacia el lobo. El lobo en singular, ya que hasta que vi a Félix Rodríguez de la Fuente hablando de las manadas de lobos, siempre me imaginaba encontrándome con un lobo solitario. Uno solo, pero tremendamente fuerte y fiero.

A ese convencimiento de su poder y ferocidad ayudaron mucho los rebaños trashumantes con cientos de ovejas que pasaban todos los ... (ver texto completo)
Sin ir tan atrás en el tiempo, también mi tío Emilio tuvo su historia con los lobos. Parece que había fiesta en el pueblo de Manzaneda y los mozos de Sosas decidieron ir iniciando el camino a media tarde. Mi tío Emilio tuvo que ir a buscar las vacas y, cuando terminó, ya hacía rato que los mozos se habían ido. Comió algo, cogió una cachaba y se marchó camino abajo él solo, decidido a no perderse la fiesta. Cuando iba a la altura del río Rugis, oyó ruido detrás de él y, al volverse, vio que varios ... (ver texto completo)
Publicado el 1 de septiembre de 2012 por Emilio G. de la Calzada

La primera vez que yo oí la palabra lobo, fue después de haberme dado un atracón de la tranquilizante leche de la teta de mi madre y cuando hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos para seguir conectado a aquel mundo de caras y sonidos que tanto me subyugaba. Fue entonces cuando oí por primera vez aquella nana cadenciosa en la que mi madre me hablaba del lobo con cariño, invitándome a dormir mientras me hipnotizaba con los cinco dedos de la mano, moviéndolos acompasadamente delante de unos ojos que querían seguir mirando mientras el estómago mandaba señales inequívocas de que era la hora de que se cerraran

Cinco lobitos tenía la loba,
Cinco lobitos detrás de la escoba
Cinco lavó, cinco peinó
Y todos ellos al colegio mandó.

Pocos años más tarde, cuando mis ojos apenan sobrepasaban la altura de la mesa de la cocina, raro era el día que no oíamos hablar del lobo. O se trataba de historias que habían pasado y se rememoraban a menudo o eran cuentos que tenían por protagonista al lobo. O cuando el lobo mataba alguna oveja del rebaño de Vegarienza o de los pueblos próximos.

Las historias y cuentos eran inevitables, porque las noches del invierno eran largas y había que entretenerse y si, de paso, los mayores podían tomarnos el pelo a los críos metiéndonos miedo con el lobo, mejor.

Mi abuelo, Emilio de la Calzada, contaba cada poco un cuento de lobos que yo no entendía muy bien. Era así

Decía que dos hombres caminaban de noche por el camino del Valle Gordo abajo mientras caía una gran nevada. Al pasar cerca de la ermita de Posada, el pueblo donde nació, vieron que varios lobos les seguían y que cada vez se les acercaban más. Cuando ya estaban a punto de comérselos, llegaron a las primeras casas de Posada y los lobos dejaron de seguirles. Entraron en la cantina que tenía en Posada el padre de mi abuelo y, después de unos cuantos vasos de vino y recuperado el valor, se les soltó la lengua y el más fanfarrón de los dos se reía de su compañero de viaje contándoles a los parroquianos

- Este – dijo señalando a su compañero – púsose, púsose, blanco como la cera.

- Y tú, ¿cómo te pusiste? – le preguntó, a su vez un parroquiano. A lo que el fanfarrón contestó, después de pensárselo un poco

- No sé, porque como ayou no me viei (yo no me veía)- terminaba el abuelo a carcajadas.

Acto seguido, me mandaban a la cama y yo seguía dándole vueltas al cuento, imaginándome a los dos hombres con los lobos detrás acercándoseles cada vez más.

Otra historia parecida era la que contaban le había pasado al tío Eliezar, cuando iba con sus bueyes tirando del carro a buscar género para su comercio de Posada. La zona de Barrio La Puente, en el Valle Gordo, tenía fama de estar muy concurrida de lobos en el invierno. Había caído una gran nevada, y al pasar por allí el tío Eliezar vio, con gran susto, que le seguían varios lobos que cada vez se acercaban más al carro, seguramente con la intención de comerse a los bueyes y, si se terciaba, al tío Eliezar también. Después de mucho persignarse y ver que los lobos estaban cada vez más cerca, se le ocurrió echarles trozos de la merienda que llevaba para el camino. Cada vez que les tiraba algo de comida, los lobos se peleaban por ver quién se la comía y así les entretuvo, una vez tras otra. Cuando ya no le quedaba merienda, les tiró la fardela y se puso a rezar convencido de que aquel era el último viaje que hacía. Afortunadamente ya se veían las casa de Marzán y los lobos se dieron la vuelta. Pasó hambre, pero se libró de una buena. A saber como llevaría los calzoncillos, pensaba yo. Y a saber que habría pasado si la tía Chon no le hubiera puesto merienda para el camino.

Una historia cierta que también me impresionaba mucho, era lo que le pasó en Sosas del Cumbral a la burra de Benedito, un familiar de los abuelos. Decían que había ido con la burra a por verde (hierba tierna para el ganado) al prado de Vegarrriondas. Dejó la burra atada a un árbol, entró en el prado y se fue a segar al lado del río. Al cabo de un rato, oyó que la burra ronaba (rebuznaba) y le gritó

- Ay que ver con la burra. ¡Calla coño!, ronas como si te estuviesen comiendo los lobos – y siguió segando

Cuando terminó, se echo el saco al hombro y se acercó donde la burra. La encontró agonizante, con grandes dentelladas en el cuello y que le faltaban trozos de carne. Tiró el saco al suelo y, levantando los brazos furioso, gritó como esperando que los lobos le oyeran

- Desgraciaos, muertos de hambre, me habéis dejao a pata – en una muestra de falta total de compasión por la burra que, tantas veces, le había llevado de un lado para otro y ayudado en su trabajo a lo largo de un montón de años

Dicen que al día siguiente, cuando mi tío Aecio le vio montado en otra burra que le habían prestado, le preguntó con su sorna habitual

- Benedito, ¿no será esa la burra que te comieron los lobos? – y se desternillaba de risa

- Calla, calla – le contestó Benedito furioso – que te doy con la cachaba

Esta historia que contaban más bien por la gracia que les hacia, a mí me hacía pensar en el lobo y cómo seria de fiero, que era capaz de comerse una burra en un momento, incluso estando el dueño cerca. ... (ver texto completo)
Humildemente pienso que toda esta historia se merecía un espacio en el Ayuntamiento de Riello y en su Semana Cultural.
Muy interesante la historia que cuentas, yo la ignoraba, claro es normal nací en el 38 en plena guerra.
Gracias por compartir con nosotros fotos y vivencias. Pilar.
otra gran asignatura pendiente en "la semana cultural" que precede a las fiestas de riello es el tema de la rehabilitación del "castillo de benar".