" No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera ".
Este soneto, por su perfecta y clara factura, figura como modélico en todas las antologías que se precien, desde que lo incluyó en la suya de las " Cien Mejores Poesías de la lengua castellana " don Marcelino Menéndez Pelayo.
Nunca el amor a Cristo crucificado ha alcanzado tal grado de maestría...
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera ".
Este soneto, por su perfecta y clara factura, figura como modélico en todas las antologías que se precien, desde que lo incluyó en la suya de las " Cien Mejores Poesías de la lengua castellana " don Marcelino Menéndez Pelayo.
Nunca el amor a Cristo crucificado ha alcanzado tal grado de maestría...