Rayaba ya la luna y se escapaba suavemente
por entre los brazos de oriente.
Lucía majestuosa cuando el
cielo plácido y tranquilo abría su pecho para cobijarla.
Su rostro, alegre y dilatado, vestía con sus rayos de plata la pradera, engalanándola sobre una oscura
pasarela
Miraba yo en las techumbres de la villa
Hilos de humo muriendo hacia el firmamento
Olores por doquier, recuerdos naufragando,
me embriagaba el encanto al ver en los callizos, la pureza
de un grupo de niños saltando entre
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