Posada frente a la mesa de Nochebuena,
que refleja júbilo por la llegada del Niño Jesús;
a mi lado contemplo una silla vacía:
es la de mi hijo, que vive en un lugar muy lejano;
a una distancia que solo las alas del avión conocen…
La cena comienza y en mi pecho, los latidos
de mi corazón, se agolpan como ramas
agitadas por intenso viento imaginario.
Extiendo mi mano y siento su tibieza.
Mis oídos perciben su voz cantarina,
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