Surcó la
sombra del águila las praderas del
puerto y se estremecierón las
yeguas que abrevaban en los derrames del manantial. Un sol teñido apuraba el mediodía con esos resplandores que vaticinan el tránsito de la
estación: la mano del estío rozando la mano del
otoño. Se había esparcido la manada por el campar, como disuelta en el sosiego de su libertad silvestre.
Guarecidos en una peña de la ladera, atentos a la estampa de cada ejemplar, subyugados por las bellas figuras rojizas y trigueñas de
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