ÁLVARO CABALLERO 26/08/2012
El infierno tiene una estación en los montes de Tabuyo. Una mancha de 40 kilómetros de pinos famélicos tiznados por el hollín hasta sus copas, ridículos de tan tiesos y desnudos, dignos sobre el manto de brasas que regurgita la tierra cada vez que la lame la brisa. Un escenario gótico en el que los corzos se desorientan y los hombres que apostaron por la tierra, por un modo de vida con el que no abandonar el pueblo y dar sentido al desarrollo rural, ven cómo su futuro ... (ver texto completo)
El infierno tiene una estación en los montes de Tabuyo. Una mancha de 40 kilómetros de pinos famélicos tiznados por el hollín hasta sus copas, ridículos de tan tiesos y desnudos, dignos sobre el manto de brasas que regurgita la tierra cada vez que la lame la brisa. Un escenario gótico en el que los corzos se desorientan y los hombres que apostaron por la tierra, por un modo de vida con el que no abandonar el pueblo y dar sentido al desarrollo rural, ven cómo su futuro ... (ver texto completo)