Los escudos nobiliarios
y los techados de paja
conviven en nuestros pueblos
con las torres de espadaña.
La rica habla omañesa
es una delicia oír,
con ella los omañeses
han contado su vivir.
Por su flora y por su fauna,
por el respeto a la tierra,
Omaña ha sido nombrada
Reserva de la Biosfera.
Su primavera es olorosa,
sonora y multicolor,
sus galanas y sus piornos,
tiñen los montes de flor.
Narcisos y margaritas,
asoman entre la yerba,
por entre ellos se pasea,
majestuosa, la cigüeña.
El río corre abundante,
los prados están viciosos,
por las vallinas descienden
los arroyos caudalosos.
El verano cubre de verde,
los valles y las praderas,
los huertos están sembrados,
que el agua visita y riega.
El verano nos sorprende
de una manera gozosa
por el “sesentademayo”
empieza a ofender la ropa.
Y entonces ya las cerzales
se cuelgan sus arracadas,
compiten con las guindales
con sus guindas encarnadas.
Manzanales y nogales
también muestran sus trofeos,
caños cargados de fruta,
que en otoño recogemos.
Robles, abedules, urces,
pintan el monte de verde
y en las riberas del río
verde el chopo se mantiene.
El tomillo y el oriégano
perfuman riscos y peñas;
arándanos azulados
colorean las laderas.
Y cuando llega la otoñada,
y se irisa su verdor,
el paisaje se convierte
en alfombra de color.
Del amarillo del chopo
al rojo de las cerzales,
todos los colores lucen
en las hojas de los árboles.
Se recogen las patatas,
los fréjoles y las berzas
nueces, castañas, manzanas,
y leña pa la candela.
El invierno llega a Omaña
de manera sigilosa,
los días se hacen cortos,
y la vida más ociosa.
Los omañeses se equipan,
-la invernía ya es un hecho-,
atizan mucho la lumbre
y comienzan el calecho.
Cuando llega la nevada,
pronto en ella abrirán buelgas
para poder caminar
y salir con las madreñas.
La tierra se tapa y duerme
bajo un cobertor muy blanco,
el río observa su sueño
y lo mece con su canto.
y los techados de paja
conviven en nuestros pueblos
con las torres de espadaña.
La rica habla omañesa
es una delicia oír,
con ella los omañeses
han contado su vivir.
Por su flora y por su fauna,
por el respeto a la tierra,
Omaña ha sido nombrada
Reserva de la Biosfera.
Su primavera es olorosa,
sonora y multicolor,
sus galanas y sus piornos,
tiñen los montes de flor.
Narcisos y margaritas,
asoman entre la yerba,
por entre ellos se pasea,
majestuosa, la cigüeña.
El río corre abundante,
los prados están viciosos,
por las vallinas descienden
los arroyos caudalosos.
El verano cubre de verde,
los valles y las praderas,
los huertos están sembrados,
que el agua visita y riega.
El verano nos sorprende
de una manera gozosa
por el “sesentademayo”
empieza a ofender la ropa.
Y entonces ya las cerzales
se cuelgan sus arracadas,
compiten con las guindales
con sus guindas encarnadas.
Manzanales y nogales
también muestran sus trofeos,
caños cargados de fruta,
que en otoño recogemos.
Robles, abedules, urces,
pintan el monte de verde
y en las riberas del río
verde el chopo se mantiene.
El tomillo y el oriégano
perfuman riscos y peñas;
arándanos azulados
colorean las laderas.
Y cuando llega la otoñada,
y se irisa su verdor,
el paisaje se convierte
en alfombra de color.
Del amarillo del chopo
al rojo de las cerzales,
todos los colores lucen
en las hojas de los árboles.
Se recogen las patatas,
los fréjoles y las berzas
nueces, castañas, manzanas,
y leña pa la candela.
El invierno llega a Omaña
de manera sigilosa,
los días se hacen cortos,
y la vida más ociosa.
Los omañeses se equipan,
-la invernía ya es un hecho-,
atizan mucho la lumbre
y comienzan el calecho.
Cuando llega la nevada,
pronto en ella abrirán buelgas
para poder caminar
y salir con las madreñas.
La tierra se tapa y duerme
bajo un cobertor muy blanco,
el río observa su sueño
y lo mece con su canto.