Cuando se preguntaba la hora a los pocos poseedores de reloj y te respondían, se les repreguntaba si la hora que te daban era “solar” u “oficial”. Estas disquisiciones solo se presentaban cuando había un reloj de por medio, ya que todos los demás nos regíamos por el ritmo que marcaba el Sol, mientras los relojes se empecinaban en marcar una hora no recuerdo bien si de más o de menos. El mediodía solar, que se asociaba con el momento de arrear las vacas para salir del prado y llevarlas a casa, era cuando el palo que todos los pastores llevábamos no arrojaba sombra al ponerlo vertical sobre el suelo. El resto de las horas del día venía fijado, más o menos, por la longitud de la sombra de los árboles, de las casas o de cualquier otro objeto.
El mediodía marcaba también la hora del Ángelus. El abuelo era de una religiosidad acendrada, de misa y rosario diarios, amén de infinidad de rezos al levantarse, al acostarse y antes de las comidas. Por si el mediodía le cogía arando o en cualquier otra tarea que le hiciera olvidarse del rezo del Ángelus, todos los días antes de levantarse lo rezaba: “El Ángel del Señor anunció a María” y le contestábamos la abuela y yo “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”……. Aún habiendo hecho este rezo tempranero, si al mediodía se acordaba dejaba el arado o el hacha o lo que estuviera haciendo, se quitaba su descolorida boina que comenzaba a girar lentamente con las dos manos mientras se concentraba en el rezo, al que contestábamos todos los presentes al unísono. Toda una vida rezando no podía terminar de otra manera: murió en la iglesia de Vega después de haber tomado la Comunión. Fue una muerte tranquila y desde luego inesperada ya que él debía sentirse bien, pues al ir hacia la iglesia le dijo al primo Julio que estaba reparando una pared de piedra “A la vuelta te echaré una mano y así acabarás antes”. A lo largo de su vida había construido muchos metros de pared para cerrar las fincas, pero fue incapaz de ver que a su última rebanada de tiempo le faltaba menos de media hora para rebasarle definitivamente e impedirle levantar un último tramo de muro.
En Sosas y también relacionado con la religión, no se si solo en Semana Santa o durante toda la Cuaresma, antes de ir a trabajar había otra hora con la que cumplir. Era la hora más temprana de todas, la del Calvario. Al amanecer todo el pueblo iba a la iglesia con prisa esperando que don Restituto no les entretuviera demasiado con los rezos y poder volver a sus tareas que no daban tregua.
Esta mención a don Restituto me recuerda que aún queda por rematar lo del nacimento de mi hermana Loli. A los cuarenta días de dar a luz, don Restituto recibió a la puerta de la iglesia a Loli y a mi madre, que portaba una vela con un lacito azul solicitando su purificación. Las parturientas eran consideradas impuras (siempre dándole vueltas al Sexto Mandamiento) y no podían salir a la calle ni entrar en la iglesia hasta pasada la cuarentena. Ni siquiera podían asistir al bautizo de los hijos, que solía suceder al cabo de la semana de vida. En el caso de Loli, la llevaron a bautizar actuando como padrinos tía Milce y el abuelo, que gracias a ello abandonó su exilio en la capital. El cura hacía con el hisopo un aspergis de agua bendita sobre la madre y el pequeño mientras pronunciaba unos latinajos, con lo que la madre recién parida volvía a ser pura y podía entrar en la iglesia reintegrándose así a la comunidad de feligreses. Hasta once veces fue sometida mi madre a este rito que más parecía un exorcismo para traerla al buen camino de la decencia y que, con la distancia que da el tiempo, me parece que era totalmente humillante. Por hacer lo que se esperaba que hiciera toda mujer joven (aquello de “Crecer y multiplicaos” que dicen que dijo Dios) tenía que aguantar, delante de toda la comunidad que observaba maliciosamente la ceremonia, que el cura la purificara. Las mujeres corrientes no estaban protegidas como la Virgen María por el dogma: “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo“. Este dogma se lo inventaron en no se que concilio o sínodo los Padres de la Iglesia, para dignificar el único embarazo en el que no participó un hombre y, de paso, convertir a todas las demás mujeres en indignas por el hecho de parir. En su Catecismo el Padre Astete nos intentaba explicar el prodigio diciendo que La Virgen había dado a luz al modo en que un rayo de luz atraviesa un cristal “sin romperlo ni mancharlo“.
Algún anticuerpo contra la impureza debía tener el agua bendita en que mojaba el hisopo el cura o aquellos latines del rito debían afectar a las tiernas mentes de todas las criaturitas que éramos sometidas a aquel exorcismo, pues a todos nos quedaba fijado en el subconsciente que el sexo era intrinsecamente malo y sucio. Cuando íbamos a confesarnos, si habíamos incurrido en alguna actividad relacionada con el sexo (daba igual que fuese de pensamiento, palabra u obra) siempre nos referíamos a ello, contritos y con vergüenza, diciéndole al cura que habíamos hecho cochinadas o tenido pensamientos impuros. Pensamiento, palabra u obra. Como si ahora el juez nos abriera causa por pensar en robar un banco o comentárselo a un amigo. Después de esta digresión sobre las normas morales y ritos al uso entonces, volvamos al tema del tiempo.
Que yo recuerde, en casa de los abuelos solo había dos relojes. Uno era el de pared que había en el cuarto de los abuelos y que daba las horas golpeando una espiral metálica cuyo sonido reverberaba por toda la casa durante varios segundos. El otro era el de mi abuelo, un reloj de bolsillo que sujetaba con una cadena desgastada a un ojal de su inseparable chaleco. Pero todos sabíamos manejarnos perfectamente sin semejante artefacto. Además de los hechos rutinarios de que he hablado y que nos situaban perfectamente en los momentos singulares de cada jornada, teníamos mucha información que nos ayudaba a navegar por las veinticuatro horas del día sin despistarnos.
En Vegarienza había más acontecimientos que te ayudaban a situarte en el tiempo. Si oías pasar al Rápido (el autobús que iba a León), sabías que eran las ocho y había que prepararse para no llegar tarde a la escuela. Si lo que se oía era el traqueteo de las madreñas de Palmira que volvía de ordeñar, ya eran las ocho y media. Enseguida pasaría el pastor de las ovejas y habría que estar listo para entregarle las del abuelo y salir pitando para la escuela. Cuando la bocina del Correo (el autobús de León a Villablino) se oía al pasar por las curvas que bajaban de Pandorado a Guisatecha, sabías que iban a ser las diez y media y que tenías diez minutos escasos para llegar a la casa del cartero si tenías que viajar en él. También anunciaba que el maestro nos soltaría al recreo en unos minutos. El mismo autobús volvía a marcarnos las cinco y las ocho de la tarde. De la escuela se salía a la una y se entraba a las tres para volver a salir a las cinco. Había tiempo para merendar, hacer los deberes, ir a por agua a la fuente, cortar leña y demás cosas que te mandaran los abuelos antes de que llegara el pastor (a la mencionada hora de las ovejas) para estar dispuesto a separar del rebaño las ovejas del abuelo, contarlas y meterlas en la corte. Si faltaba alguna, había que apresurarse a encontrarlas en las cuadras de las demás casas del pueblo, para llegar a toda prisa al Rosario que ya anunciaban las campanas. En medio de todos estos momentos, había infinidad de segundos y minutos que solo servían para empalmar una obligación con otra. Tarea tras tarea, todo el día marcado por acontecimientos que sucedían indefectiblemente a “su hora“.
Las campanas eran otra forma de situarse en el tiempo. Avisaban a diario de la hora de la Misa y del Rosario. Yo mismo fui campanero durante mi etapa de monaguillo en Vega, siendo los abuelos los que se preocupaban de que saliera con tiempo hacia el campanario. El toque de la misa del Domingo te situaba en el mediodía, pero si ibas a comulgar tus tripas se convertían en el mejor reloj recordándote cada pocos minutos y desde muy temprano que la mañana iba a ser interminable. También nos avisaban las campanas que en medía hora había que reunirse en concejo para decidir cuando había que arreglar tal camino o cual puerto para sacar el agua del río a los prados. Un toque de campana atropellado era el toque “a rebato” anunciando no una hora del día sino un acontecimiento grave: una casa o pajar del pueblo estaba quemándose y había que acudir sin pérdida de tiempo con calderos para acarrear agua del río y con hachas para cortar vigas y evitar la propagación del fuego. Un toque lacónico y espaciado de campana, anunciaba que a alguien del pueblo se le había agotado todo su tiempo y había fallecido.
El mediodía marcaba también la hora del Ángelus. El abuelo era de una religiosidad acendrada, de misa y rosario diarios, amén de infinidad de rezos al levantarse, al acostarse y antes de las comidas. Por si el mediodía le cogía arando o en cualquier otra tarea que le hiciera olvidarse del rezo del Ángelus, todos los días antes de levantarse lo rezaba: “El Ángel del Señor anunció a María” y le contestábamos la abuela y yo “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”……. Aún habiendo hecho este rezo tempranero, si al mediodía se acordaba dejaba el arado o el hacha o lo que estuviera haciendo, se quitaba su descolorida boina que comenzaba a girar lentamente con las dos manos mientras se concentraba en el rezo, al que contestábamos todos los presentes al unísono. Toda una vida rezando no podía terminar de otra manera: murió en la iglesia de Vega después de haber tomado la Comunión. Fue una muerte tranquila y desde luego inesperada ya que él debía sentirse bien, pues al ir hacia la iglesia le dijo al primo Julio que estaba reparando una pared de piedra “A la vuelta te echaré una mano y así acabarás antes”. A lo largo de su vida había construido muchos metros de pared para cerrar las fincas, pero fue incapaz de ver que a su última rebanada de tiempo le faltaba menos de media hora para rebasarle definitivamente e impedirle levantar un último tramo de muro.
En Sosas y también relacionado con la religión, no se si solo en Semana Santa o durante toda la Cuaresma, antes de ir a trabajar había otra hora con la que cumplir. Era la hora más temprana de todas, la del Calvario. Al amanecer todo el pueblo iba a la iglesia con prisa esperando que don Restituto no les entretuviera demasiado con los rezos y poder volver a sus tareas que no daban tregua.
Esta mención a don Restituto me recuerda que aún queda por rematar lo del nacimento de mi hermana Loli. A los cuarenta días de dar a luz, don Restituto recibió a la puerta de la iglesia a Loli y a mi madre, que portaba una vela con un lacito azul solicitando su purificación. Las parturientas eran consideradas impuras (siempre dándole vueltas al Sexto Mandamiento) y no podían salir a la calle ni entrar en la iglesia hasta pasada la cuarentena. Ni siquiera podían asistir al bautizo de los hijos, que solía suceder al cabo de la semana de vida. En el caso de Loli, la llevaron a bautizar actuando como padrinos tía Milce y el abuelo, que gracias a ello abandonó su exilio en la capital. El cura hacía con el hisopo un aspergis de agua bendita sobre la madre y el pequeño mientras pronunciaba unos latinajos, con lo que la madre recién parida volvía a ser pura y podía entrar en la iglesia reintegrándose así a la comunidad de feligreses. Hasta once veces fue sometida mi madre a este rito que más parecía un exorcismo para traerla al buen camino de la decencia y que, con la distancia que da el tiempo, me parece que era totalmente humillante. Por hacer lo que se esperaba que hiciera toda mujer joven (aquello de “Crecer y multiplicaos” que dicen que dijo Dios) tenía que aguantar, delante de toda la comunidad que observaba maliciosamente la ceremonia, que el cura la purificara. Las mujeres corrientes no estaban protegidas como la Virgen María por el dogma: “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo“. Este dogma se lo inventaron en no se que concilio o sínodo los Padres de la Iglesia, para dignificar el único embarazo en el que no participó un hombre y, de paso, convertir a todas las demás mujeres en indignas por el hecho de parir. En su Catecismo el Padre Astete nos intentaba explicar el prodigio diciendo que La Virgen había dado a luz al modo en que un rayo de luz atraviesa un cristal “sin romperlo ni mancharlo“.
Algún anticuerpo contra la impureza debía tener el agua bendita en que mojaba el hisopo el cura o aquellos latines del rito debían afectar a las tiernas mentes de todas las criaturitas que éramos sometidas a aquel exorcismo, pues a todos nos quedaba fijado en el subconsciente que el sexo era intrinsecamente malo y sucio. Cuando íbamos a confesarnos, si habíamos incurrido en alguna actividad relacionada con el sexo (daba igual que fuese de pensamiento, palabra u obra) siempre nos referíamos a ello, contritos y con vergüenza, diciéndole al cura que habíamos hecho cochinadas o tenido pensamientos impuros. Pensamiento, palabra u obra. Como si ahora el juez nos abriera causa por pensar en robar un banco o comentárselo a un amigo. Después de esta digresión sobre las normas morales y ritos al uso entonces, volvamos al tema del tiempo.
Que yo recuerde, en casa de los abuelos solo había dos relojes. Uno era el de pared que había en el cuarto de los abuelos y que daba las horas golpeando una espiral metálica cuyo sonido reverberaba por toda la casa durante varios segundos. El otro era el de mi abuelo, un reloj de bolsillo que sujetaba con una cadena desgastada a un ojal de su inseparable chaleco. Pero todos sabíamos manejarnos perfectamente sin semejante artefacto. Además de los hechos rutinarios de que he hablado y que nos situaban perfectamente en los momentos singulares de cada jornada, teníamos mucha información que nos ayudaba a navegar por las veinticuatro horas del día sin despistarnos.
En Vegarienza había más acontecimientos que te ayudaban a situarte en el tiempo. Si oías pasar al Rápido (el autobús que iba a León), sabías que eran las ocho y había que prepararse para no llegar tarde a la escuela. Si lo que se oía era el traqueteo de las madreñas de Palmira que volvía de ordeñar, ya eran las ocho y media. Enseguida pasaría el pastor de las ovejas y habría que estar listo para entregarle las del abuelo y salir pitando para la escuela. Cuando la bocina del Correo (el autobús de León a Villablino) se oía al pasar por las curvas que bajaban de Pandorado a Guisatecha, sabías que iban a ser las diez y media y que tenías diez minutos escasos para llegar a la casa del cartero si tenías que viajar en él. También anunciaba que el maestro nos soltaría al recreo en unos minutos. El mismo autobús volvía a marcarnos las cinco y las ocho de la tarde. De la escuela se salía a la una y se entraba a las tres para volver a salir a las cinco. Había tiempo para merendar, hacer los deberes, ir a por agua a la fuente, cortar leña y demás cosas que te mandaran los abuelos antes de que llegara el pastor (a la mencionada hora de las ovejas) para estar dispuesto a separar del rebaño las ovejas del abuelo, contarlas y meterlas en la corte. Si faltaba alguna, había que apresurarse a encontrarlas en las cuadras de las demás casas del pueblo, para llegar a toda prisa al Rosario que ya anunciaban las campanas. En medio de todos estos momentos, había infinidad de segundos y minutos que solo servían para empalmar una obligación con otra. Tarea tras tarea, todo el día marcado por acontecimientos que sucedían indefectiblemente a “su hora“.
Las campanas eran otra forma de situarse en el tiempo. Avisaban a diario de la hora de la Misa y del Rosario. Yo mismo fui campanero durante mi etapa de monaguillo en Vega, siendo los abuelos los que se preocupaban de que saliera con tiempo hacia el campanario. El toque de la misa del Domingo te situaba en el mediodía, pero si ibas a comulgar tus tripas se convertían en el mejor reloj recordándote cada pocos minutos y desde muy temprano que la mañana iba a ser interminable. También nos avisaban las campanas que en medía hora había que reunirse en concejo para decidir cuando había que arreglar tal camino o cual puerto para sacar el agua del río a los prados. Un toque de campana atropellado era el toque “a rebato” anunciando no una hora del día sino un acontecimiento grave: una casa o pajar del pueblo estaba quemándose y había que acudir sin pérdida de tiempo con calderos para acarrear agua del río y con hachas para cortar vigas y evitar la propagación del fuego. Un toque lacónico y espaciado de campana, anunciaba que a alguien del pueblo se le había agotado todo su tiempo y había fallecido.