MANZANEDA DE OMAÑA: Publicado el 10 de mayo de 2o13...

Publicado el 10 de mayo de 2o13

La frase que más repetía mi madre cuando nos veía distraídos durante el tiempo de estudio era “El tiempo es oro…” y tras una pausa añadía con contundencia y mirándonos preocupada “ …y el que lo desperdicia es un tonto”. A veces remataba con otra sentencia no menos efectiva “El tiempo que se pierde, nunca se recupera”. Aquellas frases me daban mucho que pensar aún teniendo entonces la sensación de que los días y años que tenía por delante eran casi infinitos. Que importancia podía tener distraerse un momento con alguna ensoñación o recuerdo, mientras las jóvenes neuronas se reponían del esfuerzo que suponía memorizar todos los ríos de Asia o cuestiones similares o casi tan inútiles.

Entonces yo tenía la percepción de estar quieto y que era el tiempo el que se deslizaba lentamente hacía mi espalda, como los postes cuando se viaja en tren o como el agua del río que te sobrepasa y se aleja de ti sin pausa mientras estás parado en medio de la corriente.

Mí tiempo tenía una corporeidad transparente como el aire o el agua pero más consistente. Lo percibía como si fuera una barra de gelatina extremadamente larga, cortada en rebanadas como el pan de molde, en cuyo interior yo vivía y que alguien empujaba hacía mí sin descanso desde su extremo final. Sin rozarme, la gelatina me bordeaba alejando de mí su extremo inicial, de forma que cada día me sobrepasaba una rebanada de tiempo. Aún hoy tengo esa misma sensación en relación con el tiempo, pero ha cambiado algo mi percepción. Antes ni siquiera pensaba que aquel discurrir tuviera final. Ahora si percibo, lejos aún, esa última rebanada acercándose a mi lenta pero inexorablemente.

No supe dividir con precisión mi rebanada diaria de tiempo hasta los doce o trece años en que mi tío Baldomino me regaló su reloj de muñeca, que seguramente antes había pertenecido a otros miembros de la familia a juzgar por lo desgastado de las partes doradas de tanto rozar con las mangas de la ropa y por lo amarillento que estaba el plástico que protegía la esfera. Claro que como veréis, el entorno no nos exigía mucha fineza a la hora de precisar cuando habían sucedido o sucederían los acontecimientos.

Mi madre ha tenido once hijos. Jamás fue al ginecólogo y, salvo Isa y Olga, todos nacimos en casa. Yo soy el mayor y había nacido hacía poco más de un año cuando mi madre estaba de nuevo embarazada de mi hermana Loli. Sabía que estaba embarazada, pero no tenía ni idea de cuando daría a luz ni si sería chico o chica. Así eran las cosas antes, sin ecografías en tres dimensiones. Coincidiendo que mi padre había pedido permiso para estudiar las oposiciones a técnico de Correos y que los abuelos estaban viviendo en León, nos establecimos en Sosas del Cumbral aquel verano mis padres y yo.

Las necesidades alimenticias más perentorias estaban aseguradas gracias a unas gallinas, una vaca de nombre “La Italiana” a la que mi madre ordeñaba con Loli en la barriga y supongo que algún resto de la última matanza colgando de los varales de la cocina vieja, así como un montón de patatas viejas de la última cosecha. Mi padre compartía sus estudios con la sustitución como maestro en la escuela a mi abuelo Emilio de la Calzada. Dudo que alguna embarazada de hoy día se aventurara a dar a luz en semejante confín del mundo, con la única ayuda de su marido y teniendo que estar todo el día pendiente de un mequetrefe de poco más de un año.

El veintiséis de Junio de 1945 se iniciaba la siega de la yerba en el Valle del Cumbral y mi padre había ido con Máximo para ayudarle. El Valle del Cumbral es una zona de pradera que Sosas compartía con Villadepán y que distaba de Sosas unos cinco kilómetros monte arriba. El inicio de la siega en este valle era todo un acontecimiento, hasta el punto que ese día todas las mujeres estrenaban delantal para ir a llevar la comida a los segadores. A media tarde de un día tan señalado, Loli dio muestras de querer salir a la luz en ausencia de padre, abuelos y demás parentela.