Una vez que la destinataria del vestido lo escogía entre las imágenes de los muestrarios, tía Honorina extendía los patrones sobre la mesa y los calcaba a un papel de seda que servía para cortar la tela. Luego a hilvanar, pruebas remetiendo y sacando con ayuda de alfileres y a coser en la máquina de manivela situada sobre una mesita que estaba ante una de las ventanas que daban a la carretera. La máquina de coser era el artefacto con más nivel tecnológico de la casa y podía considerarse una joya de la ingeniería y del diseño. De formas estilizadas tras mucho tiempo de perfeccionamiento, estaba adornada con dibujos resistentes a los años de uso aunque un poco velados y amarillentos por el humo que se producía en las cocinas.
A juzgar por lo que descubrimos en el almacén del cacharrero de Vega, debía haber una máquina de estas en cada casa de Omaña. El cacharrero vivía en la que fue casa de don Abundio, el cura, situada al lado de la carretera junto a la panadería de Octavio. En el pajar almacenaba los botijos y demás cacharros que vendía por los pueblos y, entremezcladas con la paja, tenía gran cantidad de máquinas de coser que obtenía canjeándolas por media docena de platos de loza o un par de cazuelas de barro. Algunas tendrían casi cien años de antigüedad, pues en vez de canilla aún tenían lanzadera. Su gran negocio se inició cuando muchos “veraneantes” empezaron a ver aquellas máquinas como objeto de decoración y se las quitaban de las manos por un precio muy superior a los seis platos que a él le habían costado. Cuando se le acabaron, aceptaba encargos de más máquinas que trataba de rescatar de las cocinas del Valle Gordo en sus viajes con los serones del caballo llenos de cacharros. En aquel pajar había verdaderas maravillas, que habían sido por mucho tiempo la solución en las casas de Omaña para la autosuficiencia en el vestir.
Auxiliadas de aquella máquina y bajo la dirección de tía Honorina, de la cocina de mi abuela salían vestidos, sábanas, visillos, manteles, camisas, blusas y todo lo necesario que no se podía comprar salvo que fueras a León. Mis primeros pantalones largos salieron de aquel taller y también llevé algún calzoncillo con tirantes confeccionado en aquellas tardes de verano. La goma elástica no debía abundar entonces. Pero la pieza más sofisticada que creo salía del taller eran los sujetadores que podíamos ver tendidos en la cuerda de la huerta, con unas copas que daba gusto verlos.
No solo se dedicaban al corte y confección en aquella cocina. Tía Milce era la especialista en el ganchillo y a lo largo de su vida debió de tejer muchos metros cuadrados para realizar colchas, fundas de cojín, paños ornamentales para casa y para la iglesia y muchas otras piezas ornamentales. Cuando iba con las vacas, además de la merienda en la fardela llevaba el hilo y la aguja de ganchillo. Era proclive al ensimismamiento pues mezclaba el rezo íntimo con el ganchillo y era frecuente verla deshaciendo parte de lo hecho por haberse concentrado poco en la labor y demasiado en el rezo, lo que se traducía en rosarios con más de cinco misterios o con una ristra innumerable de avemarías y unas puntillas algo fachosas.
Entretanto, tía Pili se dedicaba a la repostería preparando rosquillas, mazapanes, magdalenas, y cualquier golosina con la que se había previsto festejar el día de San Salvador. A los sobrinos nos interesaba más este negociado que el de la tía Honorina, por más apetitoso. Algunos incluso planeábamos como averiguar si les había dado el punto adecuados a estos manjares antes de que llegara la fecha del patrón (ver post La culebra).
A juzgar por lo que descubrimos en el almacén del cacharrero de Vega, debía haber una máquina de estas en cada casa de Omaña. El cacharrero vivía en la que fue casa de don Abundio, el cura, situada al lado de la carretera junto a la panadería de Octavio. En el pajar almacenaba los botijos y demás cacharros que vendía por los pueblos y, entremezcladas con la paja, tenía gran cantidad de máquinas de coser que obtenía canjeándolas por media docena de platos de loza o un par de cazuelas de barro. Algunas tendrían casi cien años de antigüedad, pues en vez de canilla aún tenían lanzadera. Su gran negocio se inició cuando muchos “veraneantes” empezaron a ver aquellas máquinas como objeto de decoración y se las quitaban de las manos por un precio muy superior a los seis platos que a él le habían costado. Cuando se le acabaron, aceptaba encargos de más máquinas que trataba de rescatar de las cocinas del Valle Gordo en sus viajes con los serones del caballo llenos de cacharros. En aquel pajar había verdaderas maravillas, que habían sido por mucho tiempo la solución en las casas de Omaña para la autosuficiencia en el vestir.
Auxiliadas de aquella máquina y bajo la dirección de tía Honorina, de la cocina de mi abuela salían vestidos, sábanas, visillos, manteles, camisas, blusas y todo lo necesario que no se podía comprar salvo que fueras a León. Mis primeros pantalones largos salieron de aquel taller y también llevé algún calzoncillo con tirantes confeccionado en aquellas tardes de verano. La goma elástica no debía abundar entonces. Pero la pieza más sofisticada que creo salía del taller eran los sujetadores que podíamos ver tendidos en la cuerda de la huerta, con unas copas que daba gusto verlos.
No solo se dedicaban al corte y confección en aquella cocina. Tía Milce era la especialista en el ganchillo y a lo largo de su vida debió de tejer muchos metros cuadrados para realizar colchas, fundas de cojín, paños ornamentales para casa y para la iglesia y muchas otras piezas ornamentales. Cuando iba con las vacas, además de la merienda en la fardela llevaba el hilo y la aguja de ganchillo. Era proclive al ensimismamiento pues mezclaba el rezo íntimo con el ganchillo y era frecuente verla deshaciendo parte de lo hecho por haberse concentrado poco en la labor y demasiado en el rezo, lo que se traducía en rosarios con más de cinco misterios o con una ristra innumerable de avemarías y unas puntillas algo fachosas.
Entretanto, tía Pili se dedicaba a la repostería preparando rosquillas, mazapanes, magdalenas, y cualquier golosina con la que se había previsto festejar el día de San Salvador. A los sobrinos nos interesaba más este negociado que el de la tía Honorina, por más apetitoso. Algunos incluso planeábamos como averiguar si les había dado el punto adecuados a estos manjares antes de que llegara la fecha del patrón (ver post La culebra).