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GENTES DE LEÓN / Obituario
Nato, el día para trabajar y la noche para el rabel
El singular Nato, uno de los últimos rabelistas y enganche con los nuevos, falleció hace unas semanas en Madrid
F. FERNÁNDEZ
F. Fernández / Boca de H.
Estaba en Madrid, con su hija, pues ya no se ‘arreglaba’ solo y por eso la noticia llegó a su comarca natal de Riaño ‘a cámara lenta’. De boca en boca se iba sabiendo que había muerto “Nato el rabelista de la Villa (así le llaman todos en aquellas tierras a Boca de Huérgano)”, pues aunque él había nacido en La Puerta, uno de los pueblos anegados por el pantano, tuvo que irse a su segundo pueblo por razones obvias.
Nato el de La Villa o el de La Puerta era ‘el rabel’ en aquella comarca. Cuando hace unos años un grupo de jóvenes músicos quiso recuperar este instrumento fueron conscientes de que una de las comarcas en las que más presencia debió tener era la de Riaño. Y allí estaba Fortunato Rodríguez siempre dispuesto a bajar del desván su viejo rabel de madera de chopo, a tratar de tocarlo, a contar historias del mismo, a recordar a los viejos músicos de la comarca.
Y sus inicios en el instrumento. “Dicen que el rabel es un instrumento de pobres y yo lo era, para qué negarlo si los viejos de la comarca recuerdan perfectamente que cuando sólo tenía ocho años ya andaba trabajando en lo que podía. Cogía una bicicleta de aquellas que te torcías por debajo de la barra para dar pedales e iba por las casas de Riaño y los pueblos cercanos a vender las truchas que pescaba mi padre a garrafa. Cogería unos doce kilos diarios, no te exagero”.
Contaba siempre con mucha gracia lo de que el rabel era un instrumento de pobres y pastores. “Es de pobres porque cada uno se hace el suyo, lo aprende a tocar a base de darle y se tocaba en las cocinas de las casas, para amenizar la noche, para darle alegría a la vida”. Y es que él tenía curiosas teorías para todo, como que ser rico era una desgracia “pues sólo se nota en que pueden comer marisco y encima les da la gota, que creo que es más doloroso que parir”.
Nato, el trabajador desde niño, también contaba muchas veces como comenzó a tocar el rabel. “Fue culpa de mi padre, Eusebio, que se quedó viudo muy pronto y con tres hijos. Era carrero y se pasaba el día trabajando, él en un carro y nosotros jugábamos en otro que tenía en lista de espera para arreglar. Pero cuando llegaba la noche se sentaba en el escaño... y a tocar el rabel. No hacía otra cosa, o hacerse una garrafa para pescar o a tocar, que se hacía unos rabeles como nadie”.
Por eso su infancia son recuerdos de una cocina con escaño y en padre con rabel, aunque no solo. “En cuanto escuchaba tocar a mi padre aparecía mi tía Modesta con la pandereta y ya estaba la fiesta preparada”.
Un tipo entrañable. Una vida vinculada al rabel hasta que se tuvo que ir a buscar la vida en Madrid, en la Pegaso y lo dejó aquí colgado, para disfrutarlo de nuevo en la jubilación. Los nuevos rabelistas están de luto, la puerta de Nato siempre estuvo abierta para ellos.
GENTES DE LEÓN / Obituario
Nato, el día para trabajar y la noche para el rabel
El singular Nato, uno de los últimos rabelistas y enganche con los nuevos, falleció hace unas semanas en Madrid
F. FERNÁNDEZ
F. Fernández / Boca de H.
Estaba en Madrid, con su hija, pues ya no se ‘arreglaba’ solo y por eso la noticia llegó a su comarca natal de Riaño ‘a cámara lenta’. De boca en boca se iba sabiendo que había muerto “Nato el rabelista de la Villa (así le llaman todos en aquellas tierras a Boca de Huérgano)”, pues aunque él había nacido en La Puerta, uno de los pueblos anegados por el pantano, tuvo que irse a su segundo pueblo por razones obvias.
Nato el de La Villa o el de La Puerta era ‘el rabel’ en aquella comarca. Cuando hace unos años un grupo de jóvenes músicos quiso recuperar este instrumento fueron conscientes de que una de las comarcas en las que más presencia debió tener era la de Riaño. Y allí estaba Fortunato Rodríguez siempre dispuesto a bajar del desván su viejo rabel de madera de chopo, a tratar de tocarlo, a contar historias del mismo, a recordar a los viejos músicos de la comarca.
Y sus inicios en el instrumento. “Dicen que el rabel es un instrumento de pobres y yo lo era, para qué negarlo si los viejos de la comarca recuerdan perfectamente que cuando sólo tenía ocho años ya andaba trabajando en lo que podía. Cogía una bicicleta de aquellas que te torcías por debajo de la barra para dar pedales e iba por las casas de Riaño y los pueblos cercanos a vender las truchas que pescaba mi padre a garrafa. Cogería unos doce kilos diarios, no te exagero”.
Contaba siempre con mucha gracia lo de que el rabel era un instrumento de pobres y pastores. “Es de pobres porque cada uno se hace el suyo, lo aprende a tocar a base de darle y se tocaba en las cocinas de las casas, para amenizar la noche, para darle alegría a la vida”. Y es que él tenía curiosas teorías para todo, como que ser rico era una desgracia “pues sólo se nota en que pueden comer marisco y encima les da la gota, que creo que es más doloroso que parir”.
Nato, el trabajador desde niño, también contaba muchas veces como comenzó a tocar el rabel. “Fue culpa de mi padre, Eusebio, que se quedó viudo muy pronto y con tres hijos. Era carrero y se pasaba el día trabajando, él en un carro y nosotros jugábamos en otro que tenía en lista de espera para arreglar. Pero cuando llegaba la noche se sentaba en el escaño... y a tocar el rabel. No hacía otra cosa, o hacerse una garrafa para pescar o a tocar, que se hacía unos rabeles como nadie”.
Por eso su infancia son recuerdos de una cocina con escaño y en padre con rabel, aunque no solo. “En cuanto escuchaba tocar a mi padre aparecía mi tía Modesta con la pandereta y ya estaba la fiesta preparada”.
Un tipo entrañable. Una vida vinculada al rabel hasta que se tuvo que ir a buscar la vida en Madrid, en la Pegaso y lo dejó aquí colgado, para disfrutarlo de nuevo en la jubilación. Los nuevos rabelistas están de luto, la puerta de Nato siempre estuvo abierta para ellos.