MANZANEDA DE OMAÑA: La quinta de los sabañones...

La quinta de los sabañones

Llegaban a las escuelas de los pueblos, allá por el final de curso, el inspector o la inspectora de enseñanza —visita temida— y un cura o un fraile —visita esperada—.

El señor inspector siempre era un pejiguero. Ponía nervioso al maestro, se empeñaba en que le explicáramos el misterio de la Santísima Trinidad, a sabiendas de que era un misterio, y le gustaban los altares con flores a María del mes de mayo. El cura o el fraile era como los mandos de la legión que captan soldados, hablaba del divino Seminario sin reparar en cosas humanas como el frío o la cantidad de garbanzos que ibas a comer. El maestro le indicaba qué chavales apuntaban maneras, los más espabilados y él, curiosamente, no les preguntaba por Dios, ya tendrían tiempo de conocerlo, y de las tablas prefería las de multiplicar a las de la Ley. Y marchaban con los más listos.

Quedaban felices los padres, que podían mandar al chaval a estudiar. Se llenaron seminarios por toda la provincia: Astorga, Valderas, León... Y se hablaban entonces en León mejor latín que castellano utilizan hoy en los textos de móvil o internet.

Llenaron las iglesias de curas, los institutos de profesores, los parlamentos de socialistas y comunistas, los pueblos de ganaderos que sabían latín...
Era la quinta de los sabañones.

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