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Portada > Vivir GENTES DE LEÓN / Cipriano Barredo
“Los Panines siempre fuimos honrados y trabajadores”
Este industrial mansillés de 99 años recuerda sus viajes diarios a León con el carro, la Isocarro o a pie

F. Fernández / León
Pues aquí estamos”, repite siempre que la conversación se detiene. Quieres darle aire pensando que con 99 años cumplidos necesitará tomar aire y él insiste en seguir conversando, en contar historias, en contar su ejemplar historia.
- Pregunté por Cipriano y no me daban razón.
- Claro hombre, tú pregunta por Panines, de Panines te da razón todo el mundo en cuarenta pueblos a la redonda. No ves que yo vendí por allí primero la fruta y los quesos y después llevé el reparto del Butano ¿Cómo no van a dar razón de Panines? Además te hablarán bien, te lo digo yo, porque los hijos de la señora Candelas siempre fuimos honrados, trabajadores y muy sociables”.
Lo dice con el convencimiento de quien sabe que cuenta algo que nadie pone en duda y con el convencimiento de quien con 99 años largos recuerda perfectamente su ejemplar historia de un tipo trabajador y solidario. “Un pobre no se quedó nunca sin comer si estaba Panines cerca”.
Cipriano, perdón Panines, nació el día de los Inocentes de 1913. Nunca olvida a su madre, la señora Candelas, y a su hermana. “Éramos seis hermanos, sólo una chica, y siempre la tuvimos en palmitas”.
Desde chaval comenzó a trabajar duro e hizo un poco de todo. Al comienzo de la II Guerra Mundial tuvo un curioso trabajo. “Los Soberanos, unos señores muy ricos de aquí, que tenían un cortijo, trabajaban para los alemanes, les hacían la ropa, y me contrataron para que bajara hasta Andalucía a comprar lana, allí pasé nueve meses”.
Repartidor de frutas
Después de aquella aventura ‘alemana’ comenzaron los trabajos (la frutería) a los que más tiempo y ocupación dedicó este mansillés que mantiene gran lucidez; de hecho, todos los días nada más comer, sin dormir la siesta, camina hasta el Hogar del Pensionista de Mansilla y allí no perdona la partida de dominó, un juego que requiere frescuramental, que a él no le falta. “Juego siempre con los mismos, con Julián, que ya pasa de los noventa y otros dos... Es que ahora no sale gente para jugar, no ha de esto”, dice mientras sonríe y hace con las manos el tradicional gesto del dinero.
“La abuela ya tenía la frutería y yo la cogí con ganas. Con un carro iba todos los días a León a por fruta y además de cargar para mí hacía todos los encargos de los negocios de la comarca: para los ferreteros, para los almacenes, para la tabacalera... y para la Guardia Civil, que en aquellos años del estraperlo era importante estar a bien con ellosy más si, como yo, ibas todos los días una o dos veces a León, allí también me conocían todos y me querían porque era buen pagador. Panines nunca dejó nada a deber en ninguna parte”. En aquel ir y venir a la capital le sucedieron cientos de anécdotas, de todo tipo. “Una vez en los Altos de Nava me dormí en el carro y el macho, como estaba acostumbrado, siguió andando solo hasta el centro de León. Paró en la Alcazaba, que era donde comía siempre, y al ver que no me bajaba salieron a mirar y allí me encontraron durmiendo”.
No le iba mal el negocio de la frutería y los quesos a Panines y a su madre, la señora Candelas. “Descargábamos vagones enteros de naranjas, que los pedíamos a Valencia. Iban carros de muchos vecinos, ¡qué tiempos!, entonces un vagón de 5000 kilos igual costaba 500 pesetas”, recuerda. Después las vendía por la comarca, “cien pueblos alrededor”, junto con los quesos, que era otro de los productos que siempre trabajó Panines. “Se los compraba a los pastores de Santa Cristina, Grajalejo, Matallana de Valmadrigal y Matadeón y después los vendía; cogía unos 700 kilos y los llevaba al mercado, hasta que allá por 1955 empezaron a venir los queseros y ya dejé este negocio. También vendía tripas, que iba por ellas a Villalonso, hasta trescientos metros llegué a vender en una Feria de San Martín”.
Del carro a la Isocarro
En 1958 hubo un salto importante en el negocio de Panines. Del viejo saltó a la Isocarro, menudo cambio. “Iría despacio pero ibas allí sentado, como un señor. A veces tenía que dar dos viajes por el Portillín, porque no podía con el peso...”. Se queda pensando en todas aquellas aventuras y, de repente, dice. “ ¡Y cuántas veces fui andando! Y si tuviera que ir hoy pues iba, en vez de dos horas echaría cuatro... pero iba”.
El siguiente paso de la Isocarro ya fue un 4 L, cuando en 1963 cogió el reparto del butano. De nuevo a ‘servir’ a “cuarenta pueblos a la redonda. Fui el primero al que se lo dieron civil, porque estas cosas se las daban entre ellos, ya me entiendes”.
También fue el primero que tuvo tienda de electrodomésticos en la zona, que puso las primeras cocinas de butano... Y uno de los últimos fieles a la partida diaria de dominó, con sus 99 años y con el orgullo de saberse querido “porque los hijos de la señora Candelas siempre fuimos sociables”.