El viejo Hullero, que le dicen Feve
Hubo unos años en los que el viejo tren Hullero se detuvo, quedó varado en mitad de su vía estrecha. Por sus rendijas se veía como las estaciones se quedaban sin ventanas, las puertas de madera se pudrían, los apeaderos se convertían en paredes en blanco para mensajes de grafiteros, entre las piedras de la vía crecía la hierba...
El viejo tren ya no tenía carbón que transportar hacía tierras ricas que lo quemaran en sus industrias, también dejó de llevar a derrotados en sus pueblos camino de la victoria en tierras más fértiles. Las mujeres que bajaban con sus gallinas al mercado no llenaban los vagones, los mineros que viajaban hacia la noche lo hacían en sus coches o en las fuscas, los estudiantes se quedaban en los nuevos institutos de sus pueblos...
El viejo tren Hullero tosía al subir las cuestas, como los mineros de los tiempos de la silicosis. Sus máquinas ya no rompían la nieve, en los vagones de madera ya no montaban ‘los cuatreros de ganado’, ni los excursionistas con sus bicicletas, ni los labrantines con la azada hasta el pueblo de al lado para regar el huerto...
Lo querían dejar morir, pero quienes cada día lo veían pasar levantaron la voz. Otra vida era posible para el viejo Hullero... y tenían razón.
http://www. la-cronica. net/2011/11/27/fotografia. html
Hubo unos años en los que el viejo tren Hullero se detuvo, quedó varado en mitad de su vía estrecha. Por sus rendijas se veía como las estaciones se quedaban sin ventanas, las puertas de madera se pudrían, los apeaderos se convertían en paredes en blanco para mensajes de grafiteros, entre las piedras de la vía crecía la hierba...
El viejo tren ya no tenía carbón que transportar hacía tierras ricas que lo quemaran en sus industrias, también dejó de llevar a derrotados en sus pueblos camino de la victoria en tierras más fértiles. Las mujeres que bajaban con sus gallinas al mercado no llenaban los vagones, los mineros que viajaban hacia la noche lo hacían en sus coches o en las fuscas, los estudiantes se quedaban en los nuevos institutos de sus pueblos...
El viejo tren Hullero tosía al subir las cuestas, como los mineros de los tiempos de la silicosis. Sus máquinas ya no rompían la nieve, en los vagones de madera ya no montaban ‘los cuatreros de ganado’, ni los excursionistas con sus bicicletas, ni los labrantines con la azada hasta el pueblo de al lado para regar el huerto...
Lo querían dejar morir, pero quienes cada día lo veían pasar levantaron la voz. Otra vida era posible para el viejo Hullero... y tenían razón.
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