MANZANEDA DE OMAÑA: Normalmente a la medianoche comenzaban los mayores...

Normalmente a la medianoche comenzaban los mayores a dejar el respaldado escaño, los hombres depositaban la baraja en el cajón de la mesa, las madres acostaban al chicuelo dormido en el confortable escanillo… y la reunión se deshacía. Comenzaba entonces el ama de casa el ritual de la ceniza: yo toavía lo hagu, cuando estoy sola. Si están las chicas lo dehan to de cualquier manera, pero cuando yo estoy sola me gusta arrebuhar la lumbre, que así decían las viejas, arrebuhala pa que luegu, al otru día, al levantase, encontrar allí un pocu de calor revolviendo la ceniza, y que además con esu encendían, no vayas a creer (20). La tarea de enterrar las ascuas vivas con la propia ceniza de la lumbre era una medida de protección contra el incendio nocturno, que alguna chispa incontrolada pudiera provocar y además permitía renovar el fuego por la mañana sin necesidad de gastar una de aquellas, tan valiosas cerillas.

Pero como el hueco de la chimenea era la única entrada a la vivienda que permanecía abierta durante la noche, había que imprimir también al postrer ceremonial de la lumbre, un toque mágico–religioso que –con las tenazas por talismán– vedase el paso a las malas presencias: Decía mi abuela «vamos a inos a la cama» y to el rescoldo que quedaba, porque se acababa la lumbre, empezaba todo a tapala y decía eso y nos santiguábamos todos.

Si viene Dios que encuentre luz
si viene el diablo las tenazas en cruz.

En los versillos que conforman estas fórmulas rituales, encontramos, a veces, alusiones a la lumbre latente que, dormida entre la ceniza, se avivará en la mañana, y al bendito San Lorenzo que, por su muerte en la parrilla, protegerá la casa del temido incendio. En una versión recabada en el Rincón de la Sierra Madrileña, se dice:

Lumbre dejo, lumbre hallo.
Los ángeles vengan a cobijarnos.
La bendita Santa Ana nos libre de fuegos y llamas.
Y el bendito San Lorenzo nos libre del incendio.

Como un nuevo ave fénix, cada mañana surgía en las lareiras gallegas, en los tsumes asturianos, en las candelas andaluzas, en los focs levantinos y en las lumbres castellanas el milagro del fuego renovado. Desenterradas las brasas, no faltaba una vecina madrugadora que –como la virgen necia de la parábola– buscaba el germen de su lumbre en casa ajena: de eso me acuerdo yo, siendo pequeña, en casa de mi hermana Aurora, que ya estaba casada, venía una vecina a pedir un tizón para encender, era un palo cogido por un borde y al otro, el que estaba encendido, le iba soplando, para que no se le apagase, y poder encender en su casa (23). Costumbre ésta que observaban todavía las mujeres sefarditas del pasado siglo: Cuando una visina venía con poco tiempo, se disía «una brasica », porque vinía la visina a por eia, para ensender el fuego, y tinía que irse con prisa, para que no se amatara la brasica. La ievaba en un finyan. Y dejemos a la hacendosas judías de Rodas, y a las aldeanas de España comenzar su larga y fatigosa jornada que, tras de encender el fuego sagrado del hogar, las llevará al río con la ropa, al horno con la masa, a los campos y a las calles velando siempre por el bienestar de los suyos.