Alrededor de la lumbre, sentados según edades en escaños o tajuelas, la familia trataba sobre la economía doméstica, sobre las bodas en ciernes, sobre el curso de las cosechas o sobre la herencia y su partimiento que dejó el tío fulano. Los niños dormitaban en el alda de su madre arrullados por el canto y mecidos por el mágico vaivén en espiral de los husos donde se iba depositando el lino de las sábanas o el paño de los jubones. La juventud, por su parte, utilizaba aquel espacio intergeneracional para ejercitar los juegos con que una edad tras de otra habían entretenido la prolongada noche invernal. Alguno de estos holgorios tuvo por adminículo un tizón de la propia lumbre como nos contaban en la hurdana Aceitunilla: Esu… en mi casa que hacíamos tantus seranus, que entonces quemábamos mucha leña, que antoncis no había luz, todo era con candil de aceite. Y ancendíamus los palus de la lumbre, estábamos tos sentaus así, en corro, y empezaba por una punta el uno con el palo ancendíu, y decía:
Ancendiu te la doy
con el chiviri mormote,
si la dehah apagá,
pagarás con el cogote.
Es curioso señalar cómo en aquellos entretenimientos de reunión, se echaban a la lumbre pequeñas partículas inflamables que muchas veces asumían la personalidad de quienes intervenían en el juego. En el Rebollar Salmantino aseguraban que: cuando se jacía el aspaiju del linu, se cohían las aristas, que eran como pahita. Cuando estabamos a la lumbre, se cohían dos, que eran las de los novius, y se echaban a la lumbre, asina, por arriba, y si se apagaba primeru la de el hombri, era que la iba a dehal él a ella. Seguramente pertenece al mismo ritual relacionado con la vida y el fuego, esta otra práctica que recogimos en el norte de Soria: Cuando se echaba un papel a la lumbre y se estaba terminando de consumir decíamos:
Las monjitas se van a acostar
y la madre abadesa se queda a cerrar.
Era imprescindible mantener la lumbre viva, para tener caldeada la estancia y para romper las tinieblas que surgían desde los rincones lóbregos de la cocina. En muchas zonas de España utilizaron el excremento de vaca como combustible de alto valor calorífico, ya fuera echando una espuerta de esta basura al fondo de la lumbre: cuando ya estaba encendida la chimenea, echaban una espuerta de la basura que recogían en la casilla, la echaban al fondo y eso guardaba mucho el calor, que es lo que buscaban, sobre todo en el invierno que hacía tanto frío, ya fuese alimentando el fuego con boñigas secas de vaca.
Si la lumbre desmayaba, otra fórmula venía en auxilio de los vecinos sorianos que intentaban avivar las exangües brasas:
San Miguel
ayúdanos a encender
que después de encendido
se nos ha amortecido.
Ancendiu te la doy
con el chiviri mormote,
si la dehah apagá,
pagarás con el cogote.
Es curioso señalar cómo en aquellos entretenimientos de reunión, se echaban a la lumbre pequeñas partículas inflamables que muchas veces asumían la personalidad de quienes intervenían en el juego. En el Rebollar Salmantino aseguraban que: cuando se jacía el aspaiju del linu, se cohían las aristas, que eran como pahita. Cuando estabamos a la lumbre, se cohían dos, que eran las de los novius, y se echaban a la lumbre, asina, por arriba, y si se apagaba primeru la de el hombri, era que la iba a dehal él a ella. Seguramente pertenece al mismo ritual relacionado con la vida y el fuego, esta otra práctica que recogimos en el norte de Soria: Cuando se echaba un papel a la lumbre y se estaba terminando de consumir decíamos:
Las monjitas se van a acostar
y la madre abadesa se queda a cerrar.
Era imprescindible mantener la lumbre viva, para tener caldeada la estancia y para romper las tinieblas que surgían desde los rincones lóbregos de la cocina. En muchas zonas de España utilizaron el excremento de vaca como combustible de alto valor calorífico, ya fuera echando una espuerta de esta basura al fondo de la lumbre: cuando ya estaba encendida la chimenea, echaban una espuerta de la basura que recogían en la casilla, la echaban al fondo y eso guardaba mucho el calor, que es lo que buscaban, sobre todo en el invierno que hacía tanto frío, ya fuese alimentando el fuego con boñigas secas de vaca.
Si la lumbre desmayaba, otra fórmula venía en auxilio de los vecinos sorianos que intentaban avivar las exangües brasas:
San Miguel
ayúdanos a encender
que después de encendido
se nos ha amortecido.