Los útiles con que manipular la lumbre fueron, como la inmensa mayoría del ajuar doméstico que usaban los menestrales y campesinos, pobres y escasos. En algunas zonas del Campoo cántabro formaban la hoguera a partir de un poderoso tronco horizontal que llamaban el trabasero. Pero en otras zonas los campesinos depositaban la leña sobre dos soportes metálicos que, a modo de pequeñas borriquetas, aguantaban la pira, eran los morillos que el diccionario Larousse define en singular como: “n. m. Soporte para sustentar la leña en el hogar”. Una adivinanza popular, recogida en el Guadarrama Madrileño los pinta acentuando el carácter dual que siempre tuvieron:
Caliente traigo la porra
más caliente traigo el rabo
y la carga que nos echan
la sufrimos yo y mi hermano.
Para colocar los tizones, escarbar en las brasas y manejar la incandescente estructura se usaron las tenazas, poderoso instrumento donde los herreros del lugar dejaban su firma en forma de retorcidos adornos, improntas florales o iniciales incisas. Las tenazas sirvieron también –y lo veremos en Yuso – como amuleto defensivo contra las fuerzas que el maligno podía enviar por la chimenea en forma de brujas o malos aires. Como acontece también con otros instrumentos del ajuar doméstico, que comienzan con la letra T, las tenazas antepusieron, en amplias áreas del sur y este peninsulares la partícula es a su nombre, siendo conocidas allí como, estenazas; al igual que decían estijeras (8) por tijeras o estrébedes por trébedes.
Las trébedes o estrébedes son una mediana estructura férrea construida a golpe de bigornia que sirve para sustentar los recipientes puestos al fuego; especialmente las sartenes, pues a veces disponían de un soporte vertical donde asegurar el peligroso rabo de la sartén. La palabra trébede, del latín tripes, –_dis, que tiene tres pies, evolucionó en zonas como el Bajo Aragón en variantes dialectales como estrudes. Una adivinanza del Oriente Asturiano, describe a la perfección la forma de este trebejo:
Tres pies y una corona.
Trébedes son, tontona.
Para proporcionar al fuego el oxígeno imprescindible en la combustión, se utilizó el aire de los carrillos, el soplillo de esparto, el periódico doblado y, sobre todo el fuelle. Este instrumento fabricado con hierro, madera y cuero reunía en sí tres materias primas procedentes de otros tantos reinos naturales.
Pero el fuelle fue en muchos, en muchísimos hogares españoles un signo de bienestar y lujo no apto para economías de mera subsistencia. Y entonces, para no acercar demasiado la cara al fuego abrasador y para no soplar cerca de la molesta ceniza, se utilizaba a veces un tubo hueco a modo de cerbatana que en un pueblo cordobés me describieron así: fueyeh no había en toah lah casa, lo que teníamo era un tubo que le desíamo er soplón, er que podía lo tenía de jierro, y otros jahta de caña, hueco, claro, y por ahí soplábamo la lumbre.
Pero a veces, por mucho aire que insuflaran a la lumbre el coqueto fuelle o el rústico soplón, resultaba imposible atizar la pirámide de ramas y troncos que debía calentar la cocina y hacer hervir el puchero y las ollas. Había entonces que recurrir a la maña, a la paciencia e incluso a un conjuro como este que recogimos en la Sierra Madrileña:
Arder arder
candelitas de fraile
Cuando mate una gallina
Pa ti el pico y pa mí la carne.
Prendida ya la luminaria, hubo, como vimos, cocinas muy humosas, donde olía a zorrera desde la calle, donde útiles y enseres trascendían a rancio y donde continuas y superpuestas manos de cal no conseguían blanquear las paredes. Hubo también fórmulas para pedir cortésmente al humo que ascendiese al cielo por el cañón de la chimenea o por entre la tablazón del tejado. En tierra hurdana tuvimos la suerte de recoger un maravilloso cúmulo de tradiciones locales, entre las que se encontraba este conjuro para tal efecto:
Jumo, jumerio
vaite p’al cielo
Que allí está mi abuelo
contando dinero.
Le pideh una pesetita,
si no te la da,
coheh un palo
y lo haceh bailar.
Caliente traigo la porra
más caliente traigo el rabo
y la carga que nos echan
la sufrimos yo y mi hermano.
Para colocar los tizones, escarbar en las brasas y manejar la incandescente estructura se usaron las tenazas, poderoso instrumento donde los herreros del lugar dejaban su firma en forma de retorcidos adornos, improntas florales o iniciales incisas. Las tenazas sirvieron también –y lo veremos en Yuso – como amuleto defensivo contra las fuerzas que el maligno podía enviar por la chimenea en forma de brujas o malos aires. Como acontece también con otros instrumentos del ajuar doméstico, que comienzan con la letra T, las tenazas antepusieron, en amplias áreas del sur y este peninsulares la partícula es a su nombre, siendo conocidas allí como, estenazas; al igual que decían estijeras (8) por tijeras o estrébedes por trébedes.
Las trébedes o estrébedes son una mediana estructura férrea construida a golpe de bigornia que sirve para sustentar los recipientes puestos al fuego; especialmente las sartenes, pues a veces disponían de un soporte vertical donde asegurar el peligroso rabo de la sartén. La palabra trébede, del latín tripes, –_dis, que tiene tres pies, evolucionó en zonas como el Bajo Aragón en variantes dialectales como estrudes. Una adivinanza del Oriente Asturiano, describe a la perfección la forma de este trebejo:
Tres pies y una corona.
Trébedes son, tontona.
Para proporcionar al fuego el oxígeno imprescindible en la combustión, se utilizó el aire de los carrillos, el soplillo de esparto, el periódico doblado y, sobre todo el fuelle. Este instrumento fabricado con hierro, madera y cuero reunía en sí tres materias primas procedentes de otros tantos reinos naturales.
Pero el fuelle fue en muchos, en muchísimos hogares españoles un signo de bienestar y lujo no apto para economías de mera subsistencia. Y entonces, para no acercar demasiado la cara al fuego abrasador y para no soplar cerca de la molesta ceniza, se utilizaba a veces un tubo hueco a modo de cerbatana que en un pueblo cordobés me describieron así: fueyeh no había en toah lah casa, lo que teníamo era un tubo que le desíamo er soplón, er que podía lo tenía de jierro, y otros jahta de caña, hueco, claro, y por ahí soplábamo la lumbre.
Pero a veces, por mucho aire que insuflaran a la lumbre el coqueto fuelle o el rústico soplón, resultaba imposible atizar la pirámide de ramas y troncos que debía calentar la cocina y hacer hervir el puchero y las ollas. Había entonces que recurrir a la maña, a la paciencia e incluso a un conjuro como este que recogimos en la Sierra Madrileña:
Arder arder
candelitas de fraile
Cuando mate una gallina
Pa ti el pico y pa mí la carne.
Prendida ya la luminaria, hubo, como vimos, cocinas muy humosas, donde olía a zorrera desde la calle, donde útiles y enseres trascendían a rancio y donde continuas y superpuestas manos de cal no conseguían blanquear las paredes. Hubo también fórmulas para pedir cortésmente al humo que ascendiese al cielo por el cañón de la chimenea o por entre la tablazón del tejado. En tierra hurdana tuvimos la suerte de recoger un maravilloso cúmulo de tradiciones locales, entre las que se encontraba este conjuro para tal efecto:
Jumo, jumerio
vaite p’al cielo
Que allí está mi abuelo
contando dinero.
Le pideh una pesetita,
si no te la da,
coheh un palo
y lo haceh bailar.