MANZANEDA DE OMAÑA: El amplísimo corpus de fórmulas literarias, entreveradas...

El amplísimo corpus de fórmulas literarias, entreveradas de oración y conjuro, que la tradición oral hispánica ha consagrado al devenir del día y de la noche, al cuidado de la casa, de los animales domésticos, y aún del propio cuerpo, parece revelarse al afán clasificatorio con que el investigador pretende delimitarlo. Y así, a poco de ver la luz un corpus que intentaba clasificar cuantas rimas y versillos de carácter apotropaico habían ido apareciendo en recolecciones y colectas, puso el trabajo de campo en nuestras manos tres formulillas nuevas que nuestros padres y abuelos utilizaron antaño para encender o avivar la lumbre mortecina, y aún para ahuyentar por la chimenea o el tejado el molesto humo provocado por los revolcones del aire o por la leña verde de tan mala combustión.

Para entender bien la importancia y el papel que tuvo el fuego en los hogares sin luz eléctrica, sin calefacción y sin demasiadas ventanas, leamos despacio las reflexiones que al respecto se hacen en un libro dedicado a la navidad riojana: “Tenemos que volver la vista muy atrás para poder comprender qué significaba la lumbre encendida en una casa: Fuego, calor, cocina, luz, seguridad, armonía. Por los cinco sentidos entraban los colores de las llamas, el crepitar de las ascuas, el olor de la leña, el sabor del cocido diario, el calor del fuego sobre la piel. Chimeneas, cocinas u hogares bajos, centro de unión y reunión de las familias, donde se contaban las más variadas historias, reales e inventadas, donde no se empezaba a comer hasta que el abuelo bendijera la comida, donde calentar y secarse después de un día frío o lluvioso”.

Cuando la leña estaba verde y aún jugosa, o cuando la humedad del ambiente, la nieve o la lluvia habían remojado las hacinas del corral, resultaba complicado encender la lumbre. En el primer caso, las ramas aún poco secas llenaban la cocina de un humo agrio, que picaba en los ojos y se adhería a la ropa. Y así dice una copla recogida en tierra zamorana:

El amor del estudiante
es amor inoportuno,
es como la leña verde
que llena la casa de humo.

Pero había cocinas más ennegrecidas que de costumbre, a fuerza de un humo rebelde que, por la mala ubicación del tiro, se negaba a abandonar el recinto; y una copla cantada al compás de la guitarra y los yerros dice así:

Vamonos compañeritos,
que la cocina es humosa
y no hay claridad bastante
para pintar a esta rosa.

Fueron infinitas las formas que adoptó el hombre para encender la lumbre en el interior de sus casas. Antaño la inmensa mayoría de los hogares estaban en el centro de la cocina y para encuadrar el fuego se utilizaron piedras de todo tipo e incluso redondas muelas de molino, resquebrajadas o muy romas por el uso. Estas lumbres enviaban al aire fuertes columnas de humo que encontraban la salida en pequeñas oquedades situadas en bóvedas apropiadas: arriba del todo tenían una bovedilla, que la de Tía Mina toavía la tiene, era como un paraguas, pero sin el picu d’arriba. Era una joraca, por donde se iba el jumo. Y abaju, en el suelu, había una piedra redonda con un escaño a un lau, y en los otrus los tajus de maera, sin espaldar ni na, así, así era. Poco a poco el fuego fue buscando el cobijo de la pared, y las lumbres se hicieron en el suelo –a veces, sobre una piedra lumbrera, que no alzaba del suelo sino tres o cuatro dedos– pero arrimadas a un entrante cóncavo practicado en el muro. Esa acanaladura vertical de la pared, por la que ascendía el humo se llamó en algunos lugares de la Sierra Madrileña el fraile, sin duda por el color negro que tenía siempre. Pero fueron muchas, muchísimas las viviendas campesinas que en España carecieron de chimenea, y el humo buscaba por la tablazón del tejado el camino de las tejas o las lanchas de pizarra que servían de cubierta: la mí casa era de esas, sí señor, como todas las de antoncis, no había chimenea. Algunas tenían dos bujeros en la paer, chiquininos, pero por ahí también se escapaba el humo, aunque lo más salía por las tablas, por eso estaba to mu renegríu pero así se curaban las castañas y lo poquitu que se mataba del cerdu.