Las artesanías rurales, tan enraizadas en la vida tradicional, van desapareciendo. Pueden ya considerarse piezas de museo los aperos de labranza que hacía el carpintero local o las rejas de los arados que forjaba el herrero en la fragua. Y lo mismo podríamos decir de tantas otras cosas.
Hace seis años visité algunos pueblos de Omaña, en compañía de un buen conocedor de la comarca y de sus gentes. En Fasgar, un precioso lugar del Valle Gordo, nos encontramos con el señor Amaro, un madreñero que todavía practicaba el oficio, y charlamos con él sosegadamente sobre su trabajo. Nos dedicó casi todo el día y nos mostró cómo transformaba un trozo de madera de abedul en una artística madreña. Madreña que antaño se calzaba sobre el escarpín de paño para que el pié estuviese más abrigado. Toda una sabiduría la de estos hombres Lo que más llamó nuestra atención fueron los dibujos que labraba en la madreña, y el ahumado con corteza de abedul. Según comarcas y épocas se utilizaba generalmente para el ahumado o coloreado la corteza de abedul y los piornos, o los helechos y retamas verdes, dependiendo del color, negruzco o rojizo, que se deseara conseguir. El ahumado resalta los dibujos y, además, es una protección que algunos madreñeros refuerzan al untarlas con tocino para evitar que se abran.
Sobre los dibujos de las madreñas comentaba Fernández Canteli, un estudioso del tema: "La decoración no es fruto casual de la idea de un madreñero, puesto que se repite entre los madreñeros de amplias zonas, sino más bien el resultado de una tradición decorativa que el madreñero ha respirado desde su infancia y que se ha transmitido al menos en parte por las madreñas. En mucha menor medida es fruto de la aportación personal de cada uno o alguno de ellos. Es como si la tradición le legase unos medios que el madreñero puede retocar ligeramente, pero nada más. (La madreña: tipología y distribución en el noroeste español, por Alfonso Fernández Canteli. Principado de Asturias, Consejería de Educación, Cultura y Deportes, 1987, pág. 165).
Es sorprendente la belleza de algunos de estos dibujos, así como la variedad dentro de la sencillez. Quizá las madreñas más decoradas, dentro de las tierras leonesas, sean las de Laciana y Omaña, principalmente las madreñas de las mujeres. También hay pequeñas diferencias, en cuanto a la forma, entre las destinadas al hombre o a la mujer.
En el pueblo de Fasgar vivían otros madreñeros, cuando lo visitamos, pero ya apenas se dedicaban al oficio. Sí recordaban los mercados del Castillo y la feria de ganado en Riello a donde iban a vender sus madreñas. Y en sacos las llevaban a la feria del Espino, en tierras bercianas. Nos hablaron de buenos madreñeros en varios pueblos de la comarca y destacaron la labor del madreñero de Sabugo, que había marchado a Argentina. Quise ver alguna de sus obras y me ocurrió algo que debo contar: Mi acompañante me guió a la casa de una familia que tenía obras de este madreñero de Sabugo, creo que se llama Pedro. Nos recibieron amablemente, pero las madreñas que buscábamos no sabían si las tendrían en la cuadra o las habrían quemado ya. Estaban en la cuadra, las limpiamos y aparecieron unos bellísimos dibujos. Y al marchar, después de obsequiamos con un vino y unas pastas caseras, mi amigo quiso llevar las madreñas para una posible exposición en Riello. La contestación del dueño de la casa fue rápida y contundente: " ¿Pero no dice esta señora - refiriéndose a mi - que tiene tanto valor? Estas madreñas no saldrán de mi casa". Mi satisfacción fue inmensa. Lo que se valora, se conserva.
Hace seis años visité algunos pueblos de Omaña, en compañía de un buen conocedor de la comarca y de sus gentes. En Fasgar, un precioso lugar del Valle Gordo, nos encontramos con el señor Amaro, un madreñero que todavía practicaba el oficio, y charlamos con él sosegadamente sobre su trabajo. Nos dedicó casi todo el día y nos mostró cómo transformaba un trozo de madera de abedul en una artística madreña. Madreña que antaño se calzaba sobre el escarpín de paño para que el pié estuviese más abrigado. Toda una sabiduría la de estos hombres Lo que más llamó nuestra atención fueron los dibujos que labraba en la madreña, y el ahumado con corteza de abedul. Según comarcas y épocas se utilizaba generalmente para el ahumado o coloreado la corteza de abedul y los piornos, o los helechos y retamas verdes, dependiendo del color, negruzco o rojizo, que se deseara conseguir. El ahumado resalta los dibujos y, además, es una protección que algunos madreñeros refuerzan al untarlas con tocino para evitar que se abran.
Sobre los dibujos de las madreñas comentaba Fernández Canteli, un estudioso del tema: "La decoración no es fruto casual de la idea de un madreñero, puesto que se repite entre los madreñeros de amplias zonas, sino más bien el resultado de una tradición decorativa que el madreñero ha respirado desde su infancia y que se ha transmitido al menos en parte por las madreñas. En mucha menor medida es fruto de la aportación personal de cada uno o alguno de ellos. Es como si la tradición le legase unos medios que el madreñero puede retocar ligeramente, pero nada más. (La madreña: tipología y distribución en el noroeste español, por Alfonso Fernández Canteli. Principado de Asturias, Consejería de Educación, Cultura y Deportes, 1987, pág. 165).
Es sorprendente la belleza de algunos de estos dibujos, así como la variedad dentro de la sencillez. Quizá las madreñas más decoradas, dentro de las tierras leonesas, sean las de Laciana y Omaña, principalmente las madreñas de las mujeres. También hay pequeñas diferencias, en cuanto a la forma, entre las destinadas al hombre o a la mujer.
En el pueblo de Fasgar vivían otros madreñeros, cuando lo visitamos, pero ya apenas se dedicaban al oficio. Sí recordaban los mercados del Castillo y la feria de ganado en Riello a donde iban a vender sus madreñas. Y en sacos las llevaban a la feria del Espino, en tierras bercianas. Nos hablaron de buenos madreñeros en varios pueblos de la comarca y destacaron la labor del madreñero de Sabugo, que había marchado a Argentina. Quise ver alguna de sus obras y me ocurrió algo que debo contar: Mi acompañante me guió a la casa de una familia que tenía obras de este madreñero de Sabugo, creo que se llama Pedro. Nos recibieron amablemente, pero las madreñas que buscábamos no sabían si las tendrían en la cuadra o las habrían quemado ya. Estaban en la cuadra, las limpiamos y aparecieron unos bellísimos dibujos. Y al marchar, después de obsequiamos con un vino y unas pastas caseras, mi amigo quiso llevar las madreñas para una posible exposición en Riello. La contestación del dueño de la casa fue rápida y contundente: " ¿Pero no dice esta señora - refiriéndose a mi - que tiene tanto valor? Estas madreñas no saldrán de mi casa". Mi satisfacción fue inmensa. Lo que se valora, se conserva.