Torre de Babia (IV): «Museo Etnográfico y de la Trashumancia».
El «Museo Etnográfico y de la Trashumancia» de Torre es una creación continua, producto de la pasión y el ingenio, de muchos años de entrega y de trabajo y del afán por conservar la memoria de una cultura y tradición admirables, un acervo común a toda la montaña leonesa y, notoriamente, a Babia.
Ya va tiempo desde que me hablaron del paisano que había abierto un museo en Torre de Babia, pueblo al que voy con frecuencia porque me parece de los más bellos de la comarca. Pero, hasta hace unas semanas, no tuve la fortuna de conocerlo. El paisano resultó ser Isaac Álvarez Suárez, nacido en La Riera de Babia, igual que el filólogo Guzmán Álvarez.
De este primer encuentro saqué la conclusión de que Isaac responde al arquetipo del babiano que Guzmán dibujó en el prólogo a sus Estampas de Babia: robusto y ligero, de pensar reposado y maneras tranquilas, parece llegar tarde a todas partes pero ni a sus ganados los diezma el lobo o la peste ni a sus cosechas el gusano o la mala hierba.
Isaac Álvarez estudió la carrera de medicina en Salamanca. Pensaba especializarse en cirugía plástica pero un accidente con daños en el músculo cubital le obligó a cambiar de rumbo. Se doctoró entonces en pediatría y, más tarde, el alergología. Ejerció en otras ciudades antes de asentarse en Santander, en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, donde continúa en activo.
Él viene de una familia con gran tradición pastoril y trashumante. Uno de sus abuelos está enterrado en Brozas, entre las dehesas de la Tierra de Alcántara, 500 kilómetros al sur de Babia, casi en el otro extremo de la Cañada Real de La Vizana. (Hay muchos más pastores babianos y lacianiegos descansando en el cementerio de aquella histórica villa).
El abuelo de Isaac murió siendo muy joven, de un cólico miserere.
- Si hubiera estado en Babia, si le hubieran podido aplicar hielo, a lo mejor...
Las más altas cumbres de la cordillera, los célebres puertos pirenaicos, las lagunas, las extensas vegas, los purísimos ríos y los preciosos pueblos de Babia y Luna atesoran una belleza paisajística y una leyenda magníficas. Pero la comarca, como tantas en el mundo rural, parece agotarse sin remedio. Desde hace ya tiempo, por aquí resulta más fácil el avistamiento de corzos o de rebecos que el de niños. Al menos en invierno. La ganadería no rinde. El camión-cisterna que recogía la leche ya ha dejado de entrar un muchos lugares. No hay parejas jóvenes que se atrevan a invertir sus mejores años en una actividad tan trabajosa y con tan dudosas expectativas.
La decaración de Parque Natural, siempre anunciada pero que nunca llega, podría cambiar este estado de cosas. Ocurrió en otras comarcas próximas y de similares cualidades. Mejorarían las infraestructuras y sería promocionada la actividad económica relacionada con los caudales paisajísticos, ecológicos, científicos y educativos, tal como la legislación recoge. La actividad tradicional ganadera sería la primera beneficiada.
Pero parece que Valladolid está tanto o más lejos que Madrid, digan lo que digan los mapas.
Así y todo, la obra que Isaac Álvarez ha hecho en Torre es un hito muy notable. Un primer paso en firme por el camino que debiera conducir a que el título honorífico -Reserva Mundial de la Biosfera-, que desde hace años ostentan estas cabeceras de los ríos Sil y Luna, empiece a rendir beneficios tangibles.
El «Museo Etnográfico y de la Trashumancia» de Torre es una creación continua, producto de la pasión y el ingenio, de muchos años de entrega y de trabajo y del afán por conservar la memoria de una cultura y tradición admirables, un acervo común a toda la montaña leonesa y, notoriamente, a Babia.
Ya va tiempo desde que me hablaron del paisano que había abierto un museo en Torre de Babia, pueblo al que voy con frecuencia porque me parece de los más bellos de la comarca. Pero, hasta hace unas semanas, no tuve la fortuna de conocerlo. El paisano resultó ser Isaac Álvarez Suárez, nacido en La Riera de Babia, igual que el filólogo Guzmán Álvarez.
De este primer encuentro saqué la conclusión de que Isaac responde al arquetipo del babiano que Guzmán dibujó en el prólogo a sus Estampas de Babia: robusto y ligero, de pensar reposado y maneras tranquilas, parece llegar tarde a todas partes pero ni a sus ganados los diezma el lobo o la peste ni a sus cosechas el gusano o la mala hierba.
Isaac Álvarez estudió la carrera de medicina en Salamanca. Pensaba especializarse en cirugía plástica pero un accidente con daños en el músculo cubital le obligó a cambiar de rumbo. Se doctoró entonces en pediatría y, más tarde, el alergología. Ejerció en otras ciudades antes de asentarse en Santander, en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, donde continúa en activo.
Él viene de una familia con gran tradición pastoril y trashumante. Uno de sus abuelos está enterrado en Brozas, entre las dehesas de la Tierra de Alcántara, 500 kilómetros al sur de Babia, casi en el otro extremo de la Cañada Real de La Vizana. (Hay muchos más pastores babianos y lacianiegos descansando en el cementerio de aquella histórica villa).
El abuelo de Isaac murió siendo muy joven, de un cólico miserere.
- Si hubiera estado en Babia, si le hubieran podido aplicar hielo, a lo mejor...
Las más altas cumbres de la cordillera, los célebres puertos pirenaicos, las lagunas, las extensas vegas, los purísimos ríos y los preciosos pueblos de Babia y Luna atesoran una belleza paisajística y una leyenda magníficas. Pero la comarca, como tantas en el mundo rural, parece agotarse sin remedio. Desde hace ya tiempo, por aquí resulta más fácil el avistamiento de corzos o de rebecos que el de niños. Al menos en invierno. La ganadería no rinde. El camión-cisterna que recogía la leche ya ha dejado de entrar un muchos lugares. No hay parejas jóvenes que se atrevan a invertir sus mejores años en una actividad tan trabajosa y con tan dudosas expectativas.
La decaración de Parque Natural, siempre anunciada pero que nunca llega, podría cambiar este estado de cosas. Ocurrió en otras comarcas próximas y de similares cualidades. Mejorarían las infraestructuras y sería promocionada la actividad económica relacionada con los caudales paisajísticos, ecológicos, científicos y educativos, tal como la legislación recoge. La actividad tradicional ganadera sería la primera beneficiada.
Pero parece que Valladolid está tanto o más lejos que Madrid, digan lo que digan los mapas.
Así y todo, la obra que Isaac Álvarez ha hecho en Torre es un hito muy notable. Un primer paso en firme por el camino que debiera conducir a que el título honorífico -Reserva Mundial de la Biosfera-, que desde hace años ostentan estas cabeceras de los ríos Sil y Luna, empiece a rendir beneficios tangibles.