Una cumbrera de paja se enmarca en el paisaje, vive de él, nace de él y le pone un sello indiscutible.
Nuestros antepasados conocían muy bien las cualidades de un material realmente endeble, pero que trabajado y cuidado, ofrecía las soluciones idóneas en aquellas tierras de difícil manejo de la pizarra o de la teja.
La paja era de centeno en un alto porcentaje. Y el centeno era un cultivo esencial en la vida y en las tierras de nuestros mayores. De la paja del centeno se extraía una gran gama de utilidades: remates de corozas –el impermeable de juncos del campesino–; mantas para las vacas y para las caballerías; cestos; envolvedores de recipientes de vidrio; cama para las albardas, cama para las cuadras, mullidos para lechos y cunas; antorchas para las idas y venidas nocturnas de las ferias; haces para chamuscar el cerdo después de desangrado y hasta lengüetas de pitos. Y por supuesto, la materia prima del entramado de las cubiertas de viviendas, pajares, molinos, cobertizos...
Nuestros antepasados sabían muy bien que un techo de paja da salida al humo, y el humo mata los bichos; mantiene el calor interno, es un buen aislante, evita las goteras porque la lluvia resbala mansamente, que a su vez la conserva flexible y húmeda, que hace que el fuego prenda con dificultad en condiciones normales (3); el viento roza pero no penetra. La paja es un material flexible para las construcciones populares, se acomoda fácilmente a la madera y se enlaza suavemente a otros materiales como las escobas, el brezo, o las varas de robles, de abedules o de alisos; las manijas de paja cierran y atan fuertes tirantes de robles o de castaños. La paja se adapta, por fin, y muy bien, a todas las formas geométricas que pueda adquirir la vivienda: circulares, ovaladas, rectangulares...
Un techo de paja encuadra perfectamente con la piedra y la madera, los materiales constructivos primarios que el hombre encontró. Tampoco extraña en paredes de ladrillo y confiere una añeja textura a paredes encaladas de blanco, como pueden contemplarse a lo largo de toda la geografía inglesa. Las viviendas de techos de paja no admiten balcones, y si los hay, son un añadido moderno.
La paja de centeno destinada a los tejados había que cuidarla en la siega, en el acarreo, en la maja y en el hacinamiento, y conservarla en lugares frescos y relativamente húmedos.
Se sabía muy bien que esas ventajas había que pagarlas, porque había que renovar cada dos años las zonas más expuestas a los vientos, al sol o a las fuertes lluvias y cada diez años había que rehacer toda la obra (4). En los pueblos exitían especialistas de estos montajes. Toda una técnica y todo un arte que aún pueden verse al natural por el corazón de Inglaterra; toda una ancestral sabiduría que no desprecian.
También sabían que un techo de paja daba problemas serios: el primero era el peligro de incendio en determinadas ocasiones, hasta tal punto que pajares o cuadras, las construcciones típicas de cubiertas de paja, se edificaban a las afueras del núcleo habitado, solución que aún puede observarse por pueblos de la Cabrera leonesa. Los fuertes vientos podían arrancar de cuajo el entramado. Otro problema era la vigilancia constante, y la conservación y renovación citadas.
http://www. funjdiaz. net/folklore/07ficha. cfm? id=2129
Nuestros antepasados conocían muy bien las cualidades de un material realmente endeble, pero que trabajado y cuidado, ofrecía las soluciones idóneas en aquellas tierras de difícil manejo de la pizarra o de la teja.
La paja era de centeno en un alto porcentaje. Y el centeno era un cultivo esencial en la vida y en las tierras de nuestros mayores. De la paja del centeno se extraía una gran gama de utilidades: remates de corozas –el impermeable de juncos del campesino–; mantas para las vacas y para las caballerías; cestos; envolvedores de recipientes de vidrio; cama para las albardas, cama para las cuadras, mullidos para lechos y cunas; antorchas para las idas y venidas nocturnas de las ferias; haces para chamuscar el cerdo después de desangrado y hasta lengüetas de pitos. Y por supuesto, la materia prima del entramado de las cubiertas de viviendas, pajares, molinos, cobertizos...
Nuestros antepasados sabían muy bien que un techo de paja da salida al humo, y el humo mata los bichos; mantiene el calor interno, es un buen aislante, evita las goteras porque la lluvia resbala mansamente, que a su vez la conserva flexible y húmeda, que hace que el fuego prenda con dificultad en condiciones normales (3); el viento roza pero no penetra. La paja es un material flexible para las construcciones populares, se acomoda fácilmente a la madera y se enlaza suavemente a otros materiales como las escobas, el brezo, o las varas de robles, de abedules o de alisos; las manijas de paja cierran y atan fuertes tirantes de robles o de castaños. La paja se adapta, por fin, y muy bien, a todas las formas geométricas que pueda adquirir la vivienda: circulares, ovaladas, rectangulares...
Un techo de paja encuadra perfectamente con la piedra y la madera, los materiales constructivos primarios que el hombre encontró. Tampoco extraña en paredes de ladrillo y confiere una añeja textura a paredes encaladas de blanco, como pueden contemplarse a lo largo de toda la geografía inglesa. Las viviendas de techos de paja no admiten balcones, y si los hay, son un añadido moderno.
La paja de centeno destinada a los tejados había que cuidarla en la siega, en el acarreo, en la maja y en el hacinamiento, y conservarla en lugares frescos y relativamente húmedos.
Se sabía muy bien que esas ventajas había que pagarlas, porque había que renovar cada dos años las zonas más expuestas a los vientos, al sol o a las fuertes lluvias y cada diez años había que rehacer toda la obra (4). En los pueblos exitían especialistas de estos montajes. Toda una técnica y todo un arte que aún pueden verse al natural por el corazón de Inglaterra; toda una ancestral sabiduría que no desprecian.
También sabían que un techo de paja daba problemas serios: el primero era el peligro de incendio en determinadas ocasiones, hasta tal punto que pajares o cuadras, las construcciones típicas de cubiertas de paja, se edificaban a las afueras del núcleo habitado, solución que aún puede observarse por pueblos de la Cabrera leonesa. Los fuertes vientos podían arrancar de cuajo el entramado. Otro problema era la vigilancia constante, y la conservación y renovación citadas.
http://www. funjdiaz. net/folklore/07ficha. cfm? id=2129