España y yo somos así, señora
Vivimos días de oropeles y emociones, de gestos y banderas, de abrazos e imágenes, de frases hechas que suceden a la batalla y preceden a la difícil tarea de sentarse en el despacho y decidir.
Son los días emotivos, de los brindis al sol, de los ecos de sociedad que contaría el viejo Pablo Guerrero, el que anunciaba que, pase lo que pase, tiene que llover, a cántaros.
Lloverá a cántaros por más que el concejal vaya elegante, elegantísimo, “orgulloso de su aristocracia que le ha permitido, y no es una desgracia, amarrarse al duro banco de una galera burguesa”.
Lloverá a cántaros por más que “la concejala fuera radiante, radiantísima, aunque a veces le nazca ambarina y purísima una furtiva lágrima de cristal veneciano”.
Lloverá a cántaros por más que se abracen con las banderas cruzadas sobre sus pechos y sus camisas, por más que pronuncien palabras de seda mientras se miran al biés, por más que sonrían al hacer el relevo de los bastones de mando.
Lloverá y habrá lágrimas de emoción en los escaños y los bancos y, entonces, “un caballero enjuto de cultura esmerada depositará un pañuelo en la mano enguantada diciendo: “España y yo somos así, señora”.
Vivimos días de oropeles y emociones, de gestos y banderas, de abrazos e imágenes, de frases hechas que suceden a la batalla y preceden a la difícil tarea de sentarse en el despacho y decidir.
Son los días emotivos, de los brindis al sol, de los ecos de sociedad que contaría el viejo Pablo Guerrero, el que anunciaba que, pase lo que pase, tiene que llover, a cántaros.
Lloverá a cántaros por más que el concejal vaya elegante, elegantísimo, “orgulloso de su aristocracia que le ha permitido, y no es una desgracia, amarrarse al duro banco de una galera burguesa”.
Lloverá a cántaros por más que “la concejala fuera radiante, radiantísima, aunque a veces le nazca ambarina y purísima una furtiva lágrima de cristal veneciano”.
Lloverá a cántaros por más que se abracen con las banderas cruzadas sobre sus pechos y sus camisas, por más que pronuncien palabras de seda mientras se miran al biés, por más que sonrían al hacer el relevo de los bastones de mando.
Lloverá y habrá lágrimas de emoción en los escaños y los bancos y, entonces, “un caballero enjuto de cultura esmerada depositará un pañuelo en la mano enguantada diciendo: “España y yo somos así, señora”.