Los entrañables y viejos tenderos
Las tiendas no eran las tiendas, no se conciben sin la memoria y el recuerdo de sus viejos tenderos. Nada que ver con estos grandes almacenes en los que no hablas con nadie, no sabes lo que compras y la suma de los códigos de barras te dan el precio final, gracias.
Hasta sus nombres eran más sugerentes. Tienda de ultramarinos, ultramarinos de confianza escribían muchos en su viejo letrero, abarrotería o, simplemente, Casa de Fonsa o la Tienda de Mael.
Casa, la palabra lo dice todo.
Y la palabra era la reina. Siempre cuentan en los pueblos que el tendero, un lince que lo llevaba todo en la cabeza, nunca perdía la ocasión de vender.
- ¿Tienes jabón Lagarto Pepín?
- No, se me terminó, pero me acaban de dejar un bacalao buenísimo.
La tienda era un mundo. Detrás de los ‘abarrotes’ podía estar la magia. En la trastienda de Mael, el de la foto (“cuánta hambre quitó cuando el extraperlo”, decían las mujeres), había una vieja gramola en la que sonaban tangos de Carlos Gardel que el tendero invitaba a bailar a las clientas, una enorme radio de lámparas en la que él decía escuchar Radio Pirenaica y en la que moría Franco cada quince días, un San Antonio que hablaba con él a primeros de mes y un libro en alemán.
También vendía cosas.
Las tiendas no eran las tiendas, no se conciben sin la memoria y el recuerdo de sus viejos tenderos. Nada que ver con estos grandes almacenes en los que no hablas con nadie, no sabes lo que compras y la suma de los códigos de barras te dan el precio final, gracias.
Hasta sus nombres eran más sugerentes. Tienda de ultramarinos, ultramarinos de confianza escribían muchos en su viejo letrero, abarrotería o, simplemente, Casa de Fonsa o la Tienda de Mael.
Casa, la palabra lo dice todo.
Y la palabra era la reina. Siempre cuentan en los pueblos que el tendero, un lince que lo llevaba todo en la cabeza, nunca perdía la ocasión de vender.
- ¿Tienes jabón Lagarto Pepín?
- No, se me terminó, pero me acaban de dejar un bacalao buenísimo.
La tienda era un mundo. Detrás de los ‘abarrotes’ podía estar la magia. En la trastienda de Mael, el de la foto (“cuánta hambre quitó cuando el extraperlo”, decían las mujeres), había una vieja gramola en la que sonaban tangos de Carlos Gardel que el tendero invitaba a bailar a las clientas, una enorme radio de lámparas en la que él decía escuchar Radio Pirenaica y en la que moría Franco cada quince días, un San Antonio que hablaba con él a primeros de mes y un libro en alemán.
También vendía cosas.