Restos de la fiesta o del naufragio
Los niños de todos los pueblos corrían a la mañana siguiente de las fiestas hasta la pradera de la romería, buscaban entre los restos de tanta verbena pequeños tesoros que siempre existían: una moneda de duro, las varillas de los cohetes, algún muñeco que habían tirado a los monos de Abisinia y habían abandonado camino del amanecer, chapas de botellas para meter dentro a algún ciclista y jugar con ellas... Siempre aparecía algo. Eran los restos de la fiesta.
No faltaba quien se cortaba con los cascos de alguna botella rota y había que vacunarlo del tétano. Las cigüeñas abandonaban el nido asustadas por el ruido de los cohetes y las estridencias de las orquestas. Los perros se metían debajo de los carros, los gatos subían al rincón más oscuro de la tenada.
Los niños ya no van a las praderas a buscar tesoros ni persiguen las varillas de los cohetes. Los niños ya no creen en los tesoros, los tienen en casa.
Y, sin embargo, las fiestas siguen, los cohetes vuelan y explotan en el cielo. Sonaron hace unos días, habían ganado algún título los equipos de fútbol (la Cultural no, la Ponferradina tampoco). Volvieron a sonar en la noche del domingo, habían ganado algún ayuntamiento los equipos de política.
Ayer, en el amanecer, en cualquier rincón estaban los restos del naufragio. O los de la fiesta. Restos, a fin de cuentas.
Los niños de todos los pueblos corrían a la mañana siguiente de las fiestas hasta la pradera de la romería, buscaban entre los restos de tanta verbena pequeños tesoros que siempre existían: una moneda de duro, las varillas de los cohetes, algún muñeco que habían tirado a los monos de Abisinia y habían abandonado camino del amanecer, chapas de botellas para meter dentro a algún ciclista y jugar con ellas... Siempre aparecía algo. Eran los restos de la fiesta.
No faltaba quien se cortaba con los cascos de alguna botella rota y había que vacunarlo del tétano. Las cigüeñas abandonaban el nido asustadas por el ruido de los cohetes y las estridencias de las orquestas. Los perros se metían debajo de los carros, los gatos subían al rincón más oscuro de la tenada.
Los niños ya no van a las praderas a buscar tesoros ni persiguen las varillas de los cohetes. Los niños ya no creen en los tesoros, los tienen en casa.
Y, sin embargo, las fiestas siguen, los cohetes vuelan y explotan en el cielo. Sonaron hace unos días, habían ganado algún título los equipos de fútbol (la Cultural no, la Ponferradina tampoco). Volvieron a sonar en la noche del domingo, habían ganado algún ayuntamiento los equipos de política.
Ayer, en el amanecer, en cualquier rincón estaban los restos del naufragio. O los de la fiesta. Restos, a fin de cuentas.
Tambien nos metiamos debajo del tablado de la orquesta para veles las bragas a las cantantes.
jajajajajojojujuju eso seguro! y que gusto os daría lo prohibido!