Desde El Cueto de Rosales, en el corazón del Valle, es fácil sentir el latido de un paisaje que orienta la suavidad de los prados y las lombas entre el silencio de las aldeas dormidas. El pasado está quieto en esa dulzura de los montes que suspiran en el romancero. El presente sigue batiendo una soledad que, a veces, se acerca a la ruina, y el gesto resistente de los omañeses ha de ser recobrado para ayudarse a sobrevivir. Los vestigios de un oro antiguo refulgen en las médulas descarnadas. Toda la memoria de Omaña puede presentirse desde Rosales. Un río callado la lleva y la renueva o grita su invulnerable integridad y hermosura. (F. A. Díez, Luis Mateo Díez, A. Díez: Valles de Leyenda. Edilesa, León, 1994).