MANZANEDA DE OMAÑA: Los 1390 pueblos de la provincia de León conforman...

Los 1390 pueblos de la provincia de León conforman una de las sinfonías inacabadas más completas. El gran pueblo leonés tan plural, bello, contradictorio y rico como desconocido, que sabe ser profundamente cálido y pasional cuando se entrega, no malgasta nunca sus afectos y por eso puede parecer frío a los ojos de un observador lejano. Comparte con el rey de la selva, además del nombre, la presencia majestuosa, la mirada apasionante y un rugido que se vuelve atronador cuando quiere hacerse oír. Se sabe que este bello animal de costumbres crepusculares sólo ataca al hombre cuando se encuentra herido y entonces, sacando fuerzas del dolor, le hace frente con una valentía encomiable. Es ágil, fuerte, sereno, poderoso y nace con los ojos abiertos como si quisiera captar la vida desde el primer momento de luz. Representa el poder, la soberanía, la fuerza, el tesón, el valor, y algunos dioses envidiarían su porte imperial para presentarse al mundo.

El otro León, el que ha sido corte de reyes, senda de preregrinos, tierra de poetas y emigrantes, ruinas, ríos y monumentos, blasón de mil historias, el que se extiende y se aventura por las fronteras más accesibles o escarpadas para recibir el soplo diferente de otros vientos y dejarse contagiar por los mejores influjos asturianos, castellanos o gallegos, es la sexta provincia de España en extensión pero la más diversa,, la que presenta mayor variedad y contraste. Es amplia, abrupta, profunda, elevada, perdida en interminables horizontes, dominada por montes, cumbres, valles y llanuras. Todo el paisaje, menos el mar que se simula en sus pantanos, encuentra expresión en esta piel curtida de lagarto que según recibe el sol, la nieve, las brisas diferentes o las aguas de la lluvia o de los ríos cambia de color para ganar belleza.

Los nombres y las tierras no son ajenos en nada a sus gentes porque unos y otros reciben las influencias recíprocas desde los primeros momentos de la vida para obligarles a ser como son se tenga la voluntad que se tenga. Por eso éste es un pueblo atormentado y demencial que puede parecer serio cuando duda, reza, medita o te saluda. El Bierzo, La Maragatería, La Cepeda, El Páramo, Los Ancares, La Cabrera, Tierra de Campos, tanta montaña firme, fría y dura como la roca, tantas comarcas, tantos pueblos, tantos hombres y mujeres naciendo como cachorros de león, con los ojos muy abiertos para encarar la mañana de un día eterno de siglos sin importarnos mucho que alguien diga que el ayer no existe porque nosotros siempre hemos visto amanecer.

Del leonés se ha dicho que es severo, tenaz, tranquilo, celoso de su intimidaz, independiente, generoso, de sentimientos profundos, orgulloso, fiel con los amigos, frío en los encuentros, espléndido con los forasteros, austero con los suyos... Recuerdo haber leído en algún lugar unas palabras de Colinas que lo definen diciendo: "un leonés es algo así como un chopo firme y arraigado..., una raíz que busca la luz".

Y es que León, este León inmenso que comprende tierras, paisajes y gentes es difícil de conocer si no hay voluntad para hacerlo. No se muestra como un pavo real, no se ofrece como una simple mercancía, nunca ha sido amigo de plumas y oropeles. Siendo un universo ha estado siempre lejos del mundo como si quisiera ser un paraíso. Pueblo de tradiciones, una extraordinaria variedad de tipos humanos, de costumbres, de fiestas, de creencias populares, de romerías, danzas, trajes, ritos profanos o religiosos, mitos, cuentos y leyendas, por sus venas corre la sangre que mantiene vivo el ritmo de la vida. Tan plural, bello, contradictorio y rico como deconocido (dije), guarda un alma noble que te mostrará con orgullo pero sin soberbia a poco que quieras acercarte a él. Yo lo hice ayer, hoy mismo, después de haberlo hecho muchas otras veces, y ha vuelto a ser para mí sorpresivo y fascinante. He visto en él (en ellos) miles de cosas y misterios que no había sabido ver antes sin que sus ojos me ayudaran, sin que sus voces, sus manos, su sabiduría, sus recuerdos me abrieran puertas y ventanas de un inmenso hogar lleno de sabores muy antiguos, de duendes, enigmas, de color, cariño y de secretos. Amigos como Ricardo Ferradal que puso a mi disposición toda una biblioteca completísima sobre temas leoneses, instituciones públicas y privadas a las que me acerqué, ayuntamientos, secretarios, alcaldes, curas, maestros, personas que me hablaban de su tierra como si me hablaran de sus madres, ancianos venerables, jóvenes entusiastas, todos aquellos que guardan en su vida y su memoria un trozo -el que sea- de la historia de ayer, de hoy e incluso, de mañana, me la ofrecieron con una generosidad que quiero agradecer muy sinceramente desde estas páginas. Porque gracias a ellos, este acercamiento personal a treinta y tres pueblos de León que quieren simbolizar los 1390, no se ha. tratado en ningún momento de una aproximación imparcial u objetiva para analizar y describir sucesos, paisajes, costumbres, rutas ni, tan siquiera, leyendas. He querido, y ellos han hecho posible, que sea un acercamiento apasionado al que llegué sin ideas previas para poder inocularme con ese veneno maravilloso que desprenden el viento, los campos y el cariño de las gentes cuando miran, cuando hablan. Aunque los teóricos de la percepción sostienen que las cosas no ¡as vemos como las vemos sino que las vemos como son, yo sigo pensando que las cosas no son como son sino que son como las vemos. Por eso lo único que he querido plasmar aquí, en estas páginas, es la realidad, "mi realidad", esa percepción personal pero transferible que se desprende de una obra de creación, de una obra literaria en la que es tan personaje un roble, un chopo, una iglesia, un hombre o un soldado como lo pueden ser una colina, un reguero, una leyenda, el color de una tarde, el brillo sagrado de unos ojos o esa sensación indescriptible que a veces se apodera del alma.

José Pedro Pedreira, Ediciones Lancia, 1994.