Por si estas líneas me han llevado a comparar nuestra flora con una biblioteca, quiero ir más allá. Nuestra flora no es una simple biblioteca, es una magnífica biblioteca, tanto por la calidad y número de sus libros, como por su orden, si bien éste se está viendo alterado en los últimos tiempos con mucha rapidez. Será cuestión de llamar al orden a los bibliotecarios.
Nuestra flora es muy diversa, pero quizás no reconozcamos esa enorme diversidad, ya que estamos acostumbrados a confundir flor con planta y a no considerar plantas a nada que no tenga flores, lo que nos conduce a error.
Son parte de la flora, no sólo las plantas, sino también las algas microscópicas y macroscópicas que se expanden por nuestros ríos, lagunas y estanques, también por paredes y tapiales, árboles y atmósfera, no siendo infrecuentes en nuestros edificios más representativos como la Catedral, San Isidoro o San Marcos, donde podemos observar, por mucho que se limpien, algunos tonos verdosos o negruzcos que nos indican su presencia.
También lo son, los hongos de los que degustamos unos pocos, tememos otros y desconocemos muchos más y a los que desde niños nos acostumbramos al acompañar a nuestros mayores a recoger setas.
Lo son, los líquenes seres atípicos en los que los hongos y algas se unen favoreciéndose mutuamente y que son fácilmente observables en nuestros árboles, en algunos casos, con formas muy curiosas, como la barba de un capuchino (Usnea barbata), o con trompetas antiguas (Cladonia pixidata), de otros dada su forma semejante a los alvéolos pulmonares, se llegó a pensar que curaban las enfermedades del pulmón (Lobaria pulmonaria) y otros, como recordaba recientemente Alejandro Valderas, en un escrito periodístico, supusieron con su hallazgo en nuestra provincia un enorme ahorro a las arcas del Estado, pues hasta entonces se importaban de Islandia (Cetraria islandica).
Así mismo son parte de nuestra flora los "musgos" con los que tantos hemos montado nuestros nacimientos cuando niños y que buscábamos en zonas húmedas, en los tejados de las casas o en el mismo suelo, aunque seco.
Más fácil nos ha resultado siempre reconocer como plantas los llamados "helechos", entre los que distinguíamos con rapidez las "colas de caballo" o "equisetos", aunque otros nos cuesta más esfuerzo. Son éstos, los helechos, plantas de amplia dispersión en nuestra provincia y con una representación abundante, pues son más de cuarenta las especies que reconocemos y que tan pronto observamos en las rocas, como es el caso de la "doradilla" (Ceterach officinarum), o en los bordes de los ríos y en nuestros bosques, mereciendo especial mención una de las distintas colas de caballo (Equisetum sylraticum) que forman parte de nuestra flora, que sólo existe en España, en León.
Nuestra flora es muy diversa, pero quizás no reconozcamos esa enorme diversidad, ya que estamos acostumbrados a confundir flor con planta y a no considerar plantas a nada que no tenga flores, lo que nos conduce a error.
Son parte de la flora, no sólo las plantas, sino también las algas microscópicas y macroscópicas que se expanden por nuestros ríos, lagunas y estanques, también por paredes y tapiales, árboles y atmósfera, no siendo infrecuentes en nuestros edificios más representativos como la Catedral, San Isidoro o San Marcos, donde podemos observar, por mucho que se limpien, algunos tonos verdosos o negruzcos que nos indican su presencia.
También lo son, los hongos de los que degustamos unos pocos, tememos otros y desconocemos muchos más y a los que desde niños nos acostumbramos al acompañar a nuestros mayores a recoger setas.
Lo son, los líquenes seres atípicos en los que los hongos y algas se unen favoreciéndose mutuamente y que son fácilmente observables en nuestros árboles, en algunos casos, con formas muy curiosas, como la barba de un capuchino (Usnea barbata), o con trompetas antiguas (Cladonia pixidata), de otros dada su forma semejante a los alvéolos pulmonares, se llegó a pensar que curaban las enfermedades del pulmón (Lobaria pulmonaria) y otros, como recordaba recientemente Alejandro Valderas, en un escrito periodístico, supusieron con su hallazgo en nuestra provincia un enorme ahorro a las arcas del Estado, pues hasta entonces se importaban de Islandia (Cetraria islandica).
Así mismo son parte de nuestra flora los "musgos" con los que tantos hemos montado nuestros nacimientos cuando niños y que buscábamos en zonas húmedas, en los tejados de las casas o en el mismo suelo, aunque seco.
Más fácil nos ha resultado siempre reconocer como plantas los llamados "helechos", entre los que distinguíamos con rapidez las "colas de caballo" o "equisetos", aunque otros nos cuesta más esfuerzo. Son éstos, los helechos, plantas de amplia dispersión en nuestra provincia y con una representación abundante, pues son más de cuarenta las especies que reconocemos y que tan pronto observamos en las rocas, como es el caso de la "doradilla" (Ceterach officinarum), o en los bordes de los ríos y en nuestros bosques, mereciendo especial mención una de las distintas colas de caballo (Equisetum sylraticum) que forman parte de nuestra flora, que sólo existe en España, en León.