Y cuando andábamos descubriendo las tierras y los hombres de León, para hacer frente al compromiso de unos encuentros entre literarios y científicos, al dar con las tierras v con los hombres de estas tierras gloriosas, nos repetíamos aquello de: " ¡Compañero: lía el equipaje que vamos a ver los valles de Luna, de Babia y de Laciana!". Y añadíamos: El mérito mayor, la más soberbia característica de estas tierras, Tierras de la Libertad, que se proclaman, es la hermandad, la solidaridad, ejercida con la espontaneidad de una condición natural, como la más egregia singularidad del ser humano.
Porque de esta porción privilegiada de España puede decirse que, evidentemente, es cosa de hombres. Hombres enteros y verdaderos, con el señorío y la autoridad que otorga el trabajo bien hecho y la conciencia del propio valor como argumento indispensable para el texto social y cultural de León.
Aquí la mina ha templado el ánimo de las gentes y las ha dotado de capacidad y de responsabilidad.
"Babia es un extraño y fascinante país -escribía sobre la marcha Víctor de la Serna-, lleno de bosques, de escuelas, de praderías y de cultura, donde la gente le contesta a uno a cualquier pregunta con un aplomo y llaneza casi académicas... La Braña y la mina son los polos sobre los que la vida de Laciana gira".
Y el hombre, tan desmedidamente inserto en tierras como de promisión, su culminación o si se quiere su explicación, porque ya lo dijimos al principio de esta andadura: "Por sus hombres les conoceréis".
Y al Bierzo llegamos. Y aquí deshacemos la valija viajera y nos detenemos, o por mejor decir, aceptamos su entrega, porque en esencia, el Bierzo es una tierra que se da. Es decir, una tierra que se deja seducir y querer. No es tierra, aunque lo parezca, que se ofrezca a la contemplación apresurada, frívola, turística; es tierra que se da. Sensualmente. Como una grande, hermosa y pacífica mujer. Cuando se habla del Bierzo, se suele cometer la herejía de limitar sus ámbitos a Ponferrada, a Villafranca, a Toreno, a Bembibre, y se condiciona su geografía, su historia y su entraña humana, rescatando para un amor de tarjeta postal, colorista y romántica, lagos melancólicos, castillos belicosos o reales alcázares y templos milagreros. O ya, en pleno éxtasis, penetrando con resuelto ademán, en las umbrías rumorosas, cuajadas de leyenda, en los fabulosos territorios del oro de las Médulas...
... cuando el Bierzo es como un compendio de toda la amplísima y variada perspectiva leonesa, desde los valles surcados por el Sil y sus afluentes, hasta las espesuras del castaño y del eucalipto, templos sagrados para el ensayo mágico del ruiseñor...
No es gallego el berciano, a pesar del resuello del idioma galaico que se le mete al Bierzo por la ruta compostelana... Que de aquellos trances peregrinos, le vino al Bierzo nada menos que lo de Villa-Franca, con privilegios jacobeos de indulgencias, como en el mismísimo Santiago. Tampoco el Bierzo es la Andalucía leonesa. ¡Qué temeridad! El Bierzo es, sencillamente, por su diversidad, por su gracia, por su generosidad, una tierra que se da, una tierra de todos. Con el Bierzo, con toda la ancha, sorprendente visión del Bierzo suele suceder un fenómeno extrañísimo, que se supone que algo tendrá que ver con lo que se da en llamar "alergia positiva" y que consiste en una especie de inevitable tentación o enamoramiento, como ante esas mujeres de perseverante hermosura y de matices nunca sabidos: Uno va al Bierzo a lo Jorge Manrique, como va a la mar ese río, pero no a morir, sino a vivir.
Y a vivir con hombres a la altura de las nubes, con los pies en la tierra próvida. Con estas gentes del Bierzo sucede también lo mismo que con su grandiluente, barroca geografía: Que desconciertan por su diversidad, por su sagacidad y por su ángel o su duende; que como enajenado, como embebido en su mismidad, anda el berciano como si se mantuviera en vela elaborando fantasías y milagros, aunque sin romper sus conexiones reales, sin confundir lo vivo con lo pintado, sin dejarse embaucar por la lírica ni descomponer por la música gloriosa del vino.
El berciano, así que se desliga del abrazo de su propia tierra, con la que se siente desposado hasta la moribundia, se convierte en el ser más imaginativo y creador. Y como por sus costados corren vientos galaicos y estrictamente leoneses (el berciano es un leonés de lujo), contiene en sus venas sangre céltica y pulso legendario de caballeros andantes. Tierra de poetas capaces de extinguirse en el silencio de la Calle del Agua y de fantásticos enterradores de miserias. Y así como, en decir de Ortega y Gasset, en Castilla no hay curvas, en este Bierzo señorial no hay miserables. Porque la miseria, como el honor calderoniano, es cosa del alma.
Cabría añadir a este friso apresurado de hombres perdidos, los valientes habitadores de la Montaña o los audaces y dramáticos escaladores de las Hoces bárbaras, o la digna apostura de los austeros y encantados personajes de las Tierras de la Reina. Podría completarse esta cegadora visión de hombres y tierras leonesas, con la anotación de los entresijos de una tierra inabarcable de una sola brazada, por la inmensa solicitud de su geografía humana...
Pero quede aquí el apuntamiento, si vale para promover siquiera la curiosidad del caminante, al cual habría que aplicar la consigna aduanera:
Aquí venga el caminante
al aire de su destino.
Detenga el paso un instante,
que para andar el camino
tiene tiempo por delante.
Porque de esta porción privilegiada de España puede decirse que, evidentemente, es cosa de hombres. Hombres enteros y verdaderos, con el señorío y la autoridad que otorga el trabajo bien hecho y la conciencia del propio valor como argumento indispensable para el texto social y cultural de León.
Aquí la mina ha templado el ánimo de las gentes y las ha dotado de capacidad y de responsabilidad.
"Babia es un extraño y fascinante país -escribía sobre la marcha Víctor de la Serna-, lleno de bosques, de escuelas, de praderías y de cultura, donde la gente le contesta a uno a cualquier pregunta con un aplomo y llaneza casi académicas... La Braña y la mina son los polos sobre los que la vida de Laciana gira".
Y el hombre, tan desmedidamente inserto en tierras como de promisión, su culminación o si se quiere su explicación, porque ya lo dijimos al principio de esta andadura: "Por sus hombres les conoceréis".
Y al Bierzo llegamos. Y aquí deshacemos la valija viajera y nos detenemos, o por mejor decir, aceptamos su entrega, porque en esencia, el Bierzo es una tierra que se da. Es decir, una tierra que se deja seducir y querer. No es tierra, aunque lo parezca, que se ofrezca a la contemplación apresurada, frívola, turística; es tierra que se da. Sensualmente. Como una grande, hermosa y pacífica mujer. Cuando se habla del Bierzo, se suele cometer la herejía de limitar sus ámbitos a Ponferrada, a Villafranca, a Toreno, a Bembibre, y se condiciona su geografía, su historia y su entraña humana, rescatando para un amor de tarjeta postal, colorista y romántica, lagos melancólicos, castillos belicosos o reales alcázares y templos milagreros. O ya, en pleno éxtasis, penetrando con resuelto ademán, en las umbrías rumorosas, cuajadas de leyenda, en los fabulosos territorios del oro de las Médulas...
... cuando el Bierzo es como un compendio de toda la amplísima y variada perspectiva leonesa, desde los valles surcados por el Sil y sus afluentes, hasta las espesuras del castaño y del eucalipto, templos sagrados para el ensayo mágico del ruiseñor...
No es gallego el berciano, a pesar del resuello del idioma galaico que se le mete al Bierzo por la ruta compostelana... Que de aquellos trances peregrinos, le vino al Bierzo nada menos que lo de Villa-Franca, con privilegios jacobeos de indulgencias, como en el mismísimo Santiago. Tampoco el Bierzo es la Andalucía leonesa. ¡Qué temeridad! El Bierzo es, sencillamente, por su diversidad, por su gracia, por su generosidad, una tierra que se da, una tierra de todos. Con el Bierzo, con toda la ancha, sorprendente visión del Bierzo suele suceder un fenómeno extrañísimo, que se supone que algo tendrá que ver con lo que se da en llamar "alergia positiva" y que consiste en una especie de inevitable tentación o enamoramiento, como ante esas mujeres de perseverante hermosura y de matices nunca sabidos: Uno va al Bierzo a lo Jorge Manrique, como va a la mar ese río, pero no a morir, sino a vivir.
Y a vivir con hombres a la altura de las nubes, con los pies en la tierra próvida. Con estas gentes del Bierzo sucede también lo mismo que con su grandiluente, barroca geografía: Que desconciertan por su diversidad, por su sagacidad y por su ángel o su duende; que como enajenado, como embebido en su mismidad, anda el berciano como si se mantuviera en vela elaborando fantasías y milagros, aunque sin romper sus conexiones reales, sin confundir lo vivo con lo pintado, sin dejarse embaucar por la lírica ni descomponer por la música gloriosa del vino.
El berciano, así que se desliga del abrazo de su propia tierra, con la que se siente desposado hasta la moribundia, se convierte en el ser más imaginativo y creador. Y como por sus costados corren vientos galaicos y estrictamente leoneses (el berciano es un leonés de lujo), contiene en sus venas sangre céltica y pulso legendario de caballeros andantes. Tierra de poetas capaces de extinguirse en el silencio de la Calle del Agua y de fantásticos enterradores de miserias. Y así como, en decir de Ortega y Gasset, en Castilla no hay curvas, en este Bierzo señorial no hay miserables. Porque la miseria, como el honor calderoniano, es cosa del alma.
Cabría añadir a este friso apresurado de hombres perdidos, los valientes habitadores de la Montaña o los audaces y dramáticos escaladores de las Hoces bárbaras, o la digna apostura de los austeros y encantados personajes de las Tierras de la Reina. Podría completarse esta cegadora visión de hombres y tierras leonesas, con la anotación de los entresijos de una tierra inabarcable de una sola brazada, por la inmensa solicitud de su geografía humana...
Pero quede aquí el apuntamiento, si vale para promover siquiera la curiosidad del caminante, al cual habría que aplicar la consigna aduanera:
Aquí venga el caminante
al aire de su destino.
Detenga el paso un instante,
que para andar el camino
tiene tiempo por delante.