Victoriano Crémer
Escritor
Por sus hombres les conoceréis. Es como el apólogo obligado cuando se trata de penetrar en la entraña viva de un pueblo. Porque, en definitiva, los pueblos son siempre y frente a cualquier apariencia tópica lo que son sus hombres. Lo demás es piedra y hierro, tierra y cielo, indiferentes, ajenos, mudos testigos sin pulso, sin calor humano, sin el sudor y la sangre del hombre que lo habita.
CUANDO de León se dice que es territorio múltiple, diverso y sorprendente, de lo que se está hablando es de sus gentes, de la humana circunstancia orteguiana que hace que las tierras, los cielos, el viento y la voz de las campanas sean como son y suenen distintas y entrañables. Y por su voz, por su música interior, por su huella histórica y antropológica conoceréis la raíz que alienta el frondoso árbol de las genealogías fundadoras.
Y tal vez lo que desconcierta en la variada sinfonía humana de León es que sus hombres, como su ámbito, son diferentes y a veces contradictorios. Que no hay nada más distinto, es un decir, que un maragato del interior y un labrador de buen aire de Tierra de Campos: Mientras el primero se acorteza en el ministerio de los orígenes desconocidos y se enluta y se contorsiona en ceremoniales danzas nupciales, el castellano de las honduras, el poblador épico de la Tierra de Campos, que ¡ay! ya ni en campos de tierra queda, se despoja de sus púrpuras y se muestra desnudo, en carne y en tierra viva. El hombre de la Maragatería es silencioso, obstinado y aventurero, en tanto que el leonés del llano es abierto, lírico y sentimental.
Otro tanto sucede si el caminante se arriesga por los lujuriosos laberintos de Sajambre o Valdeón, los más apasionantes pedazos de la hogaza leonesa y se deja caer sobre el lecho pacífico y deslumbrante de la paramera. Se produce, inevitablemente, el fenómeno de los contrastes: El leonés de Sajambre, de Valdeón o de Caín es grande, lento, precavido y sentencioso. Camina con la mirada atenta del cazador de osos, midiendo los pasos sin apartarse de la propia sombra, sin perder el hilo del sendero montaraz.
Esto le hace andar despacio, uno detrás de otro, que no caben dos en la estrecha senda. Y esta táctica de cazador al acecho y de seguidor de huellas familiares la sigue incluso cuando, por algún ritual religioso, al cual se siente obligado, acude a la capital, como novenador de la Virgen del Camino. Porque las gentes de estos valles lujuriosos y de estos puertos tan inmediatos al prodigio cambiante de las nubes, son profundamente religiosos, rozando una forma de misticismo realista como de quienes, como la santa abulense, están acostumbrados a ver a Dios entre los pucheros ahumados de la gran cocina tradicional.
La mágica facultad de los pobladores de estos apasionados territorios es que, como dice Víctor de la Serna, cuando peregrina en busca del hombre perdido, "humanizan el paisaje".
Cuando en León se mencionaban las tierras del Páramo -el más dramático y seductor contraste con las apasionantes promociones de Oseja o Valdeón- parecían referirse a espacios para el sudor y la demencia visual, a tierras de labor, a campos de pan llevar, secas tierras para la alucinación y el desconcierto, para la lírica ascética y para la épica romanceada:
Pueblos de tierra y paciencia
de sudor y de trabajo,
con las raíces metidas
en las entrañas del campo.
Campo largo, cielo hondo
cielo y campo descampados,
campo y cielo para hombres
de corazón y de brazos.
Escritor
Por sus hombres les conoceréis. Es como el apólogo obligado cuando se trata de penetrar en la entraña viva de un pueblo. Porque, en definitiva, los pueblos son siempre y frente a cualquier apariencia tópica lo que son sus hombres. Lo demás es piedra y hierro, tierra y cielo, indiferentes, ajenos, mudos testigos sin pulso, sin calor humano, sin el sudor y la sangre del hombre que lo habita.
CUANDO de León se dice que es territorio múltiple, diverso y sorprendente, de lo que se está hablando es de sus gentes, de la humana circunstancia orteguiana que hace que las tierras, los cielos, el viento y la voz de las campanas sean como son y suenen distintas y entrañables. Y por su voz, por su música interior, por su huella histórica y antropológica conoceréis la raíz que alienta el frondoso árbol de las genealogías fundadoras.
Y tal vez lo que desconcierta en la variada sinfonía humana de León es que sus hombres, como su ámbito, son diferentes y a veces contradictorios. Que no hay nada más distinto, es un decir, que un maragato del interior y un labrador de buen aire de Tierra de Campos: Mientras el primero se acorteza en el ministerio de los orígenes desconocidos y se enluta y se contorsiona en ceremoniales danzas nupciales, el castellano de las honduras, el poblador épico de la Tierra de Campos, que ¡ay! ya ni en campos de tierra queda, se despoja de sus púrpuras y se muestra desnudo, en carne y en tierra viva. El hombre de la Maragatería es silencioso, obstinado y aventurero, en tanto que el leonés del llano es abierto, lírico y sentimental.
Otro tanto sucede si el caminante se arriesga por los lujuriosos laberintos de Sajambre o Valdeón, los más apasionantes pedazos de la hogaza leonesa y se deja caer sobre el lecho pacífico y deslumbrante de la paramera. Se produce, inevitablemente, el fenómeno de los contrastes: El leonés de Sajambre, de Valdeón o de Caín es grande, lento, precavido y sentencioso. Camina con la mirada atenta del cazador de osos, midiendo los pasos sin apartarse de la propia sombra, sin perder el hilo del sendero montaraz.
Esto le hace andar despacio, uno detrás de otro, que no caben dos en la estrecha senda. Y esta táctica de cazador al acecho y de seguidor de huellas familiares la sigue incluso cuando, por algún ritual religioso, al cual se siente obligado, acude a la capital, como novenador de la Virgen del Camino. Porque las gentes de estos valles lujuriosos y de estos puertos tan inmediatos al prodigio cambiante de las nubes, son profundamente religiosos, rozando una forma de misticismo realista como de quienes, como la santa abulense, están acostumbrados a ver a Dios entre los pucheros ahumados de la gran cocina tradicional.
La mágica facultad de los pobladores de estos apasionados territorios es que, como dice Víctor de la Serna, cuando peregrina en busca del hombre perdido, "humanizan el paisaje".
Cuando en León se mencionaban las tierras del Páramo -el más dramático y seductor contraste con las apasionantes promociones de Oseja o Valdeón- parecían referirse a espacios para el sudor y la demencia visual, a tierras de labor, a campos de pan llevar, secas tierras para la alucinación y el desconcierto, para la lírica ascética y para la épica romanceada:
Pueblos de tierra y paciencia
de sudor y de trabajo,
con las raíces metidas
en las entrañas del campo.
Campo largo, cielo hondo
cielo y campo descampados,
campo y cielo para hombres
de corazón y de brazos.