Pobre tierra la que derriba sus escuelas
A cabo de ver en la prensa la fotografía del derribo de las escuelas de Villablino para edificar en su solar un Parador de turismo y he sentido lástima de esta tierra leonesa, no porque se vaya a construir en Villablino un Parador sino porque ello lleve al derribo de unas escuelas.
Una gran parte de las escuelas de los pueblos de la provincia de León, sobre todo en la zona norte, fueron levantadas por filántropos, muchos de ellos indianos, que en la primera mitad del siglo XX consideraron que era importante que la gente de los lugares, donde ellos habían nacido, tuvieran cultura, aprendieran a leer, escribir y las cuatro reglas en edificios dignos; además, estos mismos bienhechores, en muchos casos, pagaron durante años los maestros que impartieron sus enseñanzas en dichas escuelas. Para entender esto no hay más que recorrer las propias escuelas del Valle de Laciana para encontrarse con que esos edificios conservan en sus fachadas lápidas con la historia de los mismos.
Hoy, cuando la incuria general está dejando nuestro pueblos deshabitados, sin niños, sólo con pensionistas, no se le ha ocurrido otra cosa a los ayuntamientos y al resto de administraciones que desguazar las escuelas y convertirlas en centros de salud y hogares del pensionista, cuando no se han vendido o demolido como es el caso que nos ocupa. Podrían haberse conservado los edificios tal como estaban, como escuelas, y dedicarlas a enseñar, a los que una vez fueron alumnos en sus aulas, las nuevas tecnologías, la forma de adaptarse a las exigencias del mundo actual. Mala tierra es aquella que demuele sus escuelas ni a sus prohombres, que invirtieron sus dineros en beneficio de sus paisanos. Ya sabemos que vivimos en una tierra edificida (permítaseme el término) que odia todo lo construido, que no le gusta reciclar ningún edificio como tal y que, cuando lo hace, es siempre para destrozarlo y dejar sólo dos o tres muros como si eso fuera el edificio, cuando un edificio es un todo, que admite retoques, adaptaciones, pero nunca intervenciones traumáticas y menos demoledoras.
La cultura y la enseñanza deben de sentirse doloridas por la demolición de este edificio de escuelas, que además era realmente un buen ejemplo de arquitectura escolar.
Juan Carlos Ponga. LEÓN
A cabo de ver en la prensa la fotografía del derribo de las escuelas de Villablino para edificar en su solar un Parador de turismo y he sentido lástima de esta tierra leonesa, no porque se vaya a construir en Villablino un Parador sino porque ello lleve al derribo de unas escuelas.
Una gran parte de las escuelas de los pueblos de la provincia de León, sobre todo en la zona norte, fueron levantadas por filántropos, muchos de ellos indianos, que en la primera mitad del siglo XX consideraron que era importante que la gente de los lugares, donde ellos habían nacido, tuvieran cultura, aprendieran a leer, escribir y las cuatro reglas en edificios dignos; además, estos mismos bienhechores, en muchos casos, pagaron durante años los maestros que impartieron sus enseñanzas en dichas escuelas. Para entender esto no hay más que recorrer las propias escuelas del Valle de Laciana para encontrarse con que esos edificios conservan en sus fachadas lápidas con la historia de los mismos.
Hoy, cuando la incuria general está dejando nuestro pueblos deshabitados, sin niños, sólo con pensionistas, no se le ha ocurrido otra cosa a los ayuntamientos y al resto de administraciones que desguazar las escuelas y convertirlas en centros de salud y hogares del pensionista, cuando no se han vendido o demolido como es el caso que nos ocupa. Podrían haberse conservado los edificios tal como estaban, como escuelas, y dedicarlas a enseñar, a los que una vez fueron alumnos en sus aulas, las nuevas tecnologías, la forma de adaptarse a las exigencias del mundo actual. Mala tierra es aquella que demuele sus escuelas ni a sus prohombres, que invirtieron sus dineros en beneficio de sus paisanos. Ya sabemos que vivimos en una tierra edificida (permítaseme el término) que odia todo lo construido, que no le gusta reciclar ningún edificio como tal y que, cuando lo hace, es siempre para destrozarlo y dejar sólo dos o tres muros como si eso fuera el edificio, cuando un edificio es un todo, que admite retoques, adaptaciones, pero nunca intervenciones traumáticas y menos demoledoras.
La cultura y la enseñanza deben de sentirse doloridas por la demolición de este edificio de escuelas, que además era realmente un buen ejemplo de arquitectura escolar.
Juan Carlos Ponga. LEÓN