MANZANEDA DE OMAÑA: Su antecedente el Castro...

Su antecedente el Castro

De aquí no pasamos. No, porque abajo están también, con otra siembra de castros y de aldeas sus hijas, otros caminos, que son muy nuestras, pero que no recorremos en la presente ocasión. Y con esos caminos está la enorme y siempre apasionante tentación del Bierzo, escenario glorioso donde todos los grandes peregrinajes de la historia, de la religión y de las culturas, se dieron cita.

Hemos querido, otra vez, estar con los astures de nuestras montañas, recordándolos en sus huellas, pero todo esto — ¡oh, el tema y el problema de los orígenes de los pueblos!— todo esto, en alta versión científica, habremos de dejarlo para las lúcidas mentes investigadoras, acogiéndonos, mejor, a la docencia de García y Bellido, de Caro Baroja, etc. Evoquemos con ellos, si acaso, el carácter de aquellos antepasados, que Estrabón o los autores latinos de la Antigüedad nos refieren: tenían oro, el que Roma ambicionaba, pero eran pobres; eran sobrios, eran valientes hasta la temeridad y el heroísmo, con desprecio de la vida cuando se ponía a prueba su amor a la independencia. Eran recios y aguerridos en el combate, en el que desafiaban a la muere cantando; vivían de la caza, de la pesca, la rapiña... Temieron a Roma y a su Imperio, pero se enfrentaron, hasta morir, a las legiones romanas, y de tanto arrojo aún pudieron sobrevivir reductos invencibles. Y de tanto virotismo aún pueden enorgullecerse, en la sensación de su origen más remoto, muchas de nuestras comunidades aldeanas.

Pero sigamos hablando, un poco más, de los hombres del castro. Ya en la paz, siempre alertada, se ejercitaban en el pugilato y la carrera; los juegos "gímnicos", "hoplíticos" e "hípicos" de sus fiestas religiosas, de los que es fácil encontrar vivencias notables en nuestras montadas ponían a prueba el ánimo luchador y la destreza física, que tanto habrían de necesitar contra el enemigo exterior o el clan vecino; en la guerrilla o la emboscada, acreditaban su pericia, ya a pie o a caballo, y blandían con ímpetu singular sus armas arrojadizas, que Carisio, caudillo de Roma, hiciera esculpir en el anverso de las monedas que conmemoraban sus victorias: acaso la falcata, la honda —tan de nuestro vigente mundo pastoril—, el hacha bipennis, o aquella otra, más corriente entre los astures, de una o dos aletas o anillos, como las que encontramos en castros de Luna.

Su asiento sobre el culmen fortificado era como nido de águilas, prontas a dispararse en la guerrilla, en la rapiña o en la caza; pero en el nido reinaba primero la madre, sin otro fuero que el suyo; después sería la propia familia, la que iría cobrando derechos. hasta llegar a una organización más patriarcal, con el patriarca, el gran paterfamilias de tan honda y alongada tradición en nuestras pueblos.