Conoceremos, muy cerca, dos castros más, el de Arriba y el de Abajo, sobre Mallo, otra aldeita deliciosa, que se ha quedado muy sola junto a las olas del lago nuevo, donde sus infelices hermanas perecieron.
Hay que apartarse un poco por el estrecho valle de Caldas, que ahora trepida con las obras de la autopista que va a anudar, otra vez, la ocasión histórica y regional de León y de Asturias. En Caldas encontraríamos nuestro romance de La Pastora, y entre Oblanca y Caldas, el Castro y el Sucastro, dos escalones por donde subieron para huir, defenderse y aposentarse, grupitos humanos como piñas de parentescos gentilicios. Y desde allí, otear, porque aquellos pueblos tenían que estar siempre en inquieto alerta: la flecha tendida contra el forajido, el ave de rapiña, el jabalí o el venado, y el arpón listo para asegurar la trucha grande y arrazada en los senos del Luna. Sucastro era como la avanzada o barbacana del castro-señor y de entre sus mantillos, reflorecidos en las aldeas del valle, provienen hachas neolíticas, fíbulas de bella pátina, hachas de bronce con aletas, sepulcros roqueros, ruedas de molino de mano, vasos de vidrio, cuernos de ciervo...
Seguimos y anotamos: en Sena, el Castrín; los Oteros, en Huergas, y otro Otero más, el Castro de Riolago. Pero entremos en esa maravillosa bocanada del gran Valle de Luna que es el paisaje de San Emiliano con la siembra de sus castros: Peña Castro, Castillo Griego, Pico Castro, Cantulurriu.., Voces lejanísimas, mensajes de cornos roncos, alaridos de alerta o llamada, ráfagas sonoras volando de alcor en alcor, de castro en castro, citas para el combate, convocatorias para la empresa comunitaria del clan, ijujús para el amor y la fiesta... Y otros castros más, en la siembra prodigiosa: Los lutares de Torrebarrio y Genestosa; el Castro lutarieto o el que ahora dicen el Lutar de Pepe, ricos en enterramientos. Se hermanarían o lucharían con los castros de La Mesa, la Seta y los Castriechos, ya en las divisorias, donde comienza a abrirse el hondón de los valles asturianos.
Hay que apartarse un poco por el estrecho valle de Caldas, que ahora trepida con las obras de la autopista que va a anudar, otra vez, la ocasión histórica y regional de León y de Asturias. En Caldas encontraríamos nuestro romance de La Pastora, y entre Oblanca y Caldas, el Castro y el Sucastro, dos escalones por donde subieron para huir, defenderse y aposentarse, grupitos humanos como piñas de parentescos gentilicios. Y desde allí, otear, porque aquellos pueblos tenían que estar siempre en inquieto alerta: la flecha tendida contra el forajido, el ave de rapiña, el jabalí o el venado, y el arpón listo para asegurar la trucha grande y arrazada en los senos del Luna. Sucastro era como la avanzada o barbacana del castro-señor y de entre sus mantillos, reflorecidos en las aldeas del valle, provienen hachas neolíticas, fíbulas de bella pátina, hachas de bronce con aletas, sepulcros roqueros, ruedas de molino de mano, vasos de vidrio, cuernos de ciervo...
Seguimos y anotamos: en Sena, el Castrín; los Oteros, en Huergas, y otro Otero más, el Castro de Riolago. Pero entremos en esa maravillosa bocanada del gran Valle de Luna que es el paisaje de San Emiliano con la siembra de sus castros: Peña Castro, Castillo Griego, Pico Castro, Cantulurriu.., Voces lejanísimas, mensajes de cornos roncos, alaridos de alerta o llamada, ráfagas sonoras volando de alcor en alcor, de castro en castro, citas para el combate, convocatorias para la empresa comunitaria del clan, ijujús para el amor y la fiesta... Y otros castros más, en la siembra prodigiosa: Los lutares de Torrebarrio y Genestosa; el Castro lutarieto o el que ahora dicen el Lutar de Pepe, ricos en enterramientos. Se hermanarían o lucharían con los castros de La Mesa, la Seta y los Castriechos, ya en las divisorias, donde comienza a abrirse el hondón de los valles asturianos.