MANZANEDA DE OMAÑA: Con su rigor no es de extrañar que sacara adelante...

Con su rigor no es de extrañar que sacara adelante el Seminario de Logroño, resultado de la observación de otros seminarios en España, en Francia, en Bélgica, en Holanda, en parte de Estados Unidos (en concreto los de Nueva York y Chicago). De hecho, él mismo se ocupó de aspectos tan concretos como la selección de los materiales o la disposición de los aleros para que las golondrinas pudieran hacer cómodamente sus nidos purificando así el ambiente de insectos y mosquitos. Un dato más da fe de su talante: el altar de la capilla no hubo que reformarlo después de las normas conciliares para decir la misa de cara al pueblo; Fidel se adelantó a su época y lo previó con medio siglo de antelación. Pero su vida la llenaron sobre todo los libros, a los que se dedicó por entero tras su renuncia obligada, pudiendo hacer realidad una frase muy suya: «Me contento con pan, manzanas y libros». Y de esa intensa y apasionada actividad intelectual hemos de citar, necesariamente, un opúsculo teológico jurídico titulado Credo Sanctam Ecclesiam Catholicam, acerca de la «naturaleza jurídica y derechos de la Iglesia», del cual se ha dicho que es un verdadero «tratado de Derecho público eclesiástico en el que lleva a las mentes el convencimiento de los derechos fundamentales de la Iglesia». Otras obras suyas son De la autenticidad de una filosofía en el interior del pensamiento cristiano; El Cuerpo místico de Cristo y Para pensar con rectitud. También publicó un notable número de artículos en revistas como Miscellanea Comillense, siendo los más celebrados A propósito de una opinión singular de Ripalda sobre el objeto formal de la fe y Algunas consideraciones sobre la vuelta a la Filosofía perenne, un trabajo filosófico-teológico relacionado con el dogma de la Eucaristía. Para concluir Hora es ya, como se reclama desde algunos foros, de rehabilitar la memoria de un hombre valiente, partidario, en unos tiempos en los que hasta pensarlo era delito, de la separación de la Iglesia y el Estado, como asegura el propio Antonio Arizmendi, y sobre el que se ha arrojado el tupido velo de un olvido tan injusto como lamentable. Los hombres se definen por sí mismos, sin que la hagiografía o la lisonja aporten unos méritos que, en el caso de Fidel García, están sobradamente demostrados. Ahora sólo falta que el mismo río del olvido que lo sepultó bajo una supuesta indignidad, limpie su memoria y lo devuelva, con toda suerte de parabienes, al lugar que le corresponde, que no es otro que el del Olimpo de los que defendieron la verdad con el único argumento posible: la palabra.

Fidel García Martínez. El obispo que decía demasiado
Nacido en Soto y Amío,