Nacido en Soto y Amío, este obispo leonés tuvo el coraje de enfrentarse al Régimen del general Franco en unos momentos en los que el término disidencia había desaparecido del diccionario. El propio Régimen se encargó de amordazarlo. Fidel García Martínez
El siglo XX fue pródigo en alucinaciones colectivas, algunas de las cuales terminaron en tragedias históricas imposibles de olvidar. Sobre todo porque se acompañaron en muchos casos del sustento impagable de la palabra para enmascarar, para deformar o sencillamente para engañar. Uno de los múltiples ejemplos puede constituirlo lo que sigue: «Ahora existe el Reich. La Germania se ha engendrado a sí misma. Un Fürher nos guía. Una voluntad manda. Un pueblo irrumpe. [...] Cada cual busque su camino. Pero nadie lo busque ni en Roma ni en Jerusalén. Alemania es nuestra tierra prometida». Año de 1942. Este párrafo apareció en L'Osservatore Romano correspondiente al 22 de enero y procede del libro Gott und Volk-Soldatisches Bekenntnis («Dios y el pueblo. Profesión de fe de un soldado»), publicado en Berlín. No eran precisamente tiempos de cordura, y elevar la voz contra planteamientos que hoy nos remiten directamente a la idea de exterminio era harto peligroso, aún en España, donde el llamado Régimen jaleaba con fruición insensateces del calibre de las que se ha citado. Hoy, sesenta y un años después, el cuadro puede aparecer algo difuminado y con tintes de película de serie B. Sin embargo, contra lo que pudiera deducirse al primer golpe de vista, sí hubo voces que se alzaron contra este ataque a la condición humana, en nuestro país, cuyo tirano había decidido alinearse en contra de toda razón y buen juicio. Una de esas voces fue la de Fidel García Martínez, aplastada por denunciar aquello que tantos y tantos callaron. Hijo de peón caminero, Fidel García nació en Soto y Amío el 24 de abril de 1880. En 1893 ingresó en el Seminario-Universidad Pontificia de Comillas y allí cursó todos sus estudios hasta 1907, en que se doctoró en Filología, Teología y Derecho Canónico. Tras una fructífera carrera, el 7 de septiembre de 1927, a propuesta del rey Alfonso XIII, el Papa Pío XI lo nombra obispo residencial de Calahorra y La Calzada, tomando posesión de la Diócesis el 7 de diciembre del mismo año y permaneciendo al frente de ella hasta 1953. Magis amica veritas La mayor amiga, la verdad. Un adagio latino que le fue como un guante a Fidel, cuya actividad vital, a tenor de lo que conocemos, que no es poco, tuvo como principio rector la idea de que la palabra es el mejor argumento contra los que piensan que, para defender las propias posiciones, no hay nada como el acero reluciente y, a ser posible, guarnecido de muescas. Claro que, en una España como la de los 40, un amante de la verdad sólo tenía dos opciones: callar, para no caer en caminos de difícil salida, o denunciar, en la seguridad de que conocería el verbo represaliar en todos sus tiempos, sobre todos los de la voz pasiva. Fidel optó por el segundo camino ya en 1937, un momento crucial en su vida, con motivo de la publicación por parte de Pío XI de la Encíclica Mit Brennender Sorge, en la que el Papa condenaba el nazismo. Sólo el obispo leonés se atrevió a difundirla, en el boletín eclesiástico de Calahorra, además de la revista Signo, de la Juventud Católica, de muy escasa tirada. Por supuesto que la cosa no pasó desapercibida y, sin duda, alguien le puso una cruz en alguna parte a aquel obispillo que se permitía tamaño atrevimiento en unos tiempos en los que una pléyade de mediocres bebía los vientos por las hazañas -guerreras y no guerreras- de un tal Adolf Hitler. Con el tiempo, las autoridades aprenderían del omañés que no sólo la poesía es un arma cargada de futuro, sobre todo cuando, en 1942, publicó lo que sigue: «La violación de los pactos más solemnes y la falta a la palabra dada, cuando lo hacen los del propio bando, siempre encuentra excusas.
El siglo XX fue pródigo en alucinaciones colectivas, algunas de las cuales terminaron en tragedias históricas imposibles de olvidar. Sobre todo porque se acompañaron en muchos casos del sustento impagable de la palabra para enmascarar, para deformar o sencillamente para engañar. Uno de los múltiples ejemplos puede constituirlo lo que sigue: «Ahora existe el Reich. La Germania se ha engendrado a sí misma. Un Fürher nos guía. Una voluntad manda. Un pueblo irrumpe. [...] Cada cual busque su camino. Pero nadie lo busque ni en Roma ni en Jerusalén. Alemania es nuestra tierra prometida». Año de 1942. Este párrafo apareció en L'Osservatore Romano correspondiente al 22 de enero y procede del libro Gott und Volk-Soldatisches Bekenntnis («Dios y el pueblo. Profesión de fe de un soldado»), publicado en Berlín. No eran precisamente tiempos de cordura, y elevar la voz contra planteamientos que hoy nos remiten directamente a la idea de exterminio era harto peligroso, aún en España, donde el llamado Régimen jaleaba con fruición insensateces del calibre de las que se ha citado. Hoy, sesenta y un años después, el cuadro puede aparecer algo difuminado y con tintes de película de serie B. Sin embargo, contra lo que pudiera deducirse al primer golpe de vista, sí hubo voces que se alzaron contra este ataque a la condición humana, en nuestro país, cuyo tirano había decidido alinearse en contra de toda razón y buen juicio. Una de esas voces fue la de Fidel García Martínez, aplastada por denunciar aquello que tantos y tantos callaron. Hijo de peón caminero, Fidel García nació en Soto y Amío el 24 de abril de 1880. En 1893 ingresó en el Seminario-Universidad Pontificia de Comillas y allí cursó todos sus estudios hasta 1907, en que se doctoró en Filología, Teología y Derecho Canónico. Tras una fructífera carrera, el 7 de septiembre de 1927, a propuesta del rey Alfonso XIII, el Papa Pío XI lo nombra obispo residencial de Calahorra y La Calzada, tomando posesión de la Diócesis el 7 de diciembre del mismo año y permaneciendo al frente de ella hasta 1953. Magis amica veritas La mayor amiga, la verdad. Un adagio latino que le fue como un guante a Fidel, cuya actividad vital, a tenor de lo que conocemos, que no es poco, tuvo como principio rector la idea de que la palabra es el mejor argumento contra los que piensan que, para defender las propias posiciones, no hay nada como el acero reluciente y, a ser posible, guarnecido de muescas. Claro que, en una España como la de los 40, un amante de la verdad sólo tenía dos opciones: callar, para no caer en caminos de difícil salida, o denunciar, en la seguridad de que conocería el verbo represaliar en todos sus tiempos, sobre todos los de la voz pasiva. Fidel optó por el segundo camino ya en 1937, un momento crucial en su vida, con motivo de la publicación por parte de Pío XI de la Encíclica Mit Brennender Sorge, en la que el Papa condenaba el nazismo. Sólo el obispo leonés se atrevió a difundirla, en el boletín eclesiástico de Calahorra, además de la revista Signo, de la Juventud Católica, de muy escasa tirada. Por supuesto que la cosa no pasó desapercibida y, sin duda, alguien le puso una cruz en alguna parte a aquel obispillo que se permitía tamaño atrevimiento en unos tiempos en los que una pléyade de mediocres bebía los vientos por las hazañas -guerreras y no guerreras- de un tal Adolf Hitler. Con el tiempo, las autoridades aprenderían del omañés que no sólo la poesía es un arma cargada de futuro, sobre todo cuando, en 1942, publicó lo que sigue: «La violación de los pactos más solemnes y la falta a la palabra dada, cuando lo hacen los del propio bando, siempre encuentra excusas.