EL PALO DEL POBRE
“Aunque en las montañas leonesas se distinguieron siempre por su hidalguía y hospitalidad, no encontrando los mendigos dificultades para su alojamiento nocturno –grandes pajares, cuadras, tenadas y aun la misma casa del dueño ofrecían buenas comodidades-, podía llegar el caso de que un pobre apestado o enfermo, como queda dicho, o superlativamente sucio, o plagado de parásitos, o simplemente beodo, o conocidamente antipático, encontrase graves dificultades de alojamiento. Para estos casos estaba previsto en las Ordenanzas un riguroso servicio de turno. La insignia de los pobres –otro cetro, bastón o palo con otro simbolismo- llamado el palo de los pobres, pasaba sucesivamente de casa en casa, como vimos se hacía en el servicio de badaje, recorriéndolas todas, para, luego, comenzar otra vez y otra…
”Como se ve, tantos siglos de cristianismo habían cristalizado en las más puras formas de caridad, el fruto auténtico de la religión de Jesucristo.”
Y hoy leo, asombrado, admirado y con embeleso, la reconstrucción en verso de estas escenas costumbristas de hace cien años en la salsa de nuestra fabla, apañando tan bien las palabras y expresiones que tal parece que nos encontramos en aquellas cocinas y fogones oliendo los panes que se amasaban y sintiendo el calor de las sopinas de ajo, pero -sobre todo- se respira ese calor humano y solidario que la montaña y sus fríos sabe dar. Una envidiable obra, Villarín, que dice tanto y tan bien de tu sensibilidad y el cariño hondo por nuestra tierrina, sus pueblos y sus gentes. Mi más sincera felicitación y gracias por compartir con todos nosotros esta joya literaria.
“Aunque en las montañas leonesas se distinguieron siempre por su hidalguía y hospitalidad, no encontrando los mendigos dificultades para su alojamiento nocturno –grandes pajares, cuadras, tenadas y aun la misma casa del dueño ofrecían buenas comodidades-, podía llegar el caso de que un pobre apestado o enfermo, como queda dicho, o superlativamente sucio, o plagado de parásitos, o simplemente beodo, o conocidamente antipático, encontrase graves dificultades de alojamiento. Para estos casos estaba previsto en las Ordenanzas un riguroso servicio de turno. La insignia de los pobres –otro cetro, bastón o palo con otro simbolismo- llamado el palo de los pobres, pasaba sucesivamente de casa en casa, como vimos se hacía en el servicio de badaje, recorriéndolas todas, para, luego, comenzar otra vez y otra…
”Como se ve, tantos siglos de cristianismo habían cristalizado en las más puras formas de caridad, el fruto auténtico de la religión de Jesucristo.”
Y hoy leo, asombrado, admirado y con embeleso, la reconstrucción en verso de estas escenas costumbristas de hace cien años en la salsa de nuestra fabla, apañando tan bien las palabras y expresiones que tal parece que nos encontramos en aquellas cocinas y fogones oliendo los panes que se amasaban y sintiendo el calor de las sopinas de ajo, pero -sobre todo- se respira ese calor humano y solidario que la montaña y sus fríos sabe dar. Una envidiable obra, Villarín, que dice tanto y tan bien de tu sensibilidad y el cariño hondo por nuestra tierrina, sus pueblos y sus gentes. Mi más sincera felicitación y gracias por compartir con todos nosotros esta joya literaria.