Hablamos de la aldea en general, que en unos casos acaba de morir y en otros muchos se desvanece, sin pulso en las venas, sin aliento en el corazón, raída la esperanza, porque ésta se fue, se va con juventud, como se va con la juventud la vida. El clásico silencio de los campos no fue nunca tan mortal como el que ahora pesa sobre muchos de nuestros pueblos. Sobre ellos no ha caído el fragor de las batallas o el ímpetu devastador de las invasiones, pues que de tan crueles y sangrientos males las aldeas han sabido curarse, como han sabido hacerlo de los horribles estragos de las hambres y las pestes. El mal que ahora invade al cuerpo y al alma recios de la aldea, es un mal que no grita, que no pega, que no cerca por hambre ni sed, que ni siquiera expolia, como tantas veces expolió la injusticia a los campos; un mal que ni siquiera se define bien en los medios un tanto esquivos de la Sociología. Su mal, amigos, es el peor de los males: el olvido, la indiferencia; ni siquiera el de un olvido consciente. Es, si me lo permitís, un mal que sólo produce eso que llamamos el siglo, la civilización del siglo.
No perdamos, sin embargo, la esperanza, ¿Por puro apego sentimental?. Un poco, tal vez, pero acaso porque creemos en la vida y en las fuentes de la vida, porque un día tendrán que desbrozarse las que hoy se abandonan y abrirse los surcos que ahora quedan yertos.
No perdamos, sin embargo, la esperanza, ¿Por puro apego sentimental?. Un poco, tal vez, pero acaso porque creemos en la vida y en las fuentes de la vida, porque un día tendrán que desbrozarse las que hoy se abandonan y abrirse los surcos que ahora quedan yertos.
Mensaje
Me gusta
No