Costumbre muy arraigada en otros tiempos, pero que hoy ha desaparecido total o casi totalmente, debido probablemente como el resto de las manifestaciones populares de estas tierras, a la desertización paulatina de nuestros pueblos. La cencerrada está definida en el diccionario de autoridades como "El son y ruido desapacible que hacen los cencerros cuando andan las caballerías que los llevan. En los lugares cortos suelen los mozos las noches de los días festivos, andar haciendo ruido por las calles, y también cuando hai bodas de viejos o viudos, lo que llaman noche de cencerrada. Dar cencerrada o ir a la cencerrada" (1). En algunos pueblos de Castilla la Vieja, el nombre de cencerrada está sustituido por el de "matraca" (2) y probablemente de ahí tuvo el origen la frase tan conocida de "dar la matraca" en sentido de pesadez.
En algunas comarcas leonesas, se le da el nombre de "Chocalla" o "Chuecalla", porque el ruido se hace con cencerros, "Chocas" o "Chuecas".
Dentro de lo que se conoce normalmente como cencerrada, debemos distinguir dos cosas, la propia cencerrada, que consistiría como luego detallaremos en hacer ruido con los cencerros, la noche de la boda, o cuando se acompaña a los nacidos; y el acompañamiento propiamente tal que el pueblo les hace a la Iglesia, y que se conoce normalmente, como "llevar el palio, o ir bajo palio". Esto último no es privativo de las bodas de los viudos, o personas de edad avanzada, pues se aplica también a los que se casan en Carnaval, Cuaresma, etc.
Independientemente de lo que digamos a continuación, y de las diversas variantes que podamos encontrar en los pueblos, la cencerrada en general, consiste en: la víspera de la boda, a veces antes, los mozos unas veces, otras el pueblo entero, se armaba de cencerros, almireces, calderos rotos, botes llenos de piedras, rejas de arado viejas y cualquier instrumento que pudiese hacer ruido, y se llegaban delante de la casa del viudo o de la viuda que se iba a casar y allí se pasaban la noche armando el mayor escándalo posible, hasta que el novio, pagaba una cantidad de vino que fuese del agrado de los rondadores. Otras veces incluso después de haber recibido el vino continuaban con su serenata, y no faltan ejemplos que nos cuentan que esto se repetía a veces hasta ocho noches seguidas.
El día de la boda era la segunda parte. Los mozos, enganchaban dos bueyes viejos y malos, o dos burros del peor pelaje que se pudiesen encontrar en la localidad, a un carro, en el que colocaban también un palio hecho con sacos rotos, o mantas viejas y remendadas. En el palio ponían adornos alusivos a los motes que tuviesen los contrayentes. Hacían subir de grado o por la fuerza a los novios, y así, a paso lento, iban recorriendo el pueblo calle por calle, hasta llegar a la iglesia. La comitiva estaba formada por unos mozos, que iban delante del carro, revestidos grotescamente de curas, con las sayas de cualquier vieja del pueblo, otros de sacristanes, los cuales llevaban a modo de incensarios calderos rotos en los que quemaban excrementos de perro, gato, gallina, pimentón y guindillas, y con ellos iban incensando a los pobres viudos. Rodeando el carro por todas partes el resto de la juventud con cencerros.
Si bien del toque de cencerros por la noche no se libraba nadie, porque los mozos daban la serenata antes de la boda, la noche de bodas o después (conocemos casos donde la cencerrada se dio dos meses después de la boda, cuando los novios vinieron por primera vez al pueblo), de lo que si se libraban, era del cortejo y del palio. Para ello se concertaban las bodas en el más estricto secreto, sólo con el cura, y se casaban a horas intempestivas. Pero aquí también entraba la picaresca popular, que no abandona ninguno de los actos de la vida rural. Cuando se enteraba algún mozo, corría la voz y a la hora que fuese, cuando menos lo esperaban los novios aparecían los mozos con el carro preparado a la puerta de la Iglesia, para darles el paseíllo.
Esta es, en síntesis, la cencerrada que se daba en los pueblos de Castilla y León, pero sobre este esquema general, hay pequeñas variantes, y nada mejor que los testimonios recogidos directamente de labios de los ancianos de nuestros pueblos, para ilustrar lo que han sido León y Castilla en este sentido.
En Gordoncillo, un pueblo de la Tierra Llana Leonesa, recogimos este informe que nos proporcionó don Nunilo Vallinas, y que nos detalla una cencerrada que se dio hace más de cuarenta años, y a la que asistió él de mozo: "Cuando llegaba y se casaba un viudo, se le daba la cencerrada, y consistía en que se quitaban los cencerros a las ovejas, los cogían los mozos, y ¡hala! a buscar al novio, a ver dónde estaba para darle la cencerrada. Hubo cencerradas que costaron disgustos, hubo algunas que trajeron riñas y todo.
En algunas comarcas leonesas, se le da el nombre de "Chocalla" o "Chuecalla", porque el ruido se hace con cencerros, "Chocas" o "Chuecas".
Dentro de lo que se conoce normalmente como cencerrada, debemos distinguir dos cosas, la propia cencerrada, que consistiría como luego detallaremos en hacer ruido con los cencerros, la noche de la boda, o cuando se acompaña a los nacidos; y el acompañamiento propiamente tal que el pueblo les hace a la Iglesia, y que se conoce normalmente, como "llevar el palio, o ir bajo palio". Esto último no es privativo de las bodas de los viudos, o personas de edad avanzada, pues se aplica también a los que se casan en Carnaval, Cuaresma, etc.
Independientemente de lo que digamos a continuación, y de las diversas variantes que podamos encontrar en los pueblos, la cencerrada en general, consiste en: la víspera de la boda, a veces antes, los mozos unas veces, otras el pueblo entero, se armaba de cencerros, almireces, calderos rotos, botes llenos de piedras, rejas de arado viejas y cualquier instrumento que pudiese hacer ruido, y se llegaban delante de la casa del viudo o de la viuda que se iba a casar y allí se pasaban la noche armando el mayor escándalo posible, hasta que el novio, pagaba una cantidad de vino que fuese del agrado de los rondadores. Otras veces incluso después de haber recibido el vino continuaban con su serenata, y no faltan ejemplos que nos cuentan que esto se repetía a veces hasta ocho noches seguidas.
El día de la boda era la segunda parte. Los mozos, enganchaban dos bueyes viejos y malos, o dos burros del peor pelaje que se pudiesen encontrar en la localidad, a un carro, en el que colocaban también un palio hecho con sacos rotos, o mantas viejas y remendadas. En el palio ponían adornos alusivos a los motes que tuviesen los contrayentes. Hacían subir de grado o por la fuerza a los novios, y así, a paso lento, iban recorriendo el pueblo calle por calle, hasta llegar a la iglesia. La comitiva estaba formada por unos mozos, que iban delante del carro, revestidos grotescamente de curas, con las sayas de cualquier vieja del pueblo, otros de sacristanes, los cuales llevaban a modo de incensarios calderos rotos en los que quemaban excrementos de perro, gato, gallina, pimentón y guindillas, y con ellos iban incensando a los pobres viudos. Rodeando el carro por todas partes el resto de la juventud con cencerros.
Si bien del toque de cencerros por la noche no se libraba nadie, porque los mozos daban la serenata antes de la boda, la noche de bodas o después (conocemos casos donde la cencerrada se dio dos meses después de la boda, cuando los novios vinieron por primera vez al pueblo), de lo que si se libraban, era del cortejo y del palio. Para ello se concertaban las bodas en el más estricto secreto, sólo con el cura, y se casaban a horas intempestivas. Pero aquí también entraba la picaresca popular, que no abandona ninguno de los actos de la vida rural. Cuando se enteraba algún mozo, corría la voz y a la hora que fuese, cuando menos lo esperaban los novios aparecían los mozos con el carro preparado a la puerta de la Iglesia, para darles el paseíllo.
Esta es, en síntesis, la cencerrada que se daba en los pueblos de Castilla y León, pero sobre este esquema general, hay pequeñas variantes, y nada mejor que los testimonios recogidos directamente de labios de los ancianos de nuestros pueblos, para ilustrar lo que han sido León y Castilla en este sentido.
En Gordoncillo, un pueblo de la Tierra Llana Leonesa, recogimos este informe que nos proporcionó don Nunilo Vallinas, y que nos detalla una cencerrada que se dio hace más de cuarenta años, y a la que asistió él de mozo: "Cuando llegaba y se casaba un viudo, se le daba la cencerrada, y consistía en que se quitaban los cencerros a las ovejas, los cogían los mozos, y ¡hala! a buscar al novio, a ver dónde estaba para darle la cencerrada. Hubo cencerradas que costaron disgustos, hubo algunas que trajeron riñas y todo.