No era muy abundante. Durante el verano se limitaba a los domingos, en que no había trabajos agrícolas normalmente, aunque sí la atención y guarda del ganado. Aunque el invierno parecería el tiempo más apropiado para el descanso, por la imposibilidad de realizar determinadas faenas agrícolas, la atención al ganado (muchas veces estabulado varios meses a causa de la nieve) hacía que este descanso no fuese excesivo. Solamente las noches largas del invierno permitían, a veces, juntarse algunas familias para el juego y el diálogo. El domingo, unas veces por tradición y otras por imposición, era el día oficial de descanso. Era el día del paseo, de hacer reparaciones caseras, de podar y sulfatar los árboles, de preparar herramientas para la semana.
En un valle tan amplio las costumbres y por supuesto los juegos varían mucho de unos pueblos a otros. Recuerdo el juego de bolos como el más importante de algunos de los pueblos, en un buen castro, al lado de la carretera o en la plaza del pueblo, con la bota o el porrón llenos de vino pasando de mano en mano, no sólo de jugadores sino también de espectadores; con frecuencia se organizaban partidas con los de otros pueblos, y concursos, especialmente, en las fiestas de cada pueblo. Hoy en día se está recuperando este tradicional juego al menos en la zona baja de Luna, cambiando un tanto los horarios y resistiendo hasta altas horas de la madrugada.
También eran frecuentes los juegos de cartas, bien en los bares, donde se jugaban las consumiciones, bien en algunas de las casas del pueblo, sobre todo en las noches de invierno: la brisca y el tute eran los tipos preferidos.
Eran frecuentes las "carreras de la rosca" en las eras del pueblo o en la propia carretera entre los mozos, llevando el ganador una preciosa "rosca" de premio. También fue típico hasta mediados de este siglo el correr la rosca en las "tornabodas" donde se presentaban los más veloces de los lugares vecinos.
De juegos infantiles (ya sabemos que los niños de todos los tiempos juegan e inventan toda clase de juegos) recuerdo como más frecuentes: el lanzado del trompo, a veces comprado, otras veces bastante bien torneado por algún "artista" local (muchas veces con cierto instinto destructivo intentando agujerear o romper el que estaba girando en el suelo); el juego del aro, llevado con la "guía", con el que se hacían veloces carreras por el pueblo, las canicas, el escondite, la estaca (palos afilados que se clavaban en el suelo procurando tirar o arrancar los palos de los contrarios); el lirio (con un palo se intentaba elevar y lanzar lejos un palo punteado por las dos partes y depositado en el suelo).
Las niñas jugaban especialmente al salto de la “comba”, el escondite, el "truque" o cascajo (pasar un trozo de pizarra o de piedra, impulsándola siempre con un solo pie, de un cuadrado a otro sin pisar la raya).
Quizá falta en esta exposición alguna alusión a la lengua utilizada en el valle del Luna. No obstante, la misma aportación de términos al hablar de las faenas agrícolas ya es una aproximación a la pervivencia del asturleonés en la zona, aunque en un constante retroceso frente al castellano. Por otra parte, a veces se mezclan arcaísmos de la lengua con vulgarismos típicos de personas poco alfabetizadas. Algunas de estas dudas quedan plasmadas al nombrar faenas, utensilios, herramientas, etc.. con términos que muchas veces no se encontrarán en el Diccionario actual pero que son testimonio de una lengua todavía viva y en evolución.
Confío, para terminar, haber acercado un poco el valle del Luna a todos vosotros y a los posibles lectores, y a vosotros y a los lectores, un poco, al valle del Luna, zona atractiva en el paisaje y amable en sus gentes. Si nos visitan, que sea para conocer las gentes y el paisaje. No esperen ver muchas cosas de las que aquí se ha hablado (cultivos, majas, trillos, arados...). Todo eso son ya piezas de museo. No obstante, Congresos como este, pueden servir para recordar y perpetuar en la escritura, lo mismo que los museos en la realidad, estos ritos y costumbres que están desapareciendo de nuestro entorno.
En un valle tan amplio las costumbres y por supuesto los juegos varían mucho de unos pueblos a otros. Recuerdo el juego de bolos como el más importante de algunos de los pueblos, en un buen castro, al lado de la carretera o en la plaza del pueblo, con la bota o el porrón llenos de vino pasando de mano en mano, no sólo de jugadores sino también de espectadores; con frecuencia se organizaban partidas con los de otros pueblos, y concursos, especialmente, en las fiestas de cada pueblo. Hoy en día se está recuperando este tradicional juego al menos en la zona baja de Luna, cambiando un tanto los horarios y resistiendo hasta altas horas de la madrugada.
También eran frecuentes los juegos de cartas, bien en los bares, donde se jugaban las consumiciones, bien en algunas de las casas del pueblo, sobre todo en las noches de invierno: la brisca y el tute eran los tipos preferidos.
Eran frecuentes las "carreras de la rosca" en las eras del pueblo o en la propia carretera entre los mozos, llevando el ganador una preciosa "rosca" de premio. También fue típico hasta mediados de este siglo el correr la rosca en las "tornabodas" donde se presentaban los más veloces de los lugares vecinos.
De juegos infantiles (ya sabemos que los niños de todos los tiempos juegan e inventan toda clase de juegos) recuerdo como más frecuentes: el lanzado del trompo, a veces comprado, otras veces bastante bien torneado por algún "artista" local (muchas veces con cierto instinto destructivo intentando agujerear o romper el que estaba girando en el suelo); el juego del aro, llevado con la "guía", con el que se hacían veloces carreras por el pueblo, las canicas, el escondite, la estaca (palos afilados que se clavaban en el suelo procurando tirar o arrancar los palos de los contrarios); el lirio (con un palo se intentaba elevar y lanzar lejos un palo punteado por las dos partes y depositado en el suelo).
Las niñas jugaban especialmente al salto de la “comba”, el escondite, el "truque" o cascajo (pasar un trozo de pizarra o de piedra, impulsándola siempre con un solo pie, de un cuadrado a otro sin pisar la raya).
Quizá falta en esta exposición alguna alusión a la lengua utilizada en el valle del Luna. No obstante, la misma aportación de términos al hablar de las faenas agrícolas ya es una aproximación a la pervivencia del asturleonés en la zona, aunque en un constante retroceso frente al castellano. Por otra parte, a veces se mezclan arcaísmos de la lengua con vulgarismos típicos de personas poco alfabetizadas. Algunas de estas dudas quedan plasmadas al nombrar faenas, utensilios, herramientas, etc.. con términos que muchas veces no se encontrarán en el Diccionario actual pero que son testimonio de una lengua todavía viva y en evolución.
Confío, para terminar, haber acercado un poco el valle del Luna a todos vosotros y a los posibles lectores, y a vosotros y a los lectores, un poco, al valle del Luna, zona atractiva en el paisaje y amable en sus gentes. Si nos visitan, que sea para conocer las gentes y el paisaje. No esperen ver muchas cosas de las que aquí se ha hablado (cultivos, majas, trillos, arados...). Todo eso son ya piezas de museo. No obstante, Congresos como este, pueden servir para recordar y perpetuar en la escritura, lo mismo que los museos en la realidad, estos ritos y costumbres que están desapareciendo de nuestro entorno.