Un tesoro de la cultura popular: los Carnavales de la tradición en Castilla y León.
Se dice, se comenta, se da por cierto en la conciencia poco rigurosa del tópico geográfico que describe el carácter de los pueblos, que el castellano-leonés es por naturaleza de su origen, frío, serio, poco predispuesto a alegrías exteriorizadas, nada proclive al festejo y a la cultura de la risa y el jaleo. Es posible que en estas tierras de clima severo y extremos, la gente no viva tanto en la calle como en zonas más próximas al Mediterráneo, o al sur peninsular, cuyo clima, notablemente más amable, invita a disfrutar del tiempo de ocio fuera de casa casi todos días del año. Además, la distribución poblacional más dispersa en las tierras al norte del Sistema Central, contribuye a ofrecer la sensación de que las celebraciones festivas de estas zonas no destacan tanto, no poseen el “volumen” de las de Andalucía, por ejemplo, donde los pueblos por lo general son mucho más grandes y, por tanto, el alcance de las actividades que se realizan en dicho entorno producen lógicamente una mayor repercusión en los medios de comunicación, se hacen notar con mayor intensidad.
Sin embargo, si nos acercamos con cierta curiosidad a las poblaciones, pequeños núcleos rurales en muchas ocasiones, de Castilla y León, nos encontraremos con un pueblo alegre y con manifestaciones festivas profundamente arraigadas en la cultura de las tradiciones. Fiestas de innegable interés etnográfico, de orígenes remotos e impregnadas de influencias culturales de tiempos romanos, de costumbres y creencias celtíberas. Otras que rememoran hechos y vivencias medievales, que recuerdan o celebran momentos de especial importancia en el devenir de la historia popular y cotidiana de las gentes de otros tiempos, más o menos lejanos, de los hitos que marcaban el ritmo de sus vidas, como la siembra, la cosecha, la llegada de las estaciones… Otras de carácter mítico, con seres de leyenda, con personajes históricos o inventados, con personificaciones de animales, con alusión a los espíritus o los entes nacidos de la imaginación popular y colectiva, supervivientes de otras épocas gracias casi siempre a la tradición oral. Son celebraciones dinámicas, coloristas y participativas, en las que los pobladores de lugares incluso recónditos, ponen su mejor empeño cada año; de las que se sienten orgullosos y de las que disfrutan profundamente jóvenes y mayores, vecinos y forasteros. Estos últimos, por suerte, cada vez más numerosos en muchas de estas fiestas populares, atraídos por su carácter pintoresco, su fundamento cultural y etnográfico, la belleza de los entornos y la riqueza patrimonial de los pueblos y la hospitalidad de las gentes.
Se dice, se comenta, se da por cierto en la conciencia poco rigurosa del tópico geográfico que describe el carácter de los pueblos, que el castellano-leonés es por naturaleza de su origen, frío, serio, poco predispuesto a alegrías exteriorizadas, nada proclive al festejo y a la cultura de la risa y el jaleo. Es posible que en estas tierras de clima severo y extremos, la gente no viva tanto en la calle como en zonas más próximas al Mediterráneo, o al sur peninsular, cuyo clima, notablemente más amable, invita a disfrutar del tiempo de ocio fuera de casa casi todos días del año. Además, la distribución poblacional más dispersa en las tierras al norte del Sistema Central, contribuye a ofrecer la sensación de que las celebraciones festivas de estas zonas no destacan tanto, no poseen el “volumen” de las de Andalucía, por ejemplo, donde los pueblos por lo general son mucho más grandes y, por tanto, el alcance de las actividades que se realizan en dicho entorno producen lógicamente una mayor repercusión en los medios de comunicación, se hacen notar con mayor intensidad.
Sin embargo, si nos acercamos con cierta curiosidad a las poblaciones, pequeños núcleos rurales en muchas ocasiones, de Castilla y León, nos encontraremos con un pueblo alegre y con manifestaciones festivas profundamente arraigadas en la cultura de las tradiciones. Fiestas de innegable interés etnográfico, de orígenes remotos e impregnadas de influencias culturales de tiempos romanos, de costumbres y creencias celtíberas. Otras que rememoran hechos y vivencias medievales, que recuerdan o celebran momentos de especial importancia en el devenir de la historia popular y cotidiana de las gentes de otros tiempos, más o menos lejanos, de los hitos que marcaban el ritmo de sus vidas, como la siembra, la cosecha, la llegada de las estaciones… Otras de carácter mítico, con seres de leyenda, con personajes históricos o inventados, con personificaciones de animales, con alusión a los espíritus o los entes nacidos de la imaginación popular y colectiva, supervivientes de otras épocas gracias casi siempre a la tradición oral. Son celebraciones dinámicas, coloristas y participativas, en las que los pobladores de lugares incluso recónditos, ponen su mejor empeño cada año; de las que se sienten orgullosos y de las que disfrutan profundamente jóvenes y mayores, vecinos y forasteros. Estos últimos, por suerte, cada vez más numerosos en muchas de estas fiestas populares, atraídos por su carácter pintoresco, su fundamento cultural y etnográfico, la belleza de los entornos y la riqueza patrimonial de los pueblos y la hospitalidad de las gentes.