El verdadero destino de doña Faustina fue Miranda, adonde llegó en 1.910, con apenas treinta y seis años. No fue después a ningún otro lugar, pues aquí preparó todas las oposiciones que necesitaba para convertirse en Inspectora de Primera Enseñanza. Antes de nada, a su llega a Miranda, decide saludar “a las madres de familia” través de unas líneas en un periódico de la zona, diciendo que “al tomar posesión de la escuela que en adelante he de dirigir, no he podido sustraerme al deseo de saludaros desde las columnas de La Voz de Avilés con objeto de que lleguen a oídos de todas vosotras mis impresiones, deseos y esperanzas respecto a vuestras hijas, que desde hoy voy a tener bajo mi dirección. Las he visto, son buenas como la inocencia que se refleja en sus semblantes, dulces como el clima que las alimenta y alegres como el poético pueblecillo que las vio nacer; en su limpia y penetrante mirada se adivina lo claro de su inteligencia, las quiero ya; son mis discípulas y van a ser hijas de mi instrucción”.
Aquel artículo no sería más que el comienzo de una asidua colaboración con el periódico La Voz de Avilés, donde La Maestra de Miranda, como firmaba, daba muestra de sus diversas opiniones y relataba numerosos acontecimientos ocurridos en la zona. Comienza a desarrollar una labor educativa digna de admiración y, al mismo tiempo, piensa crear una Cantina Escolar para las niñas necesitadas que, a pesar de todos sus esfuerzos, no llegó a funcionar nunca debido a que cuando iba a ponerse en marcha, ella se vio obligada a abandonar la localidad. También crea allí la Mutualidad Escolar “Perfecto Socorro”, la primera de niñas en Asturias. Al mismo tiempo, combina la enseñanza con las oposiciones a Inspectora que prepara afanosamente, desatendiendo en algunos momentos sus labores en la escuela.
Abandona Miranda en 1.916, cuando se traslada a Murcia para poder aprobar las oposiciones que tanto deseaba. Examinándose en Madrid, una compañera le aconseja retirarse de las mismas porque era tan humilde y sencilla que nadie la consideraba a la altura de las demás. Pero doña Faustina no dice nada, solo espera ansiosa saber que va a convertirse en la primera Inspectora de Primera Enseñanza de España. Y así, fue elegida con muchísima admiración por el Tribunal y todas sus compañeras.
Pronto se ve obligada a trasladarse a Murcia con toda su familia, para comenzar a desempeñar su nueva labor. Allí comienzan los estudios algunos de sus cinco hijos, de los que más tarde cuatro seguirían sus pasos y se convertirían en maestros. Pero aquel clima levantino no le sentaba nada bien, según decía, y por ello decidió regresar al norte, cerca de su tierra. Así, permanece un tiempo en Palencia y, finalmente, logra asentarse en León, su amada tierra.
La nueva labor que tiene que desempeñar es, entre otras, visitar todas las escuelas de la provincia. Cuentan que nunca avisaba de sus viajes previstos a las escuelas, y sorprendía a los maestros una vez estaba allí. Éstos últimos, se ausentaban continuamente de sus clases y no enseñaban prácticamente nada a los niños. Ella preguntaba a los chicos algunas cosas y no sabían contestarle, lo que el maestro achacaba a que “estaban muy nerviosos” ante su presencia. Pero ella sabía muy bien el motivo, y les ordenaba decirle el Padrenuestro. Y se lo decían perfectamente, por lo que ella decía al maestro: “Ve usted, los niños están tranquilos y el Padrenuestro lo saben muy bien”.
Pero todo tiene su principio y también su fin. Doña Faustina construyó una inmensa y majestuosa casa en su pueblo, Canales, que sigue perteneciendo a su familia. Conserva el nombre de “Villa Faustina” y, en ella, falleció el 10 de octubre de 1.927 con cincuenta y tres años. La causa fue un cáncer de garganta, lo que muchas de sus alumnas achacaban a los excesivos esfuerzos que hacía con su voz en las clases y, por las tardes, en charlas, coloquios y conferencias.
Doña Faustina Álvarez García marcó un hito en la historia. Defendió por encima de todo los derechos de la mujer e impulsó numerosas iniciativas dignas de elogio y admiración. Fue una mujer ejemplar, que dedicó la totalidad de su vida a sus dos grandes pasiones: la enseñanza y su familia. Pero no son muchas las personas que conocen su excelente biografía. Por ello, se le puede definir sin miedo a la equivocación, como una leonesa anónima y desconocida.
Aquel artículo no sería más que el comienzo de una asidua colaboración con el periódico La Voz de Avilés, donde La Maestra de Miranda, como firmaba, daba muestra de sus diversas opiniones y relataba numerosos acontecimientos ocurridos en la zona. Comienza a desarrollar una labor educativa digna de admiración y, al mismo tiempo, piensa crear una Cantina Escolar para las niñas necesitadas que, a pesar de todos sus esfuerzos, no llegó a funcionar nunca debido a que cuando iba a ponerse en marcha, ella se vio obligada a abandonar la localidad. También crea allí la Mutualidad Escolar “Perfecto Socorro”, la primera de niñas en Asturias. Al mismo tiempo, combina la enseñanza con las oposiciones a Inspectora que prepara afanosamente, desatendiendo en algunos momentos sus labores en la escuela.
Abandona Miranda en 1.916, cuando se traslada a Murcia para poder aprobar las oposiciones que tanto deseaba. Examinándose en Madrid, una compañera le aconseja retirarse de las mismas porque era tan humilde y sencilla que nadie la consideraba a la altura de las demás. Pero doña Faustina no dice nada, solo espera ansiosa saber que va a convertirse en la primera Inspectora de Primera Enseñanza de España. Y así, fue elegida con muchísima admiración por el Tribunal y todas sus compañeras.
Pronto se ve obligada a trasladarse a Murcia con toda su familia, para comenzar a desempeñar su nueva labor. Allí comienzan los estudios algunos de sus cinco hijos, de los que más tarde cuatro seguirían sus pasos y se convertirían en maestros. Pero aquel clima levantino no le sentaba nada bien, según decía, y por ello decidió regresar al norte, cerca de su tierra. Así, permanece un tiempo en Palencia y, finalmente, logra asentarse en León, su amada tierra.
La nueva labor que tiene que desempeñar es, entre otras, visitar todas las escuelas de la provincia. Cuentan que nunca avisaba de sus viajes previstos a las escuelas, y sorprendía a los maestros una vez estaba allí. Éstos últimos, se ausentaban continuamente de sus clases y no enseñaban prácticamente nada a los niños. Ella preguntaba a los chicos algunas cosas y no sabían contestarle, lo que el maestro achacaba a que “estaban muy nerviosos” ante su presencia. Pero ella sabía muy bien el motivo, y les ordenaba decirle el Padrenuestro. Y se lo decían perfectamente, por lo que ella decía al maestro: “Ve usted, los niños están tranquilos y el Padrenuestro lo saben muy bien”.
Pero todo tiene su principio y también su fin. Doña Faustina construyó una inmensa y majestuosa casa en su pueblo, Canales, que sigue perteneciendo a su familia. Conserva el nombre de “Villa Faustina” y, en ella, falleció el 10 de octubre de 1.927 con cincuenta y tres años. La causa fue un cáncer de garganta, lo que muchas de sus alumnas achacaban a los excesivos esfuerzos que hacía con su voz en las clases y, por las tardes, en charlas, coloquios y conferencias.
Doña Faustina Álvarez García marcó un hito en la historia. Defendió por encima de todo los derechos de la mujer e impulsó numerosas iniciativas dignas de elogio y admiración. Fue una mujer ejemplar, que dedicó la totalidad de su vida a sus dos grandes pasiones: la enseñanza y su familia. Pero no son muchas las personas que conocen su excelente biografía. Por ello, se le puede definir sin miedo a la equivocación, como una leonesa anónima y desconocida.