Y es cercano Valbueno, que se muere porque le falta el humo de sus viejas casas de paja, cual flor que en el campo muere, porque le falta el rocío. Hermoso y triste semblante también en Villadepán. Los ojos negros de la civilización son la causa del olvido y el abandono, perdición para estos pueblos; son poblados de Omaña casi fantasmas, huérfanos, mellados, pero donde los aires siguen puros y uno parece encontrarse más cerca del cielo.
Camino de Murias voy, y en Murias me quedo, hermoso semblante de pizarras bajo el sol, bajo sus casonas y casas. Rendido por el sueño, descansa el transeúnte y se recoge hasta mañana, para acercarse hasta Montrondo, valle arriba, donde se oyen las esquilas de las ovejas que avanzan. De Murias y de Villanueva de Omaña - muy dentro de Omaña y en apartado rincón - recordamos unos "transeúntes muy especiales". Son acordeonistas que recorren y alegran Omaña, esperando que su semilla prenda en la nueva sabia omañesa. Entre ellos, Salvador, el cual nos deja escritas sus experiencias en versos que hablan de aquellas fiestas de Omaña, de satisfacciones plenas. Y también en Montrondo encontramos a Benigno, poeta del pueblo que nos guía por los ríos de Omaña, por las altas montañas, por las costumbres del pueblo.
Y nos acercamos a las brañas omañesas, buscando Los Bayos y Vivero, que aunque vierten sus aguas al Sil, tal vez hace miles de años vertiesen al Omaña. Pueblos acogedores, entre grandes montañas recogidos. Y volviendo sobre nuestros pasos, a la entrada de Senra, hay una panadera que mucho mira al transeúnte, que nos indica el camino por otros pequeños pueblos, allá por el Valle Chico, son Lazado, Villabandín, Rodicol y Sabugo, tan asentados en su vallecito afluente y desembocante en Omañón, con su singular espadaña y sus casonas hidalgas, testigos mudos de un pasado floreciente.
Y tristemente dejamos Omaña, quedándonos enmudecidos por tantas maravillas y por tanta hermosura olvidada. Y llevamos en nuestro corazón, casi sin quererlo, la voce bien parlera de Florentino Agustín: "Fiyos, volvedes, que aquí tenedes facienda, que aquí la Omaña sospira sospiros de mucha pena, volved, fiyos, volvede".
Camino de Murias voy, y en Murias me quedo, hermoso semblante de pizarras bajo el sol, bajo sus casonas y casas. Rendido por el sueño, descansa el transeúnte y se recoge hasta mañana, para acercarse hasta Montrondo, valle arriba, donde se oyen las esquilas de las ovejas que avanzan. De Murias y de Villanueva de Omaña - muy dentro de Omaña y en apartado rincón - recordamos unos "transeúntes muy especiales". Son acordeonistas que recorren y alegran Omaña, esperando que su semilla prenda en la nueva sabia omañesa. Entre ellos, Salvador, el cual nos deja escritas sus experiencias en versos que hablan de aquellas fiestas de Omaña, de satisfacciones plenas. Y también en Montrondo encontramos a Benigno, poeta del pueblo que nos guía por los ríos de Omaña, por las altas montañas, por las costumbres del pueblo.
Y nos acercamos a las brañas omañesas, buscando Los Bayos y Vivero, que aunque vierten sus aguas al Sil, tal vez hace miles de años vertiesen al Omaña. Pueblos acogedores, entre grandes montañas recogidos. Y volviendo sobre nuestros pasos, a la entrada de Senra, hay una panadera que mucho mira al transeúnte, que nos indica el camino por otros pequeños pueblos, allá por el Valle Chico, son Lazado, Villabandín, Rodicol y Sabugo, tan asentados en su vallecito afluente y desembocante en Omañón, con su singular espadaña y sus casonas hidalgas, testigos mudos de un pasado floreciente.
Y tristemente dejamos Omaña, quedándonos enmudecidos por tantas maravillas y por tanta hermosura olvidada. Y llevamos en nuestro corazón, casi sin quererlo, la voce bien parlera de Florentino Agustín: "Fiyos, volvedes, que aquí tenedes facienda, que aquí la Omaña sospira sospiros de mucha pena, volved, fiyos, volvede".