Jueves Santo. La noche de las tinieblas. La Velilla.
La noche del Jueves Santo es muy especial en Omaña, es la "noche de las tinieblas", oficio de maitines derivado del antiguo tenebrae o matutina tenebrarum. Cualquier aldea o villa de la comarca podría ser buena para vivir este acontecimiento, pero he elegido La Velilla, a tan sólo dos kilómetros de Riello, como rincón más idóneo para visitar, ver y "oir" la particular solemnidad, sobre todo lo último, oir, porque es la noche del "ruido"…
Un paseo por la vega del río Ceide y llego a La Velilla justo a la hora de la misa, coincidiendo con el tañido de las campanas de su altanera espadaña. Debo decir que, desde esta misa hasta el toque de gloria del Sábado, las campanas no volverán a sonar y para avisar de la liturgia se utilizarán las carracas (en otros pueblos el turullo o cuerno).
Dice el refranero popular que este Jueves es uno de los que más relumbra del año, y así parece ser en La Velilla, pues la iglesia parroquial de San Pelayo, presidida por su Cristo gótico, está llena hasta arriba. Aún no ha llegado el fluido eléctrico y la nave se encuentra iluminada por un buen número de velas y cirios.
Tras la misa celebrada bajo el Monumento apetece un vino en la taberna; y a continuación, bien abierto el apetito, prestos a la comilona. La máxima "tres días hay en el año que se llena bien la panza: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la matanza" se hace realidad que compruebo gracias a la invitación del alcalde.
Ya por la tarde, acabado el rosario, comienza el rezo de maitines y laudes; y es cuando el párroco, con paso lento se dirige desde el altar hasta el tenebrario. Los niños, que hasta ahora parecían tranquilos, cuchichean entre ellos, sonríen, se mueven inquietos…Y llega el momento esperado. Salmo a salmo, vela a vela, las quince que componen el tenebrario van siendo apagadas; y es cuando el templo queda totalmente a oscuras cuando se inicia la fiesta del ruido, el festejo del gran estruendo. Todos tratan de provocar el máximo ruido posible, se tocan campanas, carracas, mazos, matracas, cencerros, se baten palmas, se aporrean con las madreñas, se golpean los bancos… Pareciera que se despertó una furia en la negrura del templo, que hace retumbar sus graves ecos en las paredes. Todo se estremece, hasta los corazones. Y entre toda esa algarabía no faltan las bromas, pues mientras las mozas están sentadas algún mozo se acercará con gran sigilo y tratará de asir su manto al asiento con alguna pequeña tachuela. Y no es raro tampoco que algún mozo reciba algún estacazo de un compañero coscoyero …Y así durante cinco, tal vez diez minutos, hasta que el párroco enciende las velas y todo vuelve a la normalidad. El silencio que se produce sobrecoge aún más que el ruido, y los oídos parece que quieren resistirse al cambio. Finalmente el cura señala la razón de todo lo acontecido, explicando a los presentes que "desde esta noche hasta el Sábado las campanas deberán enmudecer en señal de luto, hasta que la Luz venza a la Noche, hasta la Resurrección de Cristo…" - y - "que no está nada bien gastar bromas anónimas al amparo de la oscuridad" al ver que alguna moza tiene ciertos problemas para levantarse de su acomodo.
Regreso a Riello en cuanto finaliza la celebración. Una luna nueva me guía sin problemas hasta la fonda de Riello, con lo que no necesito encender el aguzo de urz para alejar a los endriagos.
La noche del Jueves Santo es muy especial en Omaña, es la "noche de las tinieblas", oficio de maitines derivado del antiguo tenebrae o matutina tenebrarum. Cualquier aldea o villa de la comarca podría ser buena para vivir este acontecimiento, pero he elegido La Velilla, a tan sólo dos kilómetros de Riello, como rincón más idóneo para visitar, ver y "oir" la particular solemnidad, sobre todo lo último, oir, porque es la noche del "ruido"…
Un paseo por la vega del río Ceide y llego a La Velilla justo a la hora de la misa, coincidiendo con el tañido de las campanas de su altanera espadaña. Debo decir que, desde esta misa hasta el toque de gloria del Sábado, las campanas no volverán a sonar y para avisar de la liturgia se utilizarán las carracas (en otros pueblos el turullo o cuerno).
Dice el refranero popular que este Jueves es uno de los que más relumbra del año, y así parece ser en La Velilla, pues la iglesia parroquial de San Pelayo, presidida por su Cristo gótico, está llena hasta arriba. Aún no ha llegado el fluido eléctrico y la nave se encuentra iluminada por un buen número de velas y cirios.
Tras la misa celebrada bajo el Monumento apetece un vino en la taberna; y a continuación, bien abierto el apetito, prestos a la comilona. La máxima "tres días hay en el año que se llena bien la panza: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la matanza" se hace realidad que compruebo gracias a la invitación del alcalde.
Ya por la tarde, acabado el rosario, comienza el rezo de maitines y laudes; y es cuando el párroco, con paso lento se dirige desde el altar hasta el tenebrario. Los niños, que hasta ahora parecían tranquilos, cuchichean entre ellos, sonríen, se mueven inquietos…Y llega el momento esperado. Salmo a salmo, vela a vela, las quince que componen el tenebrario van siendo apagadas; y es cuando el templo queda totalmente a oscuras cuando se inicia la fiesta del ruido, el festejo del gran estruendo. Todos tratan de provocar el máximo ruido posible, se tocan campanas, carracas, mazos, matracas, cencerros, se baten palmas, se aporrean con las madreñas, se golpean los bancos… Pareciera que se despertó una furia en la negrura del templo, que hace retumbar sus graves ecos en las paredes. Todo se estremece, hasta los corazones. Y entre toda esa algarabía no faltan las bromas, pues mientras las mozas están sentadas algún mozo se acercará con gran sigilo y tratará de asir su manto al asiento con alguna pequeña tachuela. Y no es raro tampoco que algún mozo reciba algún estacazo de un compañero coscoyero …Y así durante cinco, tal vez diez minutos, hasta que el párroco enciende las velas y todo vuelve a la normalidad. El silencio que se produce sobrecoge aún más que el ruido, y los oídos parece que quieren resistirse al cambio. Finalmente el cura señala la razón de todo lo acontecido, explicando a los presentes que "desde esta noche hasta el Sábado las campanas deberán enmudecer en señal de luto, hasta que la Luz venza a la Noche, hasta la Resurrección de Cristo…" - y - "que no está nada bien gastar bromas anónimas al amparo de la oscuridad" al ver que alguna moza tiene ciertos problemas para levantarse de su acomodo.
Regreso a Riello en cuanto finaliza la celebración. Una luna nueva me guía sin problemas hasta la fonda de Riello, con lo que no necesito encender el aguzo de urz para alejar a los endriagos.