El siguiente paso en la evolución de la cubierta, fue el uso de la teja árabe en el área de los Ayuntamientos de Soto y Amío, Riello y Valdesamario, sin que esto signifique que en la arquitectura hecha como segunda residencia o aquélla de la primera mitad del siglo XX que se construye a raíz del desarrollo comercial en esta zona, no se utilizase la losa. Comienza a emplearse en los años iniciales del presente siglo 11 circunstancia favorecida por la existencia de una tejera en Rioseco de Tapia y en Campo de Villarrubia a principios de siglo, y otra en Orrios, sobre los años cuarenta 12.
La implantación de la teja se hacía colocando sobre los cantiaos una costana o cañizo de bimbre o salguera (fot. 70) en el que se depositaban las tejas sobre una capa de arcilla. Este mismo sistema se empleó posteriormente cuando comenzaron a utilizarse las llatas. La teja, a su vez, permitió especular con variantes en el sistema de cubrición, como es la de colocar cobijas en los aleros en dirección contraria a la inclinación de la vertiente (fot. 71) y la de reforzar su estructura con pendolones para soportar el peso con “ripias”, aprovechando los extremos de los cantiaos o sobre canes que descansaban a su vez en una serie de tablas que recorren longitudinalmente la pared. Usualmente, los aleros se resolvían con el sistema tradicional, es decir, empleando refaldos (fot. 72). El espacio entre la “ripia” y esta sucesión de tableros, se rellena con ripio y arcilla. Se remata el tejado con adornos colocados caprichosamente de dos o tres tejas o un barril, jarra, botijo o botella, además del característico ramo o bandera española que indicaba que la cubrición de la casa había finalizado.
La cubierta de llousa comienza a ser frecuente a partir de los años treinta y cuarenta. Geográficamente se utiliza en consonancia con las zonas más noroccidentales de la comarca y la altitud de los asentamientos, desde, más o menos, el límite que marca Vegarienza, empleándose en todo el municipio de Murias de Paredes, incluido el Vallegordo, Vallechico e, incluso, La Lomba, así como en las localidades de Ponjos y Murias de Ponjos (fot. 73), ya en el extremo del valle de Samario. Procedía, generalmente, de San Pedro de Trones o Páramo del Sil, en el Bierzo, y de Quereño y Sobradelo, en Galicia. La losa como la teja, alternaron con la cubierta de cuelmo, pero una y otra fueron sustituyendo poco a poco a esta última.
La losa se colocaba sobreponiéndose unas a otras, clavadas a las llatas o ripias (fot. 74), e imbricándose en la filera de la cumbrera como protección y cierre, sobre la que, además, se ponía un geijo para sujetarlas.
En los aleros resueltos con refaldos, se colocan las losas (fots. 75 y 76) sobresaliendo muy poco de la pared, evitando que, con un alero más exagerado, el peso de la nieve lo derrumbase, habida cuenta que sobre el losao se instalaban unos varales –que luego serían de hierro– para retener la nieve en su deslizamiento e impedir que cayese en grandes bloques y repentinamente, evitando peligros y el bloqueo de puertas y ventanas por acumulación. Con todo, este tipo de cubrición no es el más ideal, puesto que la losa es fría y a la vez, por su color, absorbente de los rayos solares, elevando la temperatura del interior en el estío, a diferencia del cuelmo o la teja. Sí favorece cierta despreocupación en reparaciones, exigidas por las cubiertas de paja y teja, en las que eran más frecuentes por deterioro del cuelmo –al ser materia orgánica– o por la pérdida del tendel y levantamiento, en el caso de las tejas.
La implantación de la teja se hacía colocando sobre los cantiaos una costana o cañizo de bimbre o salguera (fot. 70) en el que se depositaban las tejas sobre una capa de arcilla. Este mismo sistema se empleó posteriormente cuando comenzaron a utilizarse las llatas. La teja, a su vez, permitió especular con variantes en el sistema de cubrición, como es la de colocar cobijas en los aleros en dirección contraria a la inclinación de la vertiente (fot. 71) y la de reforzar su estructura con pendolones para soportar el peso con “ripias”, aprovechando los extremos de los cantiaos o sobre canes que descansaban a su vez en una serie de tablas que recorren longitudinalmente la pared. Usualmente, los aleros se resolvían con el sistema tradicional, es decir, empleando refaldos (fot. 72). El espacio entre la “ripia” y esta sucesión de tableros, se rellena con ripio y arcilla. Se remata el tejado con adornos colocados caprichosamente de dos o tres tejas o un barril, jarra, botijo o botella, además del característico ramo o bandera española que indicaba que la cubrición de la casa había finalizado.
La cubierta de llousa comienza a ser frecuente a partir de los años treinta y cuarenta. Geográficamente se utiliza en consonancia con las zonas más noroccidentales de la comarca y la altitud de los asentamientos, desde, más o menos, el límite que marca Vegarienza, empleándose en todo el municipio de Murias de Paredes, incluido el Vallegordo, Vallechico e, incluso, La Lomba, así como en las localidades de Ponjos y Murias de Ponjos (fot. 73), ya en el extremo del valle de Samario. Procedía, generalmente, de San Pedro de Trones o Páramo del Sil, en el Bierzo, y de Quereño y Sobradelo, en Galicia. La losa como la teja, alternaron con la cubierta de cuelmo, pero una y otra fueron sustituyendo poco a poco a esta última.
La losa se colocaba sobreponiéndose unas a otras, clavadas a las llatas o ripias (fot. 74), e imbricándose en la filera de la cumbrera como protección y cierre, sobre la que, además, se ponía un geijo para sujetarlas.
En los aleros resueltos con refaldos, se colocan las losas (fots. 75 y 76) sobresaliendo muy poco de la pared, evitando que, con un alero más exagerado, el peso de la nieve lo derrumbase, habida cuenta que sobre el losao se instalaban unos varales –que luego serían de hierro– para retener la nieve en su deslizamiento e impedir que cayese en grandes bloques y repentinamente, evitando peligros y el bloqueo de puertas y ventanas por acumulación. Con todo, este tipo de cubrición no es el más ideal, puesto que la losa es fría y a la vez, por su color, absorbente de los rayos solares, elevando la temperatura del interior en el estío, a diferencia del cuelmo o la teja. Sí favorece cierta despreocupación en reparaciones, exigidas por las cubiertas de paja y teja, en las que eran más frecuentes por deterioro del cuelmo –al ser materia orgánica– o por la pérdida del tendel y levantamiento, en el caso de las tejas.